Un par de veces al año se forman largas colas para entrar al Congreso, los visitantes circulan desde el vestíbulo principal hasta el hemiciclo, pasan luego a las salas más modernas del edificio contiguo y se van. En el pasillo elevado que lleva hacia la zona de salida, este verano cuelgan las fotografías hechas por Alberto Schommer de los candidatos a las primeras elecciones generales. No muchos se paraban a leer las cartelas identificativas de los partidos, y menos quien reconociera sin ayuda a las principales figuras de 1977.La del presidente de Gobierno no está, como los demás, junto a su grupo político, la UCD. El retrato de Adolfo Suárez es una imagen repetida por las pantallas de unos aparatos de televisión apilados. Bien visto hacia quien había dirigido el monopolio de RTVE, y estaba familiarizado con la comunicación pública como ningún otro entonces.Secretario general del partido oficial, había vaciado por dentro el régimen de caudillajeEn seis meses, quien se confesaba más lector de encuestas que de libros, había operado un giro copernicano el año anterior. El primer ministro, pura clase política, secretario general del partido oficial, había vaciado por dentro el régimen de caudillaje militar, sin una gota de violencia y con sólo cinco artículos de ley. Un 94 por ciento lo aprobaba en un limpio referéndum en diciembre de 1976.En vísperas de esa consulta popular, Maurice Duverger se había despedido de Madrid con un: “Si tuviera que escribir una historia del paso de España de la dictadura a la democracia, habría un capítulo de felicitación efusiva al Gobierno y sería implacablemente duro con la oposición”. Fueron días decisivos en que la izquierda eligió una calculada abstención, la que diez años más tarde recibiría en su referéndum sobre la OTAN.Adolfo Suárez en 1978EFEAnte la pasividad de los demócratas históricos, se abría para todos una vía mejor que la aguardada espiral de protestas organizadas, con la consabida represión policial, o un golpe final militar progresista, a la portuguesa. La reforma emprendida en julio del 76 supo atravesar el desfiladero de un Estado autoritario, gracias a una cultura de la legalidad insólita en nuestra política, junto con el oportuno respeto al adversario interno, franquista.La derecha saldaba así la deuda moral de haber errado en julio del 36, desatando la Guerra Civil latente. Más allá de su fama personal de presidente, este período de éxitos fulgurante apenas figura en la memoria colectiva siquiera de esa misma derecha democrática, de la que fue jefe de filas.Otra extrañeza hacia un Suárez siempre paradójico, quien, años más tarde, sorprendió al Congreso afirmando haber votado en contra en el referéndum de la OTAN.