En la historia de los Mundiales quedará grabado como El Milagro de Atlanta. El triunfo 3-2 de Argentina sobre Egipto, angustioso, heroico, épico, marcó un punto de inflexión en el devenir del seleccionado albiceleste en la Copa del Mundo que ya despidió a sus tres anfitriones: Canadá, México y Estados Unidos. Mal que le pese a Donald Trump, pretendido Sheriff del universo y titular del Comité de Disciplina de la Fifa.
Tras una fase de grupos que superó tranquilo, al trotecito, el equipo dirigido por Lionel Scaloni se topó con la sorprendente Cabo Verde, un alargue inesperado y un llamado de atención. Una luz de alerta que le señalaba que ya nadie gana con la ‘chapa’ y de que era imperioso hacer retoques en el sistema de juego, para no volver a pasar zozobras.
Con el diario del martes, las variantes que el DT dispuso para enfrentar a Egipto no resultaron del todo eficaces. Muestra de ello fue el retroceso sistemático de Lionel Messi, buscando juntarse con Leandro Paredes para armar juego, cuando la pizarra de Scaloni mostraba la fichita ‘10’ en el centro del área contraria, a la espera de que Julián Álvarez hiciera la presión ofensiva y de que Enzo Fernández, Mac Allister y De Paul se liberaran para convertirse en los socios de tres cuartos de cancha hacia adelante.










