Noticia Exclusivo suscriptores La calle 33 sur es conocida como zona roja de la localidad Rafael Uribe Uribe. En el más reciente operativo se incautaron de 1.450 dosis de droga.La 'Calle del Tango' ubicada en la localidad de Rafael Uribe Uribe. Foto: Juan Esteban Rosero. El Tiempo.PERIODISTA DE BOGOTÁ04.07.2026 23:02 Actualizado: 05.07.2026 00:05

El chillido melancólico de los violines retumba entre callejones sombríos y pasajes estrechos, donde transitan las mismas caras que durante décadas han visto envejecer las fachadas. La lágrima del cantante Carlos Gardel se derrama a lo largo de la calle 33 sur, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, que tomó el nombre hace más de cuarenta años como la ‘Calle del Tango’.En una casa de ladrillo que apenas supera los 2,80 metros de altura, con la pintura suspendida entre el ladrillo desnudo y algunos brochazos de aguamarina, hay una tienda de barrio. Donde hoy se venden paquetes de comida y bebidas, antes funcionaba un billar que daba vida a los tangos más populares de la década de los cincuenta. LEA TAMBIÉN “Por una cabeza, todas las locuras; su boca que besa borra la tristeza, calma la amargura. Por una cabeza, si ella me olvida, ¿qué importa perderme mil veces la vida? ¿Para qué vivir? Yo juré mil veces no vuelvo a insistir, pero si un mirar me hiere al pasar, su boca de fuego, otra vez, quiero besar”, como dice la canción 'Por una cabeza', de Gardel.Ese mismo sentimiento que describe el cantante en su tango lo viven quienes, con los ojos inquietos y el pulso apurado, tienen permiso de cruzar lo que, después de la famosa casa, se convierte en un misterio para forasteros de la zona. Entran y salen por un pasadizo de asfalto de un solo carril: piden, pagan, reciben y se van. Como en la canción, buscan que se borre la tristeza, calme la amargura y, aunque juren no regresar, la quieren volver a besar.Rostros nuevos llegan al pasadizo, donde para un ojo inexperto las salidas se camuflan como en una selva. Actualmente, el tango ya no suena y quienes solían bailar al compás de los bandoneones tampoco no están. Sin embargo, las melodías perduran en los amables vecinos que abren los caminos para conocer el barrio.Tienda en la 'Calle del Tango'. Foto:Juan Esteban Rosero. El Tiempo.“En 1961, la mayoría ponía tango, hasta que un señor dijo: ‘No, tenemos que escuchar más de lo nuestro, que es de Carlos Gardel’, recordando su paso por Medellín. Entonces se fue hasta la tierra paisa y trajo la música para ponerla acá y por eso fue que la bautizaron así”, recordó Jairo Bolívar, integrante del Consejo local de Cultura de Bogotá.A medida que los que son turistas en su propia ciudad caminan, pasan niños de la mano de sus madres. Al avanzar de norte a sur se encuentra un parque que está custodiado por una inmensa montaña al frente de la casa aguamarina. La curiosidad abre las ventanas de los hogares y ojos tranquilos observan a los recién llegados; desde otras puertas aparecen sombras que custodian algunas puertas. LEA TAMBIÉN Álvaro Castañeda, representante legal de la junta de acción comunal de Las Colinas, recuerda un tiempo en el que al frente del parque corría una canaleta estrecha por la que bajaban corrientes de agua teñidas de rojo que se llevaban el último aliento de los cuerpos. En esas mismas lomas, cuando el terreno todavía estaba cubierto de casas improvisadas y lavaderos, era común ver a los borrachos perder el paso y rodar cuesta abajo. “Muchas veces los mismos lavaderos frenaban la caída”, contó el hombre.En medio de toda la atención pasa un taxi al territorio custodiado, obligado a salir dando reversa. Al parquear el vehículo en medio de una calle empinada que abraza la inmensa montaña, el carro se raspa con el asfalto y desciende un hombre con pasos rápidos. No se demora más de un minuto y vuelve al vehículo amarillo y sale del baile que se danza en el barrio Las Colinas.Inicio de la `Calle del Tango' Foto:Juan Esteban Rosero. El Tiempo.“En la noche ya es espantoso, ahí ya están los duros. Siempre ha sido así y cambia de líderes. Se matan entre ellos mismos. Se les dice caciques, líderes o plumas”, aseveró un habitante del sector. Al parecer, antes, quienes la controlaban eran bandas dedicadas al robo de apartamentos: ‘los Piñas’, ‘los Camperos’, alias el Paisa y alias el Mono Galindo. Eran los que marcaban el ritmo del negocio.Aunque muchos vecinos se aferraran a la zona, no todos resistieron el ritmo que fue imponiendo la calle. Poco a poco, las amenazas los fueron empujando a dejar sus casas atrás para huir de ese flagelo.Callejón en la 'Calle del Tango'. Foto:Juan Esteban Rosero. El Tiempo.El dominio de las sombrasEn el barrio dicen que los que mandan son los “internacionales”, hombres que viajan de países como Malasia o Japón, donde hicieron plata suficiente para no tener que robar en Colombia y regresan con camionetas, propiedades y dinero.Caminantes que han transitado los 160 metros prohibidos de asfalto aseguran que en las fachadas de las casas quedaron huellas de armas de fuego. Una ráfaga de disparos cayó sobre una vivienda en lo que parecería ser una disputa entre bandas hace más de diez años. LEA TAMBIÉN Los mapas no marcan las líneas rojas que delimitan los tramos de calle donde se mueven los negocios al margen de la ley y que los caciques se disputan a sangre. Quitárselas a otro es declarar la guerra. Por esas fronteras invisibles se susurra que caen muertos. Los cuerpos que caen serían de bandas, habitantes de calle y los llamados sapos.Fachadas en la `Calle del Tango'. Foto:Juan Esteban Rosero. El Tiempo.Según los conocedores de la zona, las luces rojas y azules de las motos o carros de aquellos que portan los colores azul oscuro y verde fluorescente no alumbran la zona cuando se dan las bajas. Son minutos perfectamente cronometrados para esos hechos.Los residentes hablan de un orden impuesto por 'las plumas', fijado cuando los hurtos empezaron a atraer demasiada atención. A ningún vecino se le roba, pero la regla no aplica a los desconocidos. El control se sostiene con ojos de halcón, cámaras ubicadas, según fuentes cercanas, en puntos clave entre abismos y escaleras para vigilar quién entra y quién sale. LEA TAMBIÉN Los golpes al crimenTras las puertas custodiadas por capos invisibles, fuentes que conocen la zona aseguran que se mueve un mercado de estupefacientes, armas e incluso dinero falso. El más reciente megaoperativo de la Policía Metropolitana de Bogotá terminó con la incautación de 1.200 dosis de marihuana, 250 de bazuco y múltiples billetes, en su mayoría de dos mil pesos, que habrían sido parte de las transacciones.Ese pasadizo de asfalto fue durante años territorio de terror para los taxistas. En 2015, las autoridades registraron 43 denuncias por hurto a conductores en el sector. “Aprovechan la soledad de la noche, intimidan a las víctimas con arma blanca y los hurtan”, dijo entonces el coronel Luis Benavides, comandante operativo sur de la Policía.Entre el 1.º de enero y el 31 de mayo de 2026, según cifras de la Secretaría de Seguridad de Bogotá, en Rafael Uribe Uribe se reportaron 33 homicidios, uno menos que en el mismo periodo del año anterior. En contraste, el hurto a personas cayó 45,7 por ciento con respecto a 2025.TATIANA MORENO QUINTERO REDACCIÓN BOGOTÁ Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.