En estas páginas hay Ferraris, hoteles de lujo en el desierto, fiestas pocas veces vistas, barcos, helicópteros, símbolos nazis, dólares, caprichos de ricos, negocios millonarios, codicia, evasores, pensamientos retrógrados, mentes brillantes y tráfico de influencias. Hay empresarios, en su circunstancia, en su contexto. En síntesis, hay poder y un debate central que está abierto: ¿quién y bajo qué condiciones tiene el manejo del poder real? Una idea que ayudaría a procesar las trampas del retroceso institucional y del desarrollo que atraviesa la Argentina. Un estímulo intelectual para explicar las razones de éxitos y fracasos alternados, etapas que alejaron al país de una estabilidad sostenida. La burguesía nacional —o algo parecido a ella— es un ente amorfo y oscilante que se empoderó de una manera notable tras el regreso de la democracia. Supo mutar todas las veces que fue necesario, hasta convertirse en una maquinaria eficaz de utilización de influencias, con una inédita capacidad de supervivencia. Lo hizo, además, con un activo central: ser parte del eje de poder sin reconocerse como tal. Mientras disputa y condiciona a la política, logra sostener la idea de que ese poder está en otro lado. Ninguno de los hombres y mujeres de negocios que son contados en este texto —incluidos varios que aportaron información bajo condición de reserva de identidad— admite, en charlas para este libro o en declaraciones periodísticas o del sector, que forma parte de la discusión del poder. No se reconocen en ese rango. Han adquirido la habilidad para, aun manejando los hilos, dar la idea de que son observadores de lo que los gobiernos hacen, de lo que los presidentes y ministros deciden. Es un logro pocas veces puesto en debate, pero actúa como activo de altísima valía.






