La helada de junio cae temprano sobre Yerba Buena. Los cerros que durante el día, y por prepotencia de la geología, parecen custodiar la ciudad, empiezan a desaparecer detrás de un cortinado brumoso mientras en la Sociedad Rural sucede algo que hasta hace poco pertenecía al territorio de los deseos. Los visitantes avanzan despacio entre pasillos alfombrados, las luces recortan pinturas, cerámicas y textiles, un grupo de estudiantes discute frente a una escultura y un coleccionista pregunta el precio de una obra que ya tiene otro dueño. Todavía falta para la inauguración oficial y, sin embargo, la feria ya empezó a vender. No es un detalle menor. En una provincia acostumbrada a producir artistas extraordinarios, pero no compradores; a formar generaciones enteras que luego debían emigrar para encontrar galerías, museos o mercado, esa primera etiqueta roja pegada junto a una obra tiene el peso de una declaración. Algo está cambiando. Durante décadas, Tucumán fue una paradoja. Pocas provincias argentinas pueden ostentar una tradición artística tan sólida y sofisticada. De sus talleres y de la Universidad Nacional de Tucumán salieron algunos de los nombres más importantes del arte contemporáneo argentino. Sin embargo, esa potencia convivía con un ecosistema endeble: pocas galerías, un museo histórico cerrado durante años, instituciones debilitadas y un mercado prácticamente inexistente. Los artistas crecían sabiendo que, tarde o temprano, había que mirar hacia Buenos Aires o hacia el exterior. ArTuc nace justamente para discutir esa sentencia.
De la periferia al centro
Durante décadas, Tucumán exportó artistas mientras veía cómo el mercado, las instituciones y los grandes acontecimientos ocurrían en otra parte. La primera edición de ArTuc cambia esa lógica. Más de treinta galerías, cientos de artistas y miles de visitantes confluyeron en una feria que nació contra todos los pronósticos y terminó revelando algo más profundo: una escena cultural que nunca dejó de existir, aunque pocos la estuvieran mirando.







