Donald Trump se cree que todo lo puede. Pero a menudo se da de bruces con la realidad. Como cuando el Supremo de EEUU tumbó sus aranceles indiscriminados, o en la misma guerra de Irán, que dura cuatro meses en lugar de las cuatro semanas prometidas y el estrecho de Ormuz no termina de recuperar el flujo que tenía antes del 28 de febrero, cuando Washington y Tel Aviv comenzaron a bombardear Irán.
Trump puede decir que los Tomahawks que arrasaron una escuela infantil en Irán no eran de EEUU, pero solo EEUU podía lanzar Tomahawks aquel día sobre Irán. Incluso puede decir que los países de la OTAN le dejaron tirado, pero no hay ningún artículo del tratado de la OTAN que diga que hay que seguir a un aliado en una guerra unilateral e ilegal.
En el fútbol y en este Mundial no ha sido diferente: Trump hizo lo que nunca un presidente de un país había hecho antes. Maniobrar ante el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que se le anulara una sanción a un jugador, en este caso el delantero Folarin Balogun, expulsado en el partido de dieciseisavos ante Bosnia-Herzegovina, para que pudiera jugar contra Bélgica este lunes por la noche.
Balogun jugó, en contra de todo criterio deportivo, demostrando que el presidente de EEUU puede hacer trampas en el Mundial que está albergando, de la mano de Gianni Infantino, quien llegó a inventarse un premio de la Paz para hacer un regalo a Trump. Este martes las trampas de Trump e Infantino se toparon ante la cruda realidad: goleada de Bélgica a EEUU por 4 a 1.












