Este 12 de julio los mellizos Knox y Vivienne, los hijos más pequeños del matrimonio, cumplen 18 años, completamente alejados de su padre y, como sus hermanos, unidos a Angelina Jolie y con su apellido

Es febrero de 2008. Es antes de ayer, pero también es hace siglos. Es un Hollywood mucho más naíf, menos milimetrado. Es esa época en la que las revistas a todo color se despachan como churros en los lineales de los supermercados (y en los quioscos, cuando todavía había). Y esos últimos coletazos en los que los famosos, hiperexpuestos, microscópicamente analizados, siguen siendo estrellas casi inalcanzables; donde hay exclusivas, sorpresas, sin los planificados circos de las redes sociales (Facebook era público desde hace año y medio, el entonces Twitter era embrionario e Instagram y TikTok no existían). Entonces, en una alfombra roja relativamente pequeña, la de los premios del cine independiente estadounidense, aparecen Brad Pitt y Angelina Jolie. Agarrados de la cintura, él con el pelo disparado, chaqueta de pana y gafas de aviador; ella, con la melena castaña, el ojo muy oscuro y un vestido negro sin nada que ocultar: está embarazada. Otra vez. Por sorpresa. No es niño ni niña (como Shiloh, su primera hija biológica, que llegó dos años antes): son las dos cosas, porque vienen mellizos. Nacerían unos meses después y serían los dos últimos de los seis hijos de los por entonces llamados Brangelina. Este 12 de julio, esas criaturas cumplen 18 años. Y ni ellos, ni sus padres, ni sus hermanos, ni Hollywood, ni el star system son una sombra de lo que fue.