Mi nieto de trece años, en su preadolescencia, me dice, y repite, que es peronista. En 1955, a mis ocho años, hace setenta y uno, recuerdo haber sido peronista. En el micro que me llevaba de mi casa en el barrio de Flores hasta Haedo, les dije a mis compañeros que era peronista, ellos habían dicho que Perón era malo. No sé de dónde sacaron ese antiperonismo cuando en nuestro colegio el libro de lectura decía Eva me ama, un colegio privado auspiciado por la Iglesia Metodista Episcopal de los Estados Unidos que luego se sumó a la Iglesia de los Discípulos de Cristo. Mi nieto va al colegio ORT, judío, moderno, atento a las nuevas tecnologías, con un estudiante peronista, mi nieto. Hace setenta y uno años en el flamante televisor que estaba en el living de mi casa, un mueble oracular pesado y cuadrado que una vez encendido había que esperar que se “calentara”, como una pava, momento en el que se prendía una lucesita amarilla que autorizaba la imagen, vi por el único canal existente, el oficial, a Perón que desde el balcón nos decía, a nosotros, el decía el pueblo, que se iba, renunciaba, para que no hubiera sangre de argentinos. Eso es lo que creí, lo que en una nebulosa conservaba mi memoria, pero no fue así. Hoy Gemini me recuerda que la imagen que tengo de Perón en el balcón de agosto de 1955 en el que dice que por cada peronista que se mate mandaría a matar a cinco de los enemigos, y que la renuncia fue por escrito, leído luego en un comunicado en el que sí, esa vez, renunciaba para salvarnos a nosotros. Así que yo tenía sobradas razones para ser peronista hace setenta y un años, lo que no me queda claro es por qué mi nieto es peronista, hoy en 2026, en el que gobierna el libertariano Milei a quien él detesta. Algún clima familiar puede influir porque su madre, mi hija, no es callada, y cada vez que aparece Milei insulta o grita, o dice que lo quiere a Kicillof de presidente, igual que su esposo, pero el padre de mi nieto es neutro.