Jon Aristu |
Pamplona (EFE).- Mientras la ciudad se encuentra en plena ebullición festiva por los Sanfermines durante las últimas horas del día, sucede el encierrillo, el traslado nocturno de los toros desde los Corrales del Gas hasta los de Santo Domingo, una tradición silenciosa que mantiene intacta la esencia ganadera de la fiesta y que, desde hace más de un siglo, prepara el encierro del día siguiente.
Pasadas las diez de la noche, seis toros y seis cabestros abandonan los Corrales del Gas guiados únicamente por los pastores. Sin corredores, sin gritos y con el sonido de las pezuñas sobre el asfalto como único protagonista, la manada asciende por la cuesta de Santo Domingo hasta descansar en los corrales desde donde partirá el encierro de la mañana siguiente.
«La labor es muy parecida tanto en el encierrillo como en el encierro: dirigir la manada en el menor tiempo posible a sus diferentes trayectos», explica el pastor Alberto Pérez Garayoa, natural de Tafalla y uno de los veteranos del equipo, que este año cumple 25 años participando en los Sanfermines. «En el encierrillo desde el Corral del Gas hasta Santo Domingo y en el encierro desde ahí hasta la Plaza de Toros».
Los corrales donde comienza todo











