La mañana comenzó bien, empeoró luego y terminó convertida en un histórico momento de reflexión colectiva del Reagrupamiento Nacional (RN). El tribunal de apelación de París, pese a declarar culpable a su líder, Marine Le Pen, rebajó su pena por el caso de malversación de fondos europeos. La juez daba por liquidada la inhabilitación que le impedía presentarse a las elecciones de 2027. Pero le imponía una tobillera electrónica durante un año, una medida que la propia Le Pen consideró incompatible con una candidatura hace algunos meses. Seis horas después, en pleno prime time televisivo de TF1, Le Pen decidió seguir adelante, presentar un recurso al Tribunal Supremo y contravenir su decisión de retirarse de la carrera electoral si el tribunal le mantenía el dispositivo. Le Pen pisa el acelerador e incumple todo lo que prometió. Tiene derecho a hacerlo como ciudadana, pero su palabra política ha saltado por los aires. La ultraderechista, al contrario de lo que adelantó, apurará sus plazos y esperará el veredicto del Supremo, que podría llegar a finales de año o comienzos de 2027. Hasta entonces, insistió, será candidata. Hará campaña con su delfín, el joven presidente del partido, Jordan Bardella (30 años). Su decisión cuestiona su firmeza. Pero también la aparente confianza en su delfín, que llevaba preparándose un año y medio para este momento y ve ahora como su madrina política prefiere arriesgar y comprometer la campaña a entregarle la candidatura a las presidenciales, como había prometido. No está claro tampoco si se retirará en caso de que el Supremo mantenga la condena. “Los franceses serán jueces”, apuntó, dando a entender que ahora sí estaría dispuesta a hacer la campaña o, incluso, a ser nombrada presidenta de la República con el dispositivo electrónico.La sentencia, que la defensa calificó por la mañana de “parcialmente satisfactoria”, era una filigrana jurídica que no dejaba espacio para interpretaciones sobre la culpabilidad de la líder del RN en un sistema —del que ella y su padre, Jean-Marie Le Pen, fueron “instigadores”— que sirvió para desviar millones de euros del Parlamento Europeo para el uso de su partido en Francia. Sin embargo, trasladaba toda la presión a la líder del RN. Si quería concurrir a los comicios, podría hacerlo. Pero debía valorar ella misma —y su entorno— si era oportuno alargar ese sufrimiento colectivo entre sus votantes y hacer campaña con una tobillera electrónica. Una imagen, sin duda, poco constructiva para una potencia como Francia. Pero Le Pen sostiene que el recurso suspenderá la pena y podrá seguir adelante todavía un tiempo más sin portar el dispositivo y sin estar condenada. No está claro todavía. “Estoy feliz por la decisión de los jueces. Han dado la última palabra a los franceses”, señaló. “El recurso anula la decisión en primera instancia”, insistió para mostrarse convencida de que no deberá llevar la tobillera en los próximos meses. La incógnita es cuánto durará su escapada y a quién encontrarán los votantes cuando termine. “Esta noche soy candidata”, lanzó ante la insistencia del presentador de TF1. Una frase que denota la incertidumbre en la que Le Pen sume a su partido y al país. Nadie tiene ni idea hoy si logrará llegar a la primavera de 2027 sin un dispositivo en el tobillo, sin una condena definitiva. Por eso la líder del RN reiteró que se presentará en un binomio con Jordan Bardella, que debía sustituirle en caso de condena. “Ofrecemos esta posibilidad a los franceses”, continuaba. Una manera de decir, en suma, que si finalmente resulta condenada y se le impone el dispositivo electrónico, podría decidir dar el paso al lado que no ha realizado este martes. Un ya veremos que tira el balón tres meses hacia adelante.La decisión termina con un largo suspense y deja de nuevo al presidente del partido, Jordan Bardella, en el banquillo. Pero, sobre todo, coloca a su electorado en una situación incómoda. ¿Tendría valor su discurso de ley, orden y moral mientras espera una condena definitiva en un caso de apropiación y malversación de fondos públicos?El tribunal, en una decisión más benévola de lo esperado, rebajó las penas de inhabilitación a los 11 acusados y alargó el suspense. Una jugada perfecta para sacudirse la pesada responsabilidad de pronunciarse sobre si Le Pen puede o no presentarse a las elecciones. Los jueces pacifican así el panorama social y sortean hipotéticas acusaciones de lawfare e injerencia en la política. Si la líder del RN quiere concurrir a los comicios, se desprendía de la sentencia, podría hacerlo. Pero debía valorar ella misma —y su entorno— si era oportuno.En marzo de 2025, Le Pen fue declarada culpable de malversación de fondos públicos por un tribunal francés, con una pena de cuatro años de cárcel —dos de ellos firmes, con tobillera electrónica— y a una inhabilitación política de cinco años. La condena, que le impedía presentarse a cargos públicos y era de aplicación inmediata, fue recurrida, pero la Fiscalía apenas modificó su petición al Tribunal de Apelación: cuatro años de prisión, uno en firme, con dispositivo electrónico, y cinco de inhabilitación.Le Pen se mostró desafiante durante la primera parte del juicio y aseguró haber sido víctima de una “persecución política”. Pero el tribunal no se dejó intimidar y la consideró responsable de una “operación sistémica” para crear contratos ficticios y desviar hacia el Frente Nacional (precursor de Agrupación Nacional) una cantidad aproximada de 4,4 millones de euros entre el 2004 y el 2016. Visto el resultado calamitoso de su estrategia, Le Pen moderó su discurso en la fase de apelación y admitió “negligencias”. “No sentimos que hubiéramos cometido ningún delito”, se limitó a decir.El RN ha intentado transmitir calma en los últimos meses. La teoría difundida era que el partido ultra estaba preparado para cualquier escenario. Si Le Pen resultaba inhabilitada, si la condena era desfavorable, no esperaría al recurso del Supremo ni haría campaña con tobillera: el vicepresidente de la formación, Jordan Bardella, de 30 años, tomaría el mando. El problema, observaban todos los cuadros dirigentes, es su manera de enfocar la política, mucho más cercana a las élites económicas y empresariales. Y que el interesado no ha sido capaz de disimular estos meses sus ganas de ocupar ese espacio. Elementos que ahora aflorarán en el análisis de la decisión de Le Pen. La matriarca del clan no quiso que Bardella estuviera en la sala ni a sus puertas, quizá intentando preservar su imagen como futuro candidato. También, consideran algunos, dejando que corriera el aire entre ambos en un momento en que la relación se ha enfriado. Tras escuchar la sentencia, sin comentar ni una palabra con la prensa, que esperaba a la entrada del imponente tribunal de apelación de París, se marchó a la sede del partido, donde se reunió con Bardella.La decisión era histórica. También para saber si el apellido Le Pen podría desaparecer de las papeletas electorales por primera vez con la decisión judicial y el partido cambiaría de rumbo. Marine Le Pen acogió a Bardella en su regazo político cuando el joven político apenas tenía algo más de 20 años y lo convirtió en portavoz de la formación. Pero su delfín ha adoptado un nuevo estilo de hacer política, más inclinado a la derecha clásica, cercana al poder y a las élites económicas y empresariales. Y, sobre todo, a la idea de que una unión de derechas —extrema y tradicional—, tal y como ocurre en Italia o España, es posible. Si uno ignorase su historia compartida, sería difícil relacionarles ideológicamente. La decisión de Le Pen, aferrada al viejo sueño familiar de llegar al Elíseo pese a resultar condenada en segunda instancia, podría explicar algunas de esas diferencias.