NoticiaEl miedo y el control informal del consumo imponen un bloqueo silencioso a estudiantes y vecinos al caer la tarde.Parque de los periodistas Foto: Andrés Piscov06.07.2026 15:32 Actualizado: 06.07.2026 15:32

Tras la reciente restauración del icónico Templete del Libertador por parte del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), el parque de los Periodistas luce despejado, con sus monumentos pulidos y muy pocos vendedores informales en sus andenes.Esta plaza funciona como una de las principales puertas de entrada al centro histórico de Bogotá. En su costado norte, la estación de TransMilenio de las Aguas inyecta un río constante de pasajeros, mientras que por los andenes de la carrera 3.ª y la calle 17 transitan los estudiantes de las universidades de la zona. A un costado de la plaza, el canal del Eje Ambiental guía el agua que baja de los cerros orientales, enmarcando un sector rodeado por tradicionales locales de café, hostales turísticos y las imponentes estructuras residenciales de las Torres de CityU. Sin embargo, toda esta infraestructura comercial y educativa se desdibuja al caer la tarde.Parque de los Periodistas Foto:IDUEsta renovación física es apenas un espejismo: cuando el sol cae sobre el Eje Ambiental, el ambiente se enrarece y una tensión invisible empieza a apoderarse del asfalto. Quienes caminan por la plaza a esa hora ya no miran la arquitectura; aprietan el paso, guardan los celulares en los bolsillos más profundos y ccolocan la vista en el piso para evitar cualquier contacto visual.Es el inicio del ‘cierre invisible’, una frontera que no necesita vallas metálicas ni candados, sino el peso de las miradas fijas y el control silencioso del microtráfico nocturno que empuja a los ciudadanos hacia los bordes del parque.La vigilancia de las autoridades no logra romper este bloqueo psicológico. En el transcurso de la tarde es habitual ver cómo las patrullas de la policía ingresan a la plaza, se estacionan durante algunos minutos y los uniformados observan el entorno sobre sus vehículos.En esos momentos se respira calma tensa en la carrera 3.ª con calle 17, pero es un alivio con fecha de caducidad. En cuanto las patrullas encienden motores y abandonan el lugar, el murmullo de la calle regresa, las esquinas se vuelven a poblar y las bancas de concreto retoman su función de acopio ante la mirada resignada de los transeúntes.Parque de los Periodistas están siendo intervenidos. Foto:IDUEl miedo aquí se mide en segundos y en la distancia que se toma respecto a las zonas oscuras. Laura Melendro, una estudiante de Negocios en la universidad Central de 22 años, encarna esa prevención diaria mientras avanza a paso de carga hacia el semáforo, con los brazos cruzados sobre su maleta."Yo camino por el centro todos los días y uno aprende a descifrar los códigos de la calle", cuenta Laura sin detenerse."En las tardes es muy tranquilo, pero después de las seis el ambiente cambia de ritmo. Los grupos que se hacen cerca de la estatua de Simón Bolívar se paran ahí y sientes los ojos de ellos encima, como midiéndote”, dice.Recuerda que un día se quedó revisando un mensaje cerca al canal de agua y un hombre se le acercó en silencio y mirándola. “Nadie te grita ni te prohíbe estar, pero ese silencio pesado te va intimidando, te saca corriendo hacia las avenidas grandes como la Jiménez", afirma.Ese repliegue ciudadano se evidencia también en la misma infraestructura comercial instalada en la plaza. En un costado permanecen las tradicionales casetas metálicas destinadas a los artesanos locales, estructuras que deberían dar vida al sector pero que hoy reflejan el abandono obligado por la inseguridad. Muchos de estos puestos ya ni siquiera abren; los comerciantes prefieren trabajar muy pocos días a la semana y solo un porcentaje mínimo se arriesga a levantar los candados. Las persianas cerradas de la mayoría de los cubículos grises enmarcan un panorama donde el temor económico le gana la partida a la tradición.Consumo de drogas Foto:CortesíaA plena luz del día, en esa zona del centro histórico conviven el mundo de la legalidad y el de la marginalidad. Es normal ver pasar a trabajadores de oficina, residentes de conjuntos cercanos, como las Torres de CityU, y turistas extranjeros con sus cámaras fotográficas, mientras a escasa distancia se realizan transacciones discretas de estupefacientes en un pasamanos rápido y ensayado.Andrés Forero, de 41 años, dueño de un local de café y comidas rápidas en la carrera 3.ª, vive de cerca esa zozobra que espanta a su clientela."El problema es que la seguridad no dura y el miedo de la gente se siente en el negocio. A veces las ventas se bajan porque a los clientes les da temor quedarse en las mesas de afuera cuando empieza a oscurecer. Ven los movimientos en las esquinas, las caras extrañas y prefieren seguir de largo. La Policía hace operativos y requisa, pero en cuanto se van, los mismos de siempre vuelven a adueñarse del territorio".La persistencia de este fenómeno en pleno centro histórico responde a un engranaje socioeconómico interno muy difícil de desarticular. El parque no es un punto de venta por casualidad, funciona como un centro estratégico de distribución debido a su ubicación.Al estar rodeado de universitarios y ser el paso obligado hacia los hostales turísticos, el flujo de compradores es permanente. Es esta demanda constante de la población flotante la que sostiene el negocio y permite que las redes de microtráfico operen con una estructura organizada.Alfonso, un hombre de 48 años que trabaja de manera independiente con el reciclaje y frecuenta el sector del canal de agua, explica cómo funciona este arraigo en el asfalto."El problema es que la seguridad no dura y el miedo de la gente se siente en el negocio. A veces las ventas se bajan porque a los clientes les da temor quedarse en las mesas de afuera cuando empieza a oscurecer. Ven los movimientos en las esquinas, las caras extrañas y prefieren seguir de largo. La Policía hace operativos y requisa, pero en cuanto se van, los mismos de siempre vuelven a adueñarse del territorio"."La realidad de la calle va más allá de un par de capturas. El que camina por acá ya sabe cómo es la vuelta: usted pasa derecho hacia su camino, no se queda parando zona and no se mete con nadie para llevar la fiesta en paz", agregó el reciclador.La situación del parque de los Periodistas plantea una encrucijada sobre cómo se gestiona realmente la seguridad en los puntos críticos de Bogotá. Los esfuerzos intermitentes o las intervenciones focalizadas desplazan el problema por unas horas. Ante este panorama, la comunidad, los comerciantes y los residentes del sector piden a las autoridades distritales interceder con una estrategia integral.El clamor es unánime. El comerciante cree que la Secretaría de Seguridad y la Policía no deben limitar sus acciones a patrullajes exprés, sino que realicen una presencia permanente, ya sea con gestores de convivencia, y, además, con programas de atención social. Esto con el fin de desarticular las redes desde la raíz.Mientras el control territorial de las esquinas siga bajo las reglas informales de los expendedores, la ciudadanía terminá por autoexcluirse por simple precaución, cediendo el espacio a las lógicas de la ilegalidad.Al consolidarse la noche, el ‘cierre invisible’ termina de armarse por completo. El flujo peatonal se desplaza hacia los andenes externos mejor iluminados de las avenidas principales, como la Jiménez, dejando el interior de la plaza bajo la gestión exclusiva de sus dinámicas nocturnas.El parque de los Periodistas sigue ahí, geográficamente intacto en el mapa de Bogotá, con su Templete recién pulido y su historia a cuestas. Sin embargo, en el asfalto del día a día, las fronteras del humo se mantienen vigentes.Ese es el crudo recordatorio de que un espacio público no se pierde cuando se le pone una reja de hierro, sino cuando el miedo hace que los ciudadanos dejen de caminarlo y la presencia intermitente de las autoridades.Tania Alejandra López Castiblanco REDACCION BOGOTÁ Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.