Thibaut Courtois ya lo avisó estos días: "La gente se ha equivocado con Bélgica". Con la selección, dice. Es el rival de España este viernes en los cuartos de final del Mundial y es un fiel reflejo de lo que es el país. Porque sí, la gente suele equivocarse con Bélgica. Cuando uno aterriza en Bruselas -o en cualquier otra zona, vaya- se le dan dos consejos: esperar al primer invierno para hacer cualquier valoración y, el más importante, no cuestionarse nada de lo que pase, simplemente aceptarlo. Eso es lo que le ha pasado a la selección en lo que va de torneo.El combinado que dirige Rudi García, francés por cierto, ha ido aceptando su destino desde una primera fase irregular hasta tener pie y medio fuera del Mundial frente a Senegal, y después golear en su mejor partido a una de las anfitrionas, Estados Unidos. La gente se había equivocado con Bélgica. Con parsimonia, a veces hasta con desdén, con un orden propio que no hace falta entender: así es el país y así es la selección belga. No hay que preguntarse por qué, solo aceptarlo.Todo eso es una mala noticia para España porque parte con el cartel de favorita y la sociedad española asume que así será, que lo normal es que se clasifique la selección; pero en el otro lado encontramos a Bélgica que, como el país, parece que no, pero siempre está. Los diablos rojos dejaron pasar a su mejor generación con los Hazard, Meunier, Lukaku o De Bruyne en su mejor momento, se quedaron sin grandes títulos, y ahora los dos últimos les sirven para unos ratos. Pero qué ratos. Cuando parecía que había pasado su momento después de ser por ejemplo terceros en el Mundial de Rusia de 2018, ahí están otra vez, a las puertas de las semifinales.Bélgica, en realidad, es un país que se puede explicar (o sencillamente comprender, si eso) de diferentes maneras. Del caos de Bruselas se puede pasar en media hora al lujo de Amberes, ir a una playa que los sureuropeos no entendemos demasiado en Ostende o pasear un fin de semana por Halle o pueblos similares y no encontrarse a casi nadie por la calle. No es lo mismo vivir en Valonia que en Flandes, y el carácter de los belgas no es arisco, pero sí distante. No quieren hacer demasiado ruido, porque el sistema ya lo hace por ellos. Así va la selección también: en el torneo se ha hablado de Marruecos, de Noruega o de México, pero no tanto de Bélgica. Y ahí están.Un español camina por el centro de la capital belga y no entiende, por ejemplo, que las basuras se acumulen en la calle un día a la semana, que haya obras en cada esquina para no se sabe muy bien qué o que el sistema político sea inexplicable, que los autobuses se desvíen sin avisos o que el metro de repente no complete su línea sin explicación alguna. Tampoco se aclara uno con tantísima zona verde en un país que tiene muy pocos días de sol al año (pero los parques salvan la salud mental en cualquier momento) y Bruselas, al menos Bruselas, no destaca realmente por nada concreto. Es una ciudad vivible, pero no un foco turístico como otras grandes ciudades. Con todo eso, Bélgica sigue en pie, avanza, funciona. Tiene sus propias reglas, y así le va razonablemente bien. Lo mismo, otra vez, con la selección: se acabaron las estrellas, pero siempre hay un Trossard que desatasca un partido, unos minutos de Lukaku que merecen la pena o un espíritu que permite remontar en diez minutos un partido que estaba perdido, con un penalti algo discutido. Senegal se veía en octavos... pero se había equivocado con Bélgica. Muy belga fue también la calma tensa con la que se tomaron la maniobra de Donald Trump para que la FIFA revocase la expulsión del máximo goleador estadounidense, Folarin Balogun, antes de los octavos de final. A Bélgica, que protestó con un comunicado, en realidad le dio igual: al día siguiente llegaron y golearon. Y es que el belga medio, educado eso sí, solo responde cuando se le pregunta; es acogedor, pero no empalagoso, de costumbres marcadas pero no demasiado ordenadas y se toma su tiempo para casi todo. La prisa no es amiga de Bélgica y en esa calma que algunos desespera el que la entiende vive en paz. En el entorno de la selección no ha habido grandes sobresaltos ni portadas muy duras cuando las cosas no fueron tan bien. Y de repente, titubeando y con algún destello importante (como el partido ante los anfitriones) ya están entre los ocho mejores del mundo.Y sí, la gente se ha equivocado con la selección belga como se suele equivocar con el país. Bélgica se convierte rápido en casa porque te lleva a socializar, a vivir intensamente y a, directamente, no hacerte preguntas porque muchas de ellas no tienen respuesta. Tiene un invierno denso, húmedo, de esos que generan hartazgo y las olas de calor, como ahora, son pegajosas. En realidad, y después de todo, es un país inexplicable; solo lo entiende quien lo vive y a veces ni eso. Por eso no hay que preguntarse cómo ha llegado la selección a cuartos de un Mundial, porque el equipo, como el país al que representa, es indescifrable, y eso es una mala noticia para España.
Por qué la selección belga se parece mucho a Bélgica... y eso es mala noticia para España
Con parsimonia, a veces hasta con desdén, con un orden propio que no hace falta entender: así es el país y así es la selección belga, rival de España en los cuartos de final del Mundial.












