Como habrán notado, me llamo Begoña Gómez. Llevar ese nombre y ese apellido nunca había tenido especiales consecuencias en mi vida, pero eso cambió hace un par de años. Desde el 2024, me he acostumbrado a recibir alertas en el móvil: un día estoy imputada, otro me han retirado el pasaporte. Vivo sin vivir en mí. CRISTINA QUICLER / AFPCompartir nombre con alguien te aporta un extraño grado de intimidad. Esta misma semana se juntaron Tom Holland, el actor, y Tom Holland, el novelista e historiador experto en el mundo clásico. El primer Tom visitó el podcast del segundo Tom y ambos se marcaron lo que se llama en el marketing un acto de polinización cruzada, a cuento de La Odisea de Nolan. La pensadora Naomi Klein escribió un libro fantástico, titulado Doppelgänger (Paidós) sobre lo que había supuesto para ella tener un nombre ni siquiera igual, solo parecido, a otra autora de su generación, Naomi Wolf. Como las dos son mujeres judías de pelo castaño que hablan en la esfera pública, se las confunde a menudo. Y eso le sirvió a Naomi de punto de partida para explorar qué le ocurrió a la otra Naomi, que en pocos años pasó de ser una respetada autora feminista a apuntarse a cualquier teoría conspirativa que se le ponga por delante, del ISIS a la covid, hacerse amiga de Steve Bannon y colgar fotos en redes con sus nuevos rifles.Nunca te acostumbras del todo a la experiencia de encender la radio por las mañanas y oír a un montón de tertulianos decir tu nombreMis propias salpicaduras por ser la otra Begoña Gómez han sido más bien anecdóticas y no me dan para un libro, a lo sumo para un par de historietas de sobremesa. Nos han confundido en redes, y gracias a eso me han llamado “enchufada” y “Barbie pija socialista”. A cualquier mujer que publique en medios le han dicho cosas bastante peores en las secciones de comentarios, y a mí también.Aun así, entiendo esa extrañez del desdoblamiento. Nunca te acostumbras del todo a la experiencia de encender la radio por las mañanas y oír a un montón de tertulianos decir tu nombre. En esos momentos, pienso en Begoña Gómez, que, cuando en el 2003 conoció en una fiesta a un socialista que se había quedado sin acta de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, no pudo imaginar que eso la convertiría dos décadas más tarde en víctima propiciatoria del lawfare.En realidad, pienso más en el juez que la encausa, porque en narrativa hay pocas cosas más fascinantes que un empecinado, alguien que solo vive por su némesis. Ese hombre que, tras toda una carrera más o menos anónima, como deberían ser las de los jueces, ahora, al borde de la jubilación aplazada, ve como lo jalean cuando va a los toros. A los 71, es un héroe de su hinchada. Él sí parece estar disfrutando de oír su nombre en la radio. Me pregunto si ya se ha acostumbrado a leerlo en las alertas del móvil, o si cada vez que nota la vibración en el bolsillo todavía mira la pantalla y piensa: sí, soy yo.
Llamarse Begoña Gómez, por Begoña Gómez Urzaiz
Como habrán notado, me llamo Begoña Gómez. Llevar ese nombre y ese apellido nunca había tenido especiales consecuencias en mi vida, pero eso cambió hace un par de años. Desde el 2024, me he acostumbrado a recibir alertas en el móvil: un día estoy imputada, otro me han retirado...







