Luis se había quedado despierto hasta tarde. Ordenó sus últimos cromos y completó la lista en notas del móvil, anotando nombres de jugadores que aún le faltaban y de las selecciones con más huecos por rellenar. El sueño no impidió que amaneciera puntual y se plantara a la hora prevista (poco antes de las once) en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Es una de las desembocaduras del Rastro, y no es que allí los cromos sean algo extraño de ver. Pero cada cuatro años, coincidiendo con el Mundial de Fútbol y el lanzamiento de una nueva colección de Panini, este recinto al aire libre se transforma en una subasta popular multitudinaria, a la que cada uno trae sus deberes hechos.

Resguardados bajo un árbol, un padre recita a su hija los nuevos cromos que han conseguido. Ella tacha el código de cada lámina en una tabla de Excel, impresa para la ocasión. Cuando terminan, se abren paso entre la gente –más de un centenar de personas intercambiaban o exponían sus cromos ese domingo por la mañana– y allí encuentran a Luis, que justo se ha instalado a la sombra del mismo árbol. “¿Cambias cromos?”, pregunta la joven, a lo que él saca su caja de Panini y cuenta que ha viajado desde Barcelona, donde estos trueques a pie de calle también son habituales.