Mañana enfrentamos a Inglaterra. Con la victoria, millones de personas van a sentir que ganó el país. Y eso, en una ciudad como la nuestra, tiene consecuencias.El famoso Ángel de la Independencia —que ese no es su nombre, pero bueno— volverá a ser el imán natural de la celebración. No hace falta convocar a nadie. No hace falta organizar nada. La gente sabe a dónde ir. El problema es precisamente ese: todos saben a dónde ir.Después del partido contra Ecuador, la zona del Ángel y Paseo de la Reforma se convirtió en una concentración humana nunca vista antes. Miles primero. Cientos de miles después. Más de un millón, según distintos reportes. Y en medio de esa euforia murieron cuatro personas.Ese dato lo cambia todo.A partir de esas muertes, la autoridad ya no puede decir que no sabía. Ya no puede limitarse a reforzar la presencia policial y esperar que la multitud se comporte sola. La tragedia convirtió lo que antes podía parecer un riesgo hipotético en un riesgo real.Y cuando un riesgo ya es conocido, también se vuelve responsabilidad.El Ángel puede recibir una concentración superior a la ya vista. No es una predicción caprichosa. Es una hipótesis razonable con los antecedentes observados.Ganarle a una potencia en un Mundial jugado en casa, en octavos de final, tendría una carga emocional distinta. Sería victoria deportiva, revancha europea, orgullo nacional, catarsis colectiva y fiesta urbana, todo al mismo tiempo y en domingo... la tormenta perfecta.El punto no es si llegarán uno o dos millones de personas. El punto es que no existe espacio urbano diseñado para absorber una masa de estas dimensiones ni dispositivo suficiente para su control y salvaguarda.En manejo de multitudes hay una idea que todavía cuesta trabajo entender: El riesgo principal es el crowd crush, el aplastamiento por presión de multitud. Una persona puede morir comprimida sin caer al suelo. Recordemos la tragedia del New’s Divine en 2008. Puede estar de pie y no poder respirar. El problema empieza antes de la tragedia visible: cuando la gente deja de caminar por decisión propia y empieza a moverse por presión externa.También están los embudos. Las calles laterales, los accesos a Reforma, las esquinas y los cruces pueden convertirse en cuellos de botella. Ahí la multitud se detiene, se aprieta, se desespera y pierde capacidad de reacción. A eso se suman las olas humanas provocadas por gritos, falsas alarmas o simples movimientos colectivos que nadie controla. En una masa densa, una broma puede convertirse en una señal de pánico.Hay otro riesgo crítico: la imposibilidad de ingreso médico. Si no existen corredores duros de emergencia, físicamente protegidos y libres de obstáculos, una ambulancia no llega ni sale.Y como no es posible garantizar estos corredores, entonces la atención prehospitalaria debe estar dentro del propio dispositivo, no sólo en la periferia. No basta con ambulancias estacionadas a varias calles. Debe haber puntos de atención médica prehospitalaria en sitio, camillas, hidratación, golpes de calor, lesiones y posibles casos de asfixia. En eventos de alta densidad, cada minuto perdido pesa.Obviamente no se va a cerrar el Ángel. Lo que se necesita es algo complicado operativamente, aunque suene fácil en papel: sectorizar Reforma antes del partido.El Ángel no debe tratarse como un solo espacio. Reforma debe dividirse en sectores operativos: Sector Ángel, Sector Diana, Sector Glorieta del Ahuehuete, Sector Insurgentes, Sector Chapultepec, Sector Zona Rosa y Sector calles laterales. Cada sector debe tener un mando local, una lectura de densidad, rutas de salida, puntos médicos y capacidad de tomar decisiones rápidas.En una multitud de esa escala, al no poder controlar “la masa”; se controlan zonas, flujos y puntos de presión.La comunicación pública es igual de importante y debe empezar desde ya. Si la autoridad espera al final del partido para pedirle a la gente que no vaya al Ángel, ya perdió. En la euforia nadie escucha. La comunicación debe ser clara, simple y masiva: no vayan todos al Ángel; habrá otras zonas alternas; si Reforma se satura, se cerrarán accesos; no empujen; no corran; no usen pirotecnia; no lleven niños pequeños; si alguien cae ayuden a levantarle, deténganse.Tampoco basta con decirlo desde una cuenta oficial. Debe comunicarse en redes sociales, medios, narradores deportivos, influencers, noticiarios, programas de radio y espacios televisivos.La instrucción preventiva debe competir contra la emoción colectiva. Todo un reto.El gobierno tiene una oportunidad y una obligación. Puede convertir el domingo en una celebración relativamente ordenada y razonablemente segura. O puede volver a tratar de administrar la emoción pública confiando en que la suerte haga el trabajo de la planeación.Después de cuatro muertos, la suerte ya no debería formar parte del operativo.Porque una celebración nacional no puede volver a terminar con personas muriendo asfixiadas a unos metros del monumento donde todos fueron a sentirse vivos.POSTDATA - ¿Y si perdemos? Lo siento, eso no está en mi cabeza en este día.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.