EDITORIALEl abandono ferroviario se ha prolongado por casi medio siglo.
Vamos a empezar por una paradoja: cuando en 1908 se conectaron en Guatemala el Ferrocarril del Norte, proveniente de Puerto Barrios, y el Ferrocarril del Sur, desde Escuintla, después de más de tres décadas de trabajos, búsquedas de financiamiento —incluyendo impuestos, colectas y préstamos—, el proyecto ya no le pertenecía al país. En efecto, este medio de locomoción funcionó durante décadas y, pese a todo, fue una verdadera ruta de hierro hacia el crecimiento económico: por desgracia, las condiciones en las que operó no necesariamente fueron óptimas y tales deficiencias obligaron a la construcción de la ruta al Atlántico.
Desde hace tres décadas, el tren guatemalteco es antigüedad de museo en una parte y chatarra por otra. Ciertos intentos muy publicitados de reutilizar la vía férrea actual como un transporte alternativo distan de ser factibles, pues faltan durmientes, los rieles son demasiado viejos y con anchura anticuada para modernas máquinas. En otras palabras, para volver a implementar el ferrocarril, sobre todo para el transporte de carga, se requiere de una inversión cuantiosa que sucesivos gobiernos no han emprendido por miopía o simple indiferencia.








