Con el sufrimiento a flor de piel. Como siempre. Con la remera en la mano, los ojos entrecerrados por el temor a que algo inesperado suceda, y con la emoción de sentirnos representados. Así somos. Así jugamos. Como la Selección argentina: imperfecta, voluntariosa, sufrida y alegre. El gol de Julián Álvarez a los 112 minutos de los cuartos de final contra Suiza es otro capítulo de una saga que nadie quiere que termine. Y que ahora, contra Inglaterra en Atlanta, tendrá acaso su episodio más tenso. ¡Como si no hubiera tensión en todos los otros partidos de esta Argentina! Sería injusto decir que la Selección no juega lindo. O que no juega del todo bien. Sería injusto porque estamos en la semifinal de un Mundial, y porque a veces –siempre– los resultados mandan: llegamos hasta aquí, sería muy jodido centrarse en los defectos o en los problemas. Nada para declarar: gracias totales. Pero la sensación latente entre quienes vemos al equipo es que no está en la sintonía de juego que tuvo en Qatar 2022 o en las Copas América 2021 y 2024. Insistimos: es injusto porque estamos en la semifinal de un Mundial, y hubo varias generaciones que pasaron de la infancia a la adultez sin ver eso: con la frustración permanente de quedar eliminados en cuartos, octavos o en la fase de grupos, como sucedió con el equipo de Marcelo Bielsa en 2002.