Iba a ser la segunda semifinal de la historia de España en los Mundiales. Pero llegó Mariano Rajoy con sus chascarrillos en la prensa amiga y la elevó a conflicto diplomático. Horas previas extrañas porque en lugar de jugadores hablaron ministros del gobierno francés para pedir a su antiguo socio en los populares europeos respeto para la República. Y el partido en el día nacional de Francia. En Dallas, a mediodía, se medían de un lado Mbappé, Olise, Dembélé, Barcolá, y toda la colección de cromos que según el expresidente del Gobierno no son franceses pero que habían metido 16 goles y encajado solo dos en seis partidos. Enfrente, Lamine Yamal, Oyarzabal, Dani Olmo y, sobre todo, Rodri comandando un equipo, mucho más que una sucesión de individualidades... Esto último lo acabó decantando todo.
Los primeros minutos fueron de tanteo. La selección española intentaba mantener el control del balón mientras los franceses esperaban agazapados para soltar las riendas a su caballería. El respeto mutuo limitó los movimientos de cada escuadra. La instrucción en España pasaba por acabar las jugadas y no perder el balón en zonas sensibles del campo para evitar contraataques. El objetivo de Francia era exactamente el contrario, pero los balones largos a Mbappé y Dembélé no acababan de llegar a destino.










