La fuerza del Mundial: que las actuaciones arbitrales y el sesgo elitista de la organización no consigan contaminar del todo los sentimientos de los aficionados. El domingo, la diferencia horaria nos obligó, de madrugada, a seguir el Suiza-Argentina en un estado entre catatónico y cataléptico. Pero todavía pudimos darnos cuenta de que los argentinos sufrían, de que a Suiza le expulsaban a un jugador aplicando el reglamento que confirma la relación entre el sustantivo árbitro y el adjetivo arbitrario y que, al final, la selección que más parece necesitar la victoria ganaba por convicción y, porque no decirlo también, por desesperación.Los que mejor han retratado las pasiones y emociones argentinas por el fútbol son los anuncios que, como un tesoro de museo, produce el canal (de pago) T y C Sports. El último es una maravilla. Se ve a una periodista que, en una entrevista callejera, aborda a un aficionado. El aficionado, sin demasiada pasión, le confiesa que él ya se da por satisfecho con todo lo que ha ganado la selección y que, de algún modo, se conforma. Pasa otro aficionado por delante, interrumpe la conversación y, mirando a cámara, interpela tanto a la periodista como al aficionado conformista con un discurso memorable que, siguiendo un in crescendo muy medido, se va contagiando a todo tipo de seguidores. No os lo perdáis: solo tenéis que poner “T y C Ahora van a ver de qué estamos hechos” en Google y prepararos para la emoción.Tanto aquí como en Argentina, la gestión de las previas de los partidos nos defineAparte del talento de los publicistas para arrancarnos una lágrima, el anuncio es una reflexión sobre la importancia y la trascendencia que le damos a nuestras expectativas. El España-Francia de mañana, por ejemplo, ya está creando un ambiente de previa que promete grandes audiencias televisivas (el España-Bélgica interesó a 11,4 millones de espectadores) y un despliegue mediático de los que obligan a exprimir todo el catálogo de recursos dramáticos, incluso los más abyectos. Este es otro misterio de este tipo de competiciones: la impunidad con la que se mezclan las metáforas militares y las mitologías patrióticas con algo tan aparentemente terrenal, lúdico e inofensivo como jugar a fútbol.Tanto aquí como en Argentina, la gestión de las previas de los partidos nos define. Durante el partido catatónico de la madrugada del domingo, los narradores insistían, unánimemente, en el rendimiento lamentable de Julián Álvarez. Los más vehementes se remontaban a todos los partidos jugados y, haciendo su trabajo, se abonaban a la hipertrofia que, por definición, requiere el comentario de las incidencias de un partido.Julián Álvarez celebra un tanto de Argentina ante Suiza Hacia las cuatro y media de la madrugada, Julián Álvarez era un desastre y un fracasado. Sin embargo, en diez segundos inimaginables, decidió coger el balón y marcar uno de esos goles por la escuadra que, pasados los años, no se olvidan. El gol fue tan bonito, parabólico y trascendente como el que marcó Sidny Lopes Cabral, de la selección de Cabo Verde, precisamente contra la selección argentina.Las semejanzas entre ambos goles son espectaculares, pero las consecuencias son diferentes. A Julián Álvarez el gol le servirá para constatar que los que lo han acusado de ser un timo y un pecho frío, ahora lo santifican con la fe, siempre sospechosa, de los conversos. Y, a un nivel más pecuniario y culé, no solo encarecerá las negociaciones para que el Barça pueda ficharlo sino que multiplicará la atención mediática que, milagrosamente, tampoco ha conseguido hacernos aburrir este gran espectáculo.