Por Alberto Vizcarra Ozuna

Desde temprano tuve los elementos formativos que me permitieron no dejarme llevar por la “primera nueva”, tampoco por consignas aderezadas con efectos simbólicos. En eso fundamento mi postura: en términos históricos y de principios, pertenezco a la “tercera transformación”.

Las transformaciones de México, que pasaron por la Independencia y la Reforma, contenían una tensión dirigida a la conformación de un Estado nacional moderno, motivado por el propósito del bien común o bienestar general. Esa tensión se resolvió con el triunfo de la Revolución Mexicana.

Se instituye un Estado reconocido como entidad responsable de salvaguardar los recursos estratégicos de la nación y asegurar que la democracia no se limite a la simple condición de un “régimen jurídico” y electoral. El concepto de democracia se vincula al necesario y constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.

Con la Revolución y la Constitución de 1917, México conceptualizó un Estado que, reconociendo derechos sociales, no suprimió garantías individuales. Quedó planteada la tarea de lograr la justicia sin sacrificar libertades.