Alberto Sordi, al que sus paisanos nominaban con el cariñoso diminutivo de Albertone, fue, además de uno de los máximos representantes de la comedia italiana a través de sus más de dos centenares de cintas, el máximo embajador de la cocina y la gastronomía de su país en la gran pantalla, hasta llegar a convertirlas en el gran icono cultural del país transalpino, a escala casi planetaria.

En domingos y feriados la pitanza de Albertone se convertía en un acto ritual

Dentro de este ámbito y espíritu, la más conocida y célebre es, sin duda, Un americano a Roma/ Un americano en Roma, estrenada en 1954 y dirigida por Stefano Vanzina, “Steno”, en la que encarna al joven sin oficio ni beneficio Nando Mericoni, obsesionado por los pretendidos valores y símbolos de Estados Unidos, que le llevan a intentar convertirse en un “auténtico americano”. La escena cumbre de este finalmente fallido proceso es la cena que se prepara al llegar a casa, despreciando la garrafa de vino y la fuente de macarrones que su madre le ha dejado sobre la mesa, aunque en realidad no se trata de maccarone, sino de bucatini o foratini, una especie de espagueti con un agujero longitudinal y cuyo nombre proviene, respectivamente de buco/agujero, o fora/perforación.