Es posible que Alberto Núñez Feijóo esté sufriendo un desgaste insólito y autoinducido en lo que habría de ser un tránsito seguro hacia La MoncloaAlberto Núñez Feijóo, presidente del PP, saluda a los simpatizantes de su partido en la sede popular en Madrid tras ganar las elecciones de 2023.
Javier Lizon (EFE)No hace falta ser un freudiano de estricta observancia para reconocer la influencia de los traumas. Las personas, los países y las organizaciones están expuestos a impactos emocionales que operan de forma inconsciente y que determinan la manera en la que vivimos y nos pensamos. Viendo el modo en el que en los últimos tiempos se desenvuelve el Partido Popular, hay demasiadas cosas que no pueden explicarse desde factores puramente visibles. La colección de casos de corrupción —supuestos o ya acreditados— del Gobierno y la elocuente actitud de un Ejecutivo incapaz de asumir responsabilidades políticas podrían constituir, más allá de su notoria gravedad, una oportunidad para cualquier oposición verdaderamente ambiciosa. Y, sin embargo, el PP es incapaz de rentabilizar la fragilidad del adversario. No crecer mientras tu antagonista se desploma y distraer la atención en semanas marcadas por la corrupción ajena son fenómenos difíciles de explicar.Es muy probable que Pedro Sánchez sea ya un político amortizado, pero es también posible que Alberto Núñez Feijóo esté sufriendo un desgaste insólito y autoinducido en lo que habría de ser un tránsito más o menos seguro hacia La Moncloa. En los últimos días le hemos visto bajar al barro en sesiones parlamentarias o fabular conspiraciones poco compatibles con un partido de Estado, como la mal llamada “ley de nietos”. La maniobra cuando menos es extraña, pues reclamar protagonismo desde la polémica y retirar el foco de la corrupción del rival es lo último que cabe esperar de quien aspira a construir una imagen magnánima y presidenciable. Salvo que concurran cisnes negros inesperados, la situación del Gobierno es terminal, como recuerdan sus socios y todos aquellos que temen las elecciones. Sin embargo, las dudas de Feijóo y la reacción ruidosa y exagerada de quien ya debería proyectarse como una alternativa de regeneración y concordia pueden ser la mejor oportunidad para el propio Sánchez. Todos los ganadores suelen conducirse con aplomo y convicción, pero en la sobrerreacción errática del PP aflora de forma indisimulada la conmoción del 23-J, la fecha de las últimas elecciones generales. Solo así se explica que en lugar de querer competir con el césped corto y recién regado, los populares sigan optando por jugar el partido desde un barro en el que Vox crece y ellos no. Lo hemos visto más veces: incluso cuando no hay portero, el delantero dubitativo es capaz de fallar a puerta vacía. A fin de cuentas, lo peor de un trauma no es haberlo vivido: es estar condenado a repetirlo. Archivado EnOpiniónAlberto Núñez FeijóoElecciones GeneralesPPCorrupciónPSOECaso KoldoLeire DíezSondeos eleccionesPedro SánchezVoxNacionalizaciones







