Hace 50 años, el mundo conoció a Severiano Ballesteros. El hijo de ganaderos y agricultores, el chico que una semana antes había estado segando con su padre, Baldomero, los campos de la familia en Pedreña, saltó a la fama en el Open Británico que se jugó en 1976 en Royal Birkdale y ya nada volvería a ser igual. Tenía entonces 19 años, viajó al torneo sin caddie y no sabía inglés, pero poseía un juego que deslumbraba por su imaginación y un carisma que enamoraba a cualquiera. Este viernes hace justo medio siglo, Seve quedó segundo en el Open Británico empatado con el mítico Jack Nicklaus con -3, solo superados por Johnny Miller (-9). Fue el inicio de la leyenda, el alumbramiento del fenómeno Seve. Desde su debut en el torneo en 1975 (no pasó el corte) hasta su despedida en 2006, cuando su hijo Javier le acompañó en la bolsa de palos, Ballesteros disputó en 28 ocasiones el British, tantas como el Masters de Augusta, convertido en una estrella que marcó a varias generaciones.En su biografía, Seve recordaba cómo fueron esos días de julio de 1976 que le cambiaron la vida. “La semana anterior a Birkdale ayudé a mi padre a segar la hierba de nuestros prados y a almacenarla para que las vacas la comiesen durante el invierno”, escribía. Entre esa dura tarea familiar en el campo y el British le hizo de caddie a uno de sus tres hermanos mayores, Manuel, en la previa del Open Británico que éste jugaba en Hillside, pero el otro Ballesteros no se clasificó. Seve, curiosamente, llegó a Birkdale sin nadie que le llevara la bolsa de palos en el torneo. Dave Musgrove, con quien había empezado a trabajar en el Open de Francia ese pasado mayo, estaba comprometido para la cita inglesa con el golfista argentino Roberto de Vicenzo, y Seve se plantó sin caddie hasta que el mismo Musgrove le recomendó a un amigo, un agente de policía llamado Dick Draper que no tenía ninguna experiencia como profesional. Ese fue el acompañamiento del joven Seve en aquel inolvidable verano.Birkdale ardía a causa de un calor tropical. “Todo estaba tan seco que se produjeron varios incendios en el campo”, recordaba Seve, y señalaba que tan duro era el campo que debía botar la bola 20 metros corto en los tiros a green. Nada que no pudiera sortear quien había aprendido a jugar en las playas de Pedreña, un hijo de las carencias y por lo tanto de la imaginación. En esas condiciones en las que muchos se hundían por la dureza del recorrido, el español desconocido dejó a todos con la boca abierta. Líder después de la primera jornada (-3), de la segunda (-6) y de la tercera (-5). La fama llegó tan de repente que su hermano Manuel debía hacerle de intérprete porque Seve no dominaba el inglés. Los dos hermanos solían salir a cenar los días anteriores al torneo, a pasear por las calles cercanas a la casa que compartían, incluso se divirtieron una larga noche en una discoteca. Nadie lo conocía, pero sería la última vez que disfrutaría del anonimato. El mundo del golf se preguntó quién era ese joven descarado, sin miedo, rebosante de personalidad y con pinta de Beatle que de repente se batía con los mejores jugadores del mundo y salía vivo de las situaciones más complejas con golpes que parecían obra de un artista. Nada sería ya lo mismo.“El Open Británico era para mí un reto enorme, pero era demasiado joven e inocente para comprender la verdadera dimensión y trascendencia que tenía. Aún no me daba cuenta de todo lo que significaba”, rememoraba Seve en su biografía. Una mala última ronda de dos golpes sobre el par le haría bajar a ese segundo puesto empatado con Nicklaus y solo por detrás de Miller cuando había rozado la gloria. “Creo que ha sido muy bueno para Seve que hoy acabara segundo. Ya le llegará el día”, dijo aquel domingo el campeón. Seve no entendería aquellas palabras hasta tiempo después: aprender a perder para aprender a ganar. Y así conquistó el Open Británico en 1979, 1984 y 1988 convertido en un fenómeno de masas en las Islas.Nadie como el fotógrafo inglés David Cannon captó mejor la esencia del genio cántabro en sus imágenes para la agencia Getty. Por encima de todas, la icónica figura de Seve, puño en alto al grito de “¡La metí!” en Saint Andrews 84, la silueta eterna de su logo, la imagen del equipo europeo en la Ryder Cup, la competición que definitivamente le haría eterno. “Seve tenía un carisma único”, recuerda para este periódico Cannon, autor del libro de fotografías Seve. Su vida a través del objetivo; “su sonrisa nunca será igualada, iluminaba la cámara. Jugaba sin gorra y eso potenciaba su gesto. Cada día me daba una gran foto. Alegre, triste o enfadado, cada emoción era una imagen maravillosa. Era el favorito para los ingleses, incluso antes que nuestros jugadores. Ponía pasión en todo lo que hacía, sentía amor verdadero por el golf, hacía que la gente fuera feliz... Jugaba golpes con los que otros ni siquiera podían soñar”.José María Olazabal fue su fiel escudero y su mejor heredero. El vasco coincide en ese amor incondicional entre la afición británica y el golfista español fallecido hace 15 años: “Siempre fue una relación especial. Le querían una barbaridad y se lo hacían notar a casa paso. Allí le dieron el cariño que en España le costó encontrar, sentía que allí le querían más. Siempre dijo que el mejor público del golf era el del Open Británico. Yo iba con él en muchos entrenamientos y era increíble la gente que le seguía. Todos querían una foto con él, todos le dedicaban bonitas palabras. De repente surgía un hombre de 80 años que se emocionaba al verle, o una pareja que le decía: ‘Nuestro hijo se llama Seve por ti”.El Open Británico vuelve la próxima semana a Royal Birdkale, allí donde hace 50 años el hijo de los ganaderos se presentó al mundo. Entonces no ganó el trofeo, pero sí el corazón de una afición. Un amor para siempre.
Hace 50 años, el mundo conoció a Severiano Ballesteros
Este viernes se cumple medio siglo del segundo puesto del golfista cántabro en el Open Británico de 1976, el torneo que le convirtió en un fenómeno por su juego y su personalidad







