Hay algo casi litúrgico en la manera en que la Selección transita las primeras fases de un Mundial cuando llega como campeona: el equipo no busca deslumbrar, busca administrar. Así fue el Grupo J. El debut, el 17 de junio en Kansas City, tuvo el aire de un trámite bien resuelto: Argentina 3, Argelia 0. Ni sorpresas ni sobresaltos; apenas la confirmación de que el funcionamiento colectivo pesa más que cualquier individualidad, aunque las individualidades, como siempre, estuvieron. Argelia planteó un partido de contención, replegada, esperando el error ajeno que nunca llegó, y terminó pagando con tres goles la diferencia de jerarquía que separaba a los dos equipos desde antes del pitazo inicial. Cinco días después, en Dallas, llegó el segundo capítulo: 2 a 0 sobre Austria, un rival más ordenado, más europeo en el sentido casi peyorativo del término, que nunca encontró la manera de incomodar a una Argentina que jugó con la calma de quien ya sabe, de memoria, cómo se administra una ventaja. Ese partido quedó, además, marcado por una efeméride que trasciende el resultado: Messi superó a Miroslav Klose como máximo goleador histórico de la Copa del Mundo, un dato que convierte cualquier crónica futbolística en, también, un poco de historia del deporte.