A la hora de publicación de esta columna, todavía quedarán algunos valientes apurando los restos de las fiestas en torno al Orgullo de Madrid. El de la capital pone para muchos punto final al reguero de convocatorias que recorren nuestro país –y no solo en las grandes ciudades, como este año ha quedado bellamente plasmado por la iniciativa Plumas de pueblo–, por lo que para el colectivo LGTBIQ+ el lunes siguiente a los fastos suele haber una cierta sensación de vacío, se mezcle o no con la resaca.PublicidadA pesar de que el de Madrid es el Orgullo más mercantilizado y menos favorecido por las instituciones que debieran arroparlo (ahí está la inefable campaña del Ayuntamiento de este año), continúa siendo una cita inigualable para quienes detectamos unas caras de ilusión muy concretas en tantos asistentes, sobre todo si son jóvenes y vienen de fuera: reconocemos la sensación inigualable de sentirse parte, quizás por primera vez, de una comunidad que se reúne y se celebra, aunque sea unos pocos días. Lo reconocemos porque un día esas caras fueron las nuestras.Pero desde hace años los orgullos oficiales se han convertido en un artefacto incómodo para algunos sectores por razones distintas. En sus convocatorias, inundadas de logos de marcas patrocinadoras, es difícil hallar el espíritu callejero y revolucionario que dio origen al activismo moderno –no solo en Stonewall, en España no faltan ejemplos–, lo que ha impulsado el nacimiento de iniciativas alternativas.Por otro lado, orgullos grandes y pequeños siguen en el disparadero de las derechas, que aprovechan para menear el avispero con controversias peregrinas y debates superados. De modo que hemos llegado a un punto en el que quizás sí tiene sentido plantear desde otro ángulo la machacona pregunta: ¿sigue siendo necesario el Orgullo?Ciertamente, las conquistas legislativas y sociales del activismo LGTBIQ+ han permitido que buena parte de nosotros vivamos vidas mucho más normalizadas que quienes nos precedieron en la lucha. Por eso, lo que hoy reivindicamos no es tan evidente para algunas personas. Un ejemplo personal: hace pocas semanas mi novio y yo nos casamos en una gran fiesta a la que asistieron nuestros familiares: ancianos, adultos, adolescentes y niños. Para el ojo heterosexual, poco más debemos reclamar cuando ya contamos con una “vida normal”; y desde la mirada queer, es el acercamiento a la normatividad que supone el matrimonio lo que resta potencialidad transformadora a nuestra existencia.PublicidadNi siquiera está tan claro ya que ser una persona LGTBIQ+ te incluya automáticamente en el colectivo, como se ha demostrado en sendas polémicas recientes: por un lado, Alaska y Nacho Canut sostuvieron que cuando ellos eran jóvenes no existía tal colectivo (les animaría a leer Lo nuestro sí que es mundial, del historiador Ramón Martínez, para que lo comprueben), y Jaime de los Santos gritó en el Congreso estar orgulloso de ser “maricón y del PP” (el mismo día en el que su partido se abstenía de la normativa que condena las mal llamadas terapias de conversión).Vivimos por tanto en un momento de metamorfosis en el que la identidad ha perdido fuelle como fuerza aglutinadora. Desde el momento en que un gay puede proclamarse de derechas, disfrutando sin sonrojo de los derechos conquistados gracias al sacrificio de personas cuyo activismo desprecia, queda claro que –por más rabia que me dé secundar a Fangoria– hoy en día efectivamente ser una persona LGTBIQ+ no tiene por qué significar ser una persona del colectivo LGTBIQ+. Nadie que ponga sus privilegios personales por delante de los intereses de sus iguales pertenece a un colectivo, sea quien sea y ame a quien ame.Así que la dichosa pregunta, más que si sigue siendo necesario el Orgullo, debería ser si sigue siendo necesario este modelo de Orgullo: capitalista, neoliberal, higienizado por algunos poderes públicos hasta arrebatarle todo potencial subversivo. En el punto en el que nos encontramos, una manifestación por el derecho a la vivienda o una protesta contra el Estado genocida de Israel puede ser mucho más queer que ciertas convocatorias llenas de banderitas arcoíris. Y a lo mejor es ahí hacia donde tiene sentido organizarnos como fuerza colectiva.PublicidadEsas contradicciones nacidas del propio avance del activismo LGTBIQ+ en la sociedad que nos ha tocado vivir las acabarán descubriendo los jóvenes sonrientes que se han paseado por Madrid estos días, ojalá justo antes de deslumbrarnos con nuevas ideas para evolucionar en nuestras reivindicaciones, en un mundo que empiezan a entender mejor que nosotros. Mientras tanto, mi deseo es que hayan pasado unos días increíbles. Porque lo más importante de reunirnos y celebrarnos durante el Orgullo es generar lazos y sumar fuerzas para transformar el mundo cuando termina la fiesta.
Después del Orgullo
A la hora de publicación de esta columna, todavía quedarán algunos valientes apurando los restos de las fiestas en torno al Orgullo de Madrid.










