Muchos aprenden lo bueno y lo malo de la política en el poder o en trayecto hacia el poder. Pero en esas circunstancias, lo que aprendió Keiko Fujimori es “lo malo y lo peor” de la política.

Que tres fracasos electorales no la hicieran desistir se entiende en su historia familiar. Vivió lo más oscuro de la política en su propio hogar, con la sórdida pelea entre sus padres que acabó en el divorcio que la convirtió en primera dama siendo aún adolescente. No tuvo tiempo de evaluar quien tenía razón y quien no cuando su padre, el despótico Alberto Fujimori, y su madre, Susana Higuchi, se enfrentaron ferozmente habitando ambos la residencia presidencial.

Fujimori era un agrónomo dedicado a la docencia universitaria y su esposa una rica industrial que financió la campaña electoral. Igual que el clan Yoma en el gobierno de Carlos Menem, la familia Higuchi quiso gravitar sobre el gobierno de Fujimori pero, en este caso, las desavenencias llegaron con los primeros actos de corrupción denunciados por la primera dama.

Consecuencias de esas denuncias, Susana Higuchi dijo haber sufrido persecución y torturas por parte de agentes del Servicio de Inteligencia Nacional que comandaba Vladimiro Montesinos, el brazo criminal y corruptor de Fujimori. Semejante acusación contra su marido hizo que el divorcio, ocurrido en 1994, sea aún más oscuro y escandaloso que el de Menem y Zulema Yoma.