El 4 de julio, en el extremo más meridional de Europa, el papa León XIV se detiene ante dos menores que representan dos formas distintas de esperanza. Una nació en Lampedusa, hija de migrantes marfileños. El otro llegó desde Ghana en una patera, abrazado al cuerpo sin vida de su madre. Ambos recibieron la bendición del pontífice durante su visita pastoral a la isla, convertidos en símbolos de la vida que resisten en la frontera más letal del Mediterráneo.

En su encuentro con el Papa, Leo le ha entregado una nota de su puño y letra en la que le cuenta a León XIV su historia y además le ha regalado un balón muy especial para él. “Querido Papa, estoy muy emocionado de encontrarte. Hace 10 años empezó mi historia aquí en Lampedusa. Estaba solo y había perdido todo, sobre todo a mi madre. Me dicen que he dejado de llorar cuando me dieron un balón de papel, desde aquel día aquel balón permanece en mi corazón y no he dejado de jugar. Espero que esta pelota que te regalo ahora pueda llegar a otro niño que lo haga igual de feliz que a mí”, ha escrito en la nota.

Leo llegó a Lampedusa con apenas 18 meses de vida en 2016. Con él, no llegó nada que permitiera reconstruir su historia al otro lado del Mediterráneo, sólo el cuerpo sin vida de su madre, que le sirvió de salvavidas durante la travesía.