Un banco, algún taca taca, y la palabra. Todos los días, y a la misma hora, un grupo de siete mujeres de entre 63 y 94 años se reúne para tertuliar en el mismo lugar: cuatro en el banco, una en la silla de ruedas y las otras dos apoyadas en su taca taca. Como un Café Gijón, pero en la plaza Santa Maria de la Cabeza de Madrid: “Venimos aquí porque esto son dos pastillas menos al día”. Este martes, como no podía ser de otra manera, la semifinal del Mundial entre Francia y España se ha comido parte de la charla. Las más jóvenes, Begoña y Rosalinda, ambas por debajo de los 70, están entusiasmadas: “Ganamos seguro si saca a Borja Iglesias y a Mikel Merino desde el inicio”, dice Begoña. “Que no, que a Merino hay que guardarlo para el final”, responde su amiga. Las más mayores observan como quien no quiere la cosa. “Mira, yo he tenido un marido que desayunaba, comía, cenaba con el fútbol. Si había partido, las mujeres a preparar los bocatas. Estaba agonizando y a encender la televisión para el fútbol. Muerto el perro, se acabó la rabia”, explica una de las mujeres, abulense de 90 años. En esta tertulia la mala leche siempre se trufa con la tontería, el pique y la risa. Una de ellas, de 84 años, se lanza a cantar a cappella y, a modo de despedida, un pasodoble de Pepe Hernández: “Y otro día más que nos queremos / Otro día más que estás conmigo / Otro día más que no sabemos / Si hoy es lunes o es domingo”.A una hora del comienzo del partido todavía es pronto para que se detenga el tiempo. Pero algo empieza a percibirse. La línea 27 del autobús recorre el Paseo de la Castellana como un día cualquiera, con su tráfico asfixiante, el cabreo importante de algún conductor con insultos y zarandeo de manos incluido —costumbre que no se pierde ni en los días más señalados— y mayoría de hombres con traje. La ciudad cambia a medida que el autobús baja la Castellana. Las calles van moteándose de más y más personas con la camiseta de la Selección y la bandera rojigualda. La cercanía del partido se traduce en un mayor silencio, tenso. Hay quien se anima con algún baile tonto, otros percuten con sus piernas. Cada uno busca su antídoto contra los nervios. A la altura de Colón, donde se ubica una de las pantallas gigantes donde ver el partido, las motas se convierten en mar, hasta recorrer todo el país. Desde ciudades como Zaragoza, Valencia, Sevilla o Toledo, hasta pueblos más pequeños como Estepa o Pozuelo de Calatrava. Todos tienen pantallas gigantes, todos están volcados para que España alcance por segunda vez en su historia la final de un Mundial. La multitud de ojos de un bar de Antón Martín siente la irrefrenable necesidad de ver. El deseo de ver, ya desde el minuto 0. No hay móviles, tampoco espacio para la charla. Solo descargas impulsivas en forma de gritos, aplausos y comentarios. Aquí el presente es presentísimo. Salvo en el penalti ejecutado por Oyarzabal, que más de uno ha optado por la fotito, y han mantenido el móvil, ahí alzado, en medio del júbilo total.En la calle Ave María el bar está directamente fuera, al aire libre. La televisión en mitad de la calle rodeada de sillas, mesas y una multitud alrededor. El ambiente festivo se ha tornado en locura con el segundo gol de España, el de Pedro Porro. Manos a la cabeza, abrazos, hasta un hombre ha comenzado a correr sin destino por la calle, extendiendo los brazos como tratando de ganar velocidad para el vuelo. Con el paso de los minutos más y más personas se agolpan en el lugar. En cada ocasión francesa, como en la del minuto 81 en la que Unai Simón deja la portería vacía, gritos como de Psicosis de Alfred Hitchcock. Ocasiones que se transforman en sustos de muerte a pesar del 2-0.El silencio, la tensión, los gritos, los movimientos nerviosos, los ojos como enfermos pegados al televisor, las manos en las bocas, en los bolsillos, en las piernas, cruzadas, los olés, los aplausos, los “esto ya está”, la cuenta atrás, el pitido y el final. Entonces se paró el tiempo.
España en una nueva final, ese momento en el que se paró el tiempo
Los aficionados españoles ni se lo creen todavía tras la victoria ante Francia, el pitido final ha sumido al país en un fulgor, una locura, una alegría, sin pasado ni futuro













