Puede que lleguen al mismo destino, pero dos pasajeros en el mismo vuelo pueden tener experiencias de viaje sorprendentemente distintas.Un viajero pasa sin esfuerzo por un carril de seguridad prioritario y se dirige directamente a una sala VIP a la que se accede solo por invitación para tomar cócteles artesanales y disfrutar una comida preparada por un chef antes de abordar con anticipación. Un auxiliar de vuelo, que le ofrece una copa de champán y una toalla tibia para las manos, le da la bienvenida al pasajero a un asiento espacioso en la parte delantera del avión.El otro viajero hace fila en cada paso —control de seguridad, una cafetería que vende sándwiches de 16 dólares, una puerta de embarque abarrotada— y luego sube con uno de los últimos grupos, con la esperanza de que todavía haya espacio para un equipaje de mano en el compartimento superior antes de acomodarse en un estrecho asiento central. Después de que se atenúan las luces de la cabina, el sueño llega en fragmentos, y una almohada de viaje hace poco para aliviar la rigidez del cuello.

Estos trayectos contrastantes no son casualidad. Desde la pandemia de COVID-19, las aerolíneas más grandes de Estados Unidos han hecho todo lo posible por atraer a pasajeros premium dispuestos a pagar por comodidad, conveniencia y exclusividad. Los viajeros que cuidan el presupuesto pueden notar una brecha cada vez mayor entre la parte trasera del avión y la delantera, a medida que las compañías estructuran cada vez más sus negocios en torno a la venta de asientos de primera clase, clase ejecutiva y económica premium.