Dice Brigitte Vasallo (Barcelona, 58 años) que la violencia familiar y la violencia política operan de formas más similares de lo que creemos. “Y el silencio no llega después, forma parte de la violencia en sí”, advierte. De lo que no se habla es de lo que investiga en La fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama), donde trenza la construcción cultural del campesinado durante del mal llamado milagro económico franquista con la falta de archivo familiar en una casa marcada por la violencia de género y la migración. Su madre se fue de una aldea gallega para trabajar como interna en una casa señorial del distrito XVI de París. Su teoría sostiene que, en el desarrollismo, los que salieron de sus pueblos a las capitales no solo se vieron condenados a demostrar ejemplaridad y utilidad al régimen, también fueron disciplinados en el autodesprecio, viéndose como eternos sujetos subalternos frente al ideal de progreso de la urbe. Tiene lógica que esta hija de campesinos, que ha trabajado de limpiadora y de marinera, ha ocupado la cátedra Mercè Rodoreda en la Universidad de Nueva York, ha sido artista residente de la Academia de España en Roma y docente en el Màster de Gènere i Comunicació de la UAB, impugne ese relato que ha dado por ganadores a los asimilados en la urbe capitalista mientras se maltrata con arrogancia a lo rural. Dramaturga y directora del Festival de Cultura Txarnega de 2019, incómoda para tantos por haberse identificado como “charnega y marimacho”, con cada uno de sus ensayos ha tensionado ese sentido común al que se agarran los conservadores. Frente al ruido, ella tiene claro por qué vocea estas batallas en el campo de disputa de la memoria: “Hasta que no se consiga romper el silencio, la violencia sigue operando”, cuenta en el bar del barrio de Poble Sec donde nos ha citado. Pregunta. Cuestiona el milagro económico franquista. Dice que Franco fue el dictador que más castigó a la España rural.Respuesta. No se puede hacer pensamiento anticapitalista sin revisar y desromantizar los milagros económicos. La memoria es una pugna sobre el presente. El franquismo, como otros fascismos europeos, fetichizó al campesinado. El fetiche es una forma de violencia, se enmarca en la cosificación: ese otro no me interesa como sujeto político, sino como herramienta. El campesinado fue usado como esencia de la nación mientras sucedían hambrunas, y las cartillas de racionamiento, mientras se llevaban a cabo ejecuciones. Esto se modificó cuando el régimen cambió de estrategia con los Pactos de Madrid con EE UU y la entrada del capitalismo liberal. Ahí, la esencia de la nación ya no fue ese campesino bucólico, sino la familia con el seiscientos y el pisito. Por qué se apostó por la civilización industrial y no por otro tipo, podría haber sucedido. Y la respuesta está en los Pactos de Madrid. P. Ahí se activó el gran proceso migratorio de lo rural a la ciudades, al que se sumó su madre. Recela de ese ideal civilizatorio. R. El éxito del desarrollismo ha hecho que incluso las hijas de esa genealogía no vayamos ni a cuestionarlo, consideramos que no hay nada que ver. Nos avergüenza el origen, queremos el disimulo, convertirnos en esa cosa mejor que es lo urbano. Eso provoca que todo el pensamiento que hacemos en las ciudades desde el marco de la modernidad sea pensamiento capitalista. Y parece que nunca ponemos en cuestión ese marco. La tormenta perfecta, ahora, es que desde las izquierdas urbanas solo atiende al campesinado cuando vota mal, entre comillas, solo le interesa cuando vota a Vox. No interesa nada más porque el campesino tiene que hacer lo que nosotras decimos, y punto pelota. Mi llamamiento es: ¿dónde están las alianzas entre la izquierda urbana y las infinitas izquierdas campesinas? P. ¿Por eso es tan importante el concepto de “mutante” con el que se identifica?R. Las que ya nacemos en la ciudad y somos criadas en las lógicas industriales pertenecemos a otra civilización. La palabra mutante me sirve para señalar que nosotras somos otra cosa. Yo ya no soy campesina hija de campesinas, sino que soy una hija de campesinas nacida en otras lógicas. Nos da la sensación de que hay un movimiento de retorno al campo: volvemos desde una mentalidad urbana que impone el marco sobre ese mundo campesino que existió y ya no existe. Me interesa ver cómo esas sociedades campesinas han sobrevivido tantos siglos en un entorno natural, conviviendo y articulándose con ese entorno sin generar cambio climático ni desastre. Cuando hablamos del campo precapitalista, no es un lugar, es una ontología. P. Desmiente el mito de ciudad acogedora. Ayuso se apoya en esa retórica, como cuando enfrentó a Cataluña con Madrid y dijo que su ciudad era más cuidadora porque “no existen los maquetos, ni los charnegos”. R. Eso es mentira. Fíjate que existe un nombre para los madrileños de verdad: gatos. Lo que diferencia Madrid de Cataluña es dónde sitúa la frontera. Madrid, como capital de España, la sitúa más lejos y dice: “No, los extranjeros son los marroquíes; vosotros sois de dentro”. Lo que se impone es un ejercicio de asimilación acrítico. Cada vez que las hijas de la migración no nos reconocemos como hijas de una genealogía migrante lo que estamos diciendo es: “Si estos que vienen no se sienten acogidos es porque ellos son el problema, mira a nosotras qué bien nos fue”. Es la misma estrategia de asimilación acrítica que usa la extrema derecha en Francia. P. Ahonda en el autodesprecio a través de la etimología de las palabras “paisano” o “aldeano”, términos asociados a cierta incultura. Y que el pan y los perros forman parte siempre de la iconografía de la pobreza. R. La idea de progreso ha generado un autoodio que ha facilitado un borrado de identidad. Con las poblaciones subalternas se recurre al perro usándolo como insulto. En catalán, la definición de xarnego es una raza de perro que se usa para cazar conejos de noche. En un taller en Brescia (Italia) me contaron que se llamaban popularmente italiacanos a aquellos que venían del campo y se ponían a estudiar. Las profesoras distinguían a los alumnos que hablaban italiano de los del campo, que hablaban el de los perros. El campesinado miraba la televisión para aprender el idioma; que, de repente, ese era el único idioma válido. Eso provoca fractura y dolor. Hablamos poco de cómo en las diásporas la adquisición del idioma afecta a nuestros cuerpos. Se impone una lectura moral, como si el idioma fuera intocable y de eso no se pudiese hablar. No se cuestiona ni la patria ni la lengua ni la madre. P. La figura de la madre aquí sí es impugnada. Investiga su labor de trabajadora doméstica interna en Francia. Usted también ha sido limpiadora, cree que el feminismo tiene un problema con el servicio doméstico. R. Hay un prejuicio moral desde algunos feminismos hacia el trabajo de limpieza, cuando el prejuicio moral y político debería dirigirse a las condiciones laborales. Limpiar no es denigrante. El problema son las condiciones laborales y simbólicas que se imponen, el desprecio que recibes por haber sido o ser limpiadora. El trabajo de limpieza no es especialmente malo si las condiciones son buenas y te dejan un poco en paz.