La primera pista no es una dirección. Tampoco un nombre de lugar. Son unas coordenadas. Una sucesión de números que obliga a sacar el móvil, abrir el GPS y dejar que el mapa marque el camino. Es una forma apropiada de empezar un reportaje sobre geocaching porque, en realidad, casi todo comienza así. Antes incluso de saber qué se está buscando, el juego ya ha despertado la curiosidad. Las coordenadas conducen hasta el lugar donde ese domingo se celebra uno de los encuentros de la comunidad geocacher de Mallorca. No hay premios ni competiciones. Tampoco una salida organizada para buscar escondites. Los participantes han acudido para hablar de ellos. Intercambian anécdotas, comentan viajes, resuelven dudas y ponen rostro a nombres de usuario con los que llevan años coincidiendo en internet. La escena podría confundirse con la reunión de cualquier asociación excursionista si no fuera porque aquí las conversaciones giran alrededor de enigmas, coordenadas, recipientes o contenedores escondidos y lugares secretos repartidos por medio mundo.
Porque eso es el geocaching: un juego nacido a comienzos de este siglo que consiste en localizar pequeños recipientes ocultos —los llamados geocachés o cachés— mediante unas coordenadas GPS. Los esconden otros aficionados de forma voluntaria para que cualquiera pueda encontrarlos siguiendo las pistas y respetando una regla esencial: una vez descubierto el tesoro, hay que dejarlo exactamente en el mismo lugar para que el siguiente jugador pueda vivir la misma experiencia.









