Hasta hace poco tiempo, palabras como eficiencia, resiliencia y adaptación climática recién empezaban a instalarse en la conversación global sobre el futuro del sistema alimentario. En Argentina, en cambio, no son conceptos nuevos: son una realidad con la que el sector convive desde hace años. En un país donde el debate público suele girar en torno a la inflación, las crisis cambiarias, la inestabilidad política y la volatilidad macroeconómica, surgió una generación de startups que se construyó bajo restricción, no bajo abundancia. Esa combinación derivó en algo particular: un país que reúne un sector agropecuario de clase mundial, capacidades científicas sólidas, productores sofisticados y startups que resuelven problemas concretos del sistema agroalimentario. Esta combinación cobra cada vez más relevancia en una industria que empieza a alejarse de la lógica de "crecer a cualquier costo" para priorizar herramientas de valor real y accesibles. Después de superar los USD 56.000 millones de inversión global en 2021, el sector agrifoodtech atravesó una corrección fuerte a medida que el capital de riesgo se volvió más selectivo.

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