NoticiaLos médicos Camilo Prieto, María Alejandra Ortega y Natalia Morales cuentan cómo enfrentaron una de las mayores tragedias de América Latina.Tres médicos colombianos que han participado en dos brigadas humanitarias tras los terremotos en Venezuela relatan cómo fue llegar a la zona cero de los sismos que han dejado más de 4.800 muertos. Foto: Archivo particularPERIODISTA DE MEDIOAMBIENTE Y SALUD16.07.2026 17:15 Actualizado: 16.07.2026 17:15
Lo primero que los recibió no fue el paisaje de edificios convertidos en montañas de concreto ni el ir y venir de helicópteros, ambulancias y rescatistas. Fue un olor. Un olor imposible de olvidar. El olor de la muerte. Tres días después de que los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieran Venezuela el 24 de junio, un grupo de médicos colombianos llegó hasta Caraballeda, en La Guaira, la zona cero de una de las peores tragedias que ha vivido América Latina. LEA TAMBIÉN Allí, mientras el polvo seguía suspendido en el aire y el cielo permanecía teñido de rojo (por la coincidencia temporal del paso de las arenas del Sahara), las noches estaban marcadas por un sonido que ninguno de ellos ha logrado borrar de la memoria: los gritos de personas que seguían atrapadas bajo los escombros. “Lo más impactante fue sentir el olor de la muerte. No puedo decir de un muerto ni de los muertos, sino de miles de cuerpos que sabíamos que estaban atrapados aún bajo los escombros”, recuerda el médico Camilo Prieto.Hospitales sin insumos y personas atrapadas bajo los escombros fue lo primero que encontraron. Foto:Archivo particularLas voces llegaban desde edificios derrumbados. Algunos sobrevivientes seguían pidiendo ayuda. Los médicos podían escucharlos, pero también sabían que no podían hacer nada para sacarlos. “Había una enfermera que llegó muy alarmada porque estaba escuchando voces. Desde el día anterior había recibido un mensaje indicando la ubicación de un edificio donde había varias personas vivas. Eso fue muy impactante porque eran rostros que no podíamos ver, pero sabíamos que necesitaban ayuda. Uno puede tener los dispositivos médicos en la mano, pero el paciente está debajo de unos escombros y depende completamente de que los rescatistas logren llegar hasta él. Eso genera mucha impotencia”, relata Prieto.Ellos no eran rescatistas. Eran médicos. Su misión consistía en atender a quienes lograban salir con vida. Llegaron allí por primera vez el 26 de junio, apenas tres días después del inicio de la emergencia. Algunos ya han ido dos veces, otros solo una vez, pero ya se preparan para viajar nuevamente. El objetivo ha cambiado: primero era salvar vidas; ahora ayudar a que la vida continúe en un país que parece haberlo perdido todo.Dos brigadas y una tercera en caminoEn Venezuela, la emergencia continúa agravándose. El balance oficial, para este 16 de julio, ya asciende a 4.829 personas fallecidas, mientras que 16.740 personas han resultado heridas. Más de 20.857 damnificados sobreviven hacinados en campamentos temporales donde escasean el agua potable y los baños, y más de 800 edificios resultaron afectados, de los cuales 190 colapsaron completamente. Las Naciones Unidas estiman que incluso podría haber hasta 50.000 desaparecidos, una cifra que las autoridades venezolanas aún no reconocen oficialmente.En medio de esa crisis fue que este grupo de médicos civiles colombianos decidió actuar. La iniciativa nació entre colegas y amigos de distintas universidades y especialidades médicas, preocupados por la magnitud del desastre y convencidos de que podían aportar algo más que mensajes de solidaridad.“Esta es una iniciativa que surge entre colegas y amigos de diferentes universidades. Constituimos una red de médicos en Colombia, una red de apoyo ciudadano en Venezuela, el apoyo de empresas como Avianca, la alianza con fundaciones colombianas y venezolanas y la articulación con las autoridades venezolanas para poder ingresar”, explica Prieto.La primera misión se realizó entre el 26 y el 29 de junio, apenas dos días después de la tragedia. En ella participaron seis médicos, entre ellos Camilo Prieto y María Alejandra Ortega Álvarez. La segunda brigada viajó entre el 7 y el 10 de julio, integrada por tres profesionales: Prieto, Ortega y Natalia Morales Rojas. Ahora preparan una tercera misión que tendrá como prioridad fortalecer una unidad de oncología pediátrica y continuar la atención en los albergues. LEA TAMBIÉN Los sismos registrados en Venezuela el 24 de junio dejan hasta ahora más de 4.800 muertos. Foto:EFEPero llegar hasta Venezuela no fue sencillo. El espacio aéreo tenía restricciones, existían controles especiales para ingresar ayuda humanitaria y transportar equipos médicos requería cumplir una compleja reglamentación.Aun así, lograron hacerlo gracias al apoyo de Avianca, la Fundación TAAP, la Patrulla Aérea Civil Colombiana, la organización Jóvenes por el Clima de Venezuela, la fundación Venezolanos en Barranquilla, además de ciudadanos venezolanos que ofrecieron sus casas y miembros de Cáritas que abrieron las puertas de un monasterio para alojarlos.Un sistema de salud que también estaba colapsadoSi algo sorprendió a María Alejandra Ortega Álvarez fue descubrir que la tragedia no había comenzado con el terremoto. “Lo que más impacta es encontrarse con un sistema de salud muy débil. Nosotros en Colombia estamos acostumbrados a que, con todas las dificultades, existe un acceso mucho mayor. Allá las personas deben llevar sus propios insumos, pagar por medicamentos, por exámenes básicos y por alimentos dentro del hospital. Esa crisis existía antes del terremoto y el desastre simplemente la hizo mucho más evidente”.Durante la primera brigada comprendieron que buena parte de las donaciones que llevaban no respondían exactamente a las necesidades reales de los hospitales. Por eso decidieron convertir aquella primera misión en un gran diagnóstico. Recorrieron hospitales, hablaron con epidemiólogos, evaluaron necesidades y regresaron a Colombia con una lista concreta de equipos indispensables para salvar vidas. Lo que encontraron también evidenciaba otro problema.Dos brigadas médicas civiles han recorrido hospitales y la zona cero de los terremotos en Venezuela. Foto:EFE“Detectamos una crisis muy importante de salud mental tanto en ciudadanos como en trabajadores del gobierno e incluso soldados. Había cuadros muy severos de ansiedad y depresión”, recuerda Ortega.Camilo Prieto todavía recuerda a un paciente. Era un soldado de apenas 18 años. Llevaba tres días participando en labores de rescate y había suspendido su tratamiento para la enfermedad que padecía. Llegó convulsionando. “Entró con una depresión respiratoria que estaba rayando con un paro respiratorio”. Lo más duro vino después.“No teníamos oxígeno conectado. No disponíamos de los insumos más básicos para proteger su vía aérea”. El médico recuerda la frustración. “Teníamos los especialistas, teníamos el conocimiento, pero no teníamos los instrumentos más elementales para cuidar la vida de una persona tan joven”. Ese episodio terminó marcando toda la misión. “Era muy frustrante vivir ese contraste entre saber exactamente qué hacer y no contar con los elementos para hacerlo”. LEA TAMBIÉN Camilo Prieto junto a algunos de los insumos que han llevado desde Colombia a Venezuela. Foto:Archivo particularNatalia Morales Rojas llegó únicamente durante la segunda brigada. Para entonces ya no predominaban únicamente los pacientes politraumatizados. La emergencia había cambiado. “La tragedia tiene muchos rostros”, resume Prieto. El primero fue el trauma. El segundo eran los albergues. Natalia recorrió refugios en Caracas y Morón.Encontró familias enteras viviendo en carpas diseñadas para cuatro personas, pero ocupadas por seis o siete. Niños jugando entre aguas contaminadas. Baños insuficientes para miles de personas. Tanques donde la población almacenaba agua lluvia para cocinar, bañarse y beber. “No tienen agua potable. Recolectan agua lluvia para todas sus necesidades básicas. Además encontramos muchas enfermedades crónicas descontroladas porque la gente no tiene acceso regular al sistema de salud”.Los hipertensos no recibían medicamentos. Los diabéticos habían perdido sus tratamientos. Muchos ni siquiera habían sido diagnosticados antes del terremoto. En Morón, donde también hubo daños importantes, la situación era diferente, pero igualmente preocupante. “La ruptura de tuberías dejó a muchas personas sin agua potable y eso aumenta el riesgo de enfermedades gastrointestinales y respiratorias”.Dormir entre desconocidos que abrieron las puertas de sus casasLos médicos llegaron preparados para enfrentar un escenario de desastre. En las reuniones previas les recomendaron llevar cascos, botas especiales, pastillas potabilizadoras de agua y asumir que probablemente no habría electricidad, agua potable ni lugares seguros para descansar.Sin embargo, cuando cruzaron la frontera descubrieron otra realidad que terminó marcándolos tanto como la tragedia misma. “No conocíamos a las personas que nos iban a recibir”, recuerda Camilo Prieto. Durante la primera misión algunos durmieron en un seminario. Otros pasaron las noches en casas de ciudadanos venezolanos que jamás habían visto. “Gente completamente desconocida abrió las puertas de su casa para recibirnos únicamente porque sabía que íbamos a ayudar”.En la segunda brigada fueron alojados en un monasterio administrado por sacerdotes de Cáritas, que les ofrecieron un lugar donde descansar entre las largas jornadas de trabajo. Pero incluso allí el descanso era relativo. Las alarmas seguían sonando. Los temblores continuaban. Las réplicas mantenían a toda la población en permanente tensión.Hasta ahora este grupo de médicos civiles han participado en dos brigadas y ya preparan la tercera. Foto:Archivo particular“El ambiente era muy complicado. El polvo seguía suspendido en el aire, el cielo era completamente rojo por las arenas del Sahara, todavía sonaban alarmas y seguían escuchándose gritos de desesperación. Al mismo tiempo había grupos de ayuda de Italia, México, Argentina, Brasil, Chile... Era un escenario muy doloroso, pero también profundamente solidario”, recuerda Prieto.En realidad, durante la primera noche ni siquiera pensaron en dormir. El equipo permaneció haciendo turno en la zona cero hasta cerca de las dos de la madrugada. “Ni había espacio para dormir ni se nos pasaba por la cabeza hacerlo”.Antes de partir, los tres sabían que iban hacia un territorio donde las réplicas continuaban, los servicios básicos estaban colapsados y nadie podía garantizar qué ocurriría en los siguientes días. También lo sabían sus familias. María Alejandra Ortega recuerda que su padre fue quien más sufrió con la decisión. “Mi papá no lo tomó muy bien. Uno no sabe si allá hay agua, si hay luz, si hay comida. Él estaba muy preocupado”.Esa preocupación aumentó cuando, durante la misión, una nueva réplica sacudió la zona donde descansaban. “La primera llamada fue la de mi papá preguntándome si estaba bien porque acababa de temblar”. LEA TAMBIÉN Refugio improvisado para personas desplazadas tras los dos terremotos en Venezuela. Foto:AFPNatalia Morales Rojas viajó cuando ya había pasado más de una semana desde el desastre, lo que dio algo de tranquilidad a su familia. Sin embargo, las preocupaciones eran otras. “No era solamente el terremoto. También preocupaba toda la parte política, cómo ingresar los equipos médicos, las restricciones, el transporte de equipos para cuidado intensivo y toda la reglamentación que había que cumplir”.En el caso de Camilo Prieto, el viaje tuvo un componente adicional. Su esposa, la médica Cristina Ángel, también hizo parte de la brigada. “Obviamente existía preocupación por las réplicas y por la incertidumbre de lo que podía ocurrir, pero había una necesidad apremiante de poder ir a ayudar”.De una campaña ciudadana nacieron equipos para salvar vidasLa primera misión dejó una conclusión contundente. No bastaba con llevar medicamentos. Los hospitales necesitaban equipos. Muchos ni siquiera contaban con elementos indispensables para atender pacientes críticos. Por eso, apenas regresaron a Colombia, organizaron una campaña ciudadana de donaciones. La meta inicial era reunir 150 millones de pesos. La respuesta terminó superando cualquier expectativa. “Nos pusimos una meta de 150 millones de pesos y en apenas 48 horas superamos los 320 millones”.Con esos recursos adquirieron 18 monitores para unidades de cuidado intensivo, tres ecógrafos, tres electrocardiógrafos, un videolaringoscopio y cientos de consumibles de alto costo para unidades de cuidado intensivo de adultos y niños.En Venezuela aún se cuentan los muertos de una emergencia sin precedentes en el vecino país. Foto:AFPEse fue precisamente el cargamento que transportaron durante la segunda brigada. Los equipos llegaron a hospitales venezolanos gracias a la articulación entre la sociedad civil colombiana y venezolana. “Fue una demostración contundente de la solidaridad y de la confianza de las personas”, resume Prieto.La segunda misión les mostró un escenario distinto al que habían encontrado días atrás. Los sobrevivientes ya no estaban solamente en hospitales. Ahora comenzaban una vida incierta dentro de campamentos improvisados. En algunos campamentos, miles de familias compartían unos pocos baños portátiles. En otros, los niños convivían diariamente con agua contaminada y sin acceso a medicamentos básicos.La preocupación de Natalia Morales fue otra. “Las heridas físicas algún día sanan, pero el impacto emocional de perder familiares, amigos y la casa donde uno vivía puede acompañar a esas personas durante muchos años”. Por eso considera que la emergencia apenas comienza. “Las cicatrices emocionales probablemente serán mucho más difíciles de atender”. LEA TAMBIÉN Una tercera misiónMientras las cifras de muertos continúan aumentando y miles de personas permanecen en campamentos temporales, el grupo de médicos ya prepara su regreso. La tercera brigada está prevista para el 24 de julio.Su prioridad será fortalecer una unidad de oncología pediátrica, continuar entregando equipos médicos y regresar a los albergues donde hace apenas unos días comenzaron a escuchar historias de familias que lo perdieron todo.Miembros de la brigada médica colombiana que llegaron a Venezuela. Foto:Archivo particularSin embargo, ninguno de ellos cree que la imagen que conservará de Venezuela será la de los edificios destruidos. Será otra. La de una noche silenciosa en Caraballeda. La del polvo suspendido sobre las ruinas. La del olor persistente que impregnaba el aire. Y, sobre todo, la de aquellas voces que seguían pidiendo ayuda desde debajo del concreto. Voces que ellos podían escuchar con absoluta claridad, aunque no pudieran alcanzarlas. Porque esa, dicen, fue la parte más dura de todas.Escuchar a personas vivas llamando desde los escombros y entender que, por más conocimientos médicos que tuvieran, primero debían esperar a que alguien lograra sacarlas de allí. Esa impotencia, coinciden, es una herida que seguirá acompañándolos mucho después de que termine la emergencia en Venezuela.EDWIN CAICEDOPeriodista de Medioambiente y Salud@CaicedoUcros Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







