Después de un incendio de gran magnitud y de un cierre de siete meses, el parque reabrió en mayo y vuelve a recibir visitantes11 de julio de 202600:1510'minutos de lectura“Una danza entre especies”. Así describe el guardaparque Bruno Zoratti lo que sucedió después del incendio que arrasó 6000 hectáreas en el área protegida. En lugar de dramatizar, se sorprende, admira la naturaleza y su capacidad de adaptación. Dice que, de repente, el parque nacional pareció tener una invasión de especies nativas, como la Stevia achalensis, una planta serrana con unas florcitas blancas muy delicadas que lleva en su nombre la identidad del paisaje que la vio nacer. El desvío hacia el Balcón Sur, desde donde disfruta del vuelo rasante y cercano de los cóndores andinos sobre la quebrada donde tienen sus apostaderos (Foto: Josefina Nicolini)Las flores claras lo cubrían todo. “Además de los pastos –de los que había mucha concentración–, estaba todo blanco porque no tenían la competencia de otras”, dice Bruno. Explica que son especies oportunistas que tienen una gran adaptación a condiciones desfavorables y, ante una presión externa –como en este caso–, cuentan con mejores ventajas que otras para reproducirse y lo hacen masivamente. Luego, de a poco, van apareciendo las demás. “Es interesante ver cómo evolucionan los ambientes tras un incendio”, sostiene. El viernes 10 de octubre de 2025, el silencio de las Altas Cumbres se vio interrumpido por una columna de humo que comenzó a elevarse sobre la Pampa de Achala. El fuego se inició cuando un vehículo averiado empezó a arder al costado del camino, a la altura del parque. Favorecido por fuertes vientos, altas temperaturas y una humedad muy baja, se propagó con gran velocidad sobre los pastizales serranos. Aunque parecía un foco aislado, las llamas se expandieron de manera descontrolada y alcanzaron el área principal de estacionamiento utilizada por visitantes. Destruyeron 14 autos que quedaron reducidos a estructuras calcinadas. “Todo esto es combustible fino, pasto seco que enciende enseguida”, dice Bruno señalando a nuestro alrededor. Cuenta que, como no se pudo controlar de inmediato, se priorizó garantizar la seguridad de los visitantes. “Lo particular de este incendio es que quemó toda la zona de uso público del sector noreste, donde se emplaza la senda: el fuego iba desde la entrada del parque hasta la quebrada”, señala. Una trampa para zorros hecha de piedra. Bruno Zoratti lleva su profesión en la sangre: es de familia de guardaparques y vivió muchos años en áreas naturales (Fotos: Josefina Nicolini)En ese momento, había unas 130 personas recorriendo la reserva durante el fin de semana largo, algunas de las cuales debieron ser asistidas porque el fuego les había cortado el sendero. Se las fue apostando en distintos pedreros, zonas seguras donde no hay vegetación. “Fue una situación muy fea: la gente llegaba al estacionamiento después de caminar un día por la montaña y veía su vehículo quemado”, recuerda. Durante jornadas enteras, aviones hidrantes, equipos terrestres y personal especializado trabajaron en una geografía muy desafiante, marcada por quebradas profundas, laderas escarpadas y extensas pampas de altura. Cuando finalmente las llamas fueron contenidas –al cabo de casi tres semanas–, el balance dejó unas 6000 hectáreas afectadas. Más allá de las cifras, el siniestro puso de relieve la fragilidad de un territorio donde conviven bosques de tabaquillo, pastizales serranos y especies adaptadas a condiciones extremas en el corazón de las Sierras Grandes.Vuelta de páginaVisitamos el Parque Nacional Quebrada del Condorito a solo unos días de su reapertura, tras haber permanecido siete meses cerrado al público. Como resabio del incendio, quedan bosques de tabaquillos que todavía luchan por deshacerse de esas finas láminas de corteza quemada y cartelería aún no repuesta. Pero es cierto, la naturaleza sorprende. Como resabio del incendio quedan bosques de tabaquillos que aún luchan por deshacerse de esas finas láminas de corteza quemada (Foto: Josefina Nicolini)El parque fue creado el 28 de noviembre de 1996. Su superficie alcanza un poco más de 37.000 hectáreas y pertenece a la ecorregión Chaco Seco, distrito serrano. No solo resguarda la biodiversidad, también es una reserva hídrica crucial. La conservación de su vegetación es clave para proteger el suelo y optimizar el ciclo del agua, un recurso vital para la provincia de Córdoba. “Una de las problemáticas que tiene el parque es la pérdida de suelo: acá la roca está muy cerca y la capa de materia orgánica es muy chiquita. Con la pérdida de la capa vegetal en los incendios, el suelo queda expuesto al viento y a la lluvia, y eso erosiona”, señala el guardaparque.Los extensos pastizales de montaña dominan el escenario, alternándose con bosques de tabaquillo y maitén, quebradas profundas y afloramientos rocosos. A medida que se asciende, el paisaje muta desde los bosques serranos de las zonas bajas hasta los matorrales y pastizales de altura que caracterizan las cumbres. Esta diversidad alberga cerca de 500 especies de flora, incluidas numerosas variedades de particular valor para la conservación, además de comunidades de musgos, líquenes y hongos fundamentales para el equilibrio ecológico.Hacia el Balcón SurYa que volvíamos al parque, nuestro objetivo era ambicioso: visitar el Balcón Sur, un rincón adonde LUGARES nunca había llegado, y desde ahí disfrutar del vuelo rasante y cercano de los cóndores andinos que le dan nombre a esta área protegida. Allí enseñan a volar a juveniles y crías, guiándolos en la búsqueda de alimento. No es el lugar que eligen para nidificar, sino que funciona como apostadero.Después de La Pasarela, el puente que cuelga sobre el Río de los Condoritos, comienza la subida hacia el Balcón Sur, al que se accede con guía (Foto: Josefina Nicolini)El sendero al Balcón Sur debe hacerse con guía autorizado (es obligatorio en el tramo posterior a la bajada al río). Nos acompaña el guardaparque Zoratti. Tiene 25 años, es calafatense y pertenece a la última camada de guardaparques nacionales, recibidos en diciembre de 2025. Este es su primer destino y muestra el emblema del parque con orgullo: en él se distinguen la quebrada, el cóndor, el pastizal con tabaquillos y el lagarto de Achala.Lleva la profesión en la sangre: es hijo de un guardaparque ya jubilado y su madre trabaja en educación ambiental en el Parque Nacional Los Glaciares. Como creció en distintas áreas protegidas, tiene la pasión y los conocimientos a flor de piel; sus explicaciones son tan didácticas como atractivas y su manera de relatar atrapa. Además, en su termo lleva una infusión de mate cocido, menta, limón, miel y jengibre que nos comparte y nos energiza en las paradas; dice que se la enseñó su padre para pasar los inviernos patagónicos. Es lunes y el parque reabrió hace menos de tres semanas. A las nueve de una mañana escarchada de mayo, no hay otros visitantes en el centro de informes del área operativa Achala. Nos advierten que el camino al Balcón Sur tiene mayor nivel de dificultad que el norte y que la senda no está en buen estado, debido a que los recursos actuales están puestos en la reconstrucción de los circuitos más transitados. El estacionamiento 2 es cabecera de la senda hacia la Quebrada del Condorito. Desde donde se deja el auto son seis kilómetros hasta el Balcón Sur, cinco hasta el Balcón Norte. La primera parada después de la bifurcación –que divide los rumbos– es la bajada al río hacia la pasarela, un puente que cuelga sobre el río de los Condoritos, el mismo que da forma al cañón. Son 200 metros de desnivel negativo en el descenso y otros 250 de desnivel positivo hasta el destino final. Si se está entrenado no cuesta, aunque en este momento la senda está cubierta por vegetación y es poco visible, ya que no se llegó a rearmar del todo después del gran incendio. Por suerte, Bruno conoce bien el camino y nos advierte dónde pisar o a qué estar atentos. Ver cóndores andinos en vuelo es la meta principal de la mayor parte de los visitantes (Foto: Josefina Nicolini)