Lionel Messi es indeleble. Su huella queda marcada a cada paso, en forma de récords y en el torneo más importante: una Copa del Mundo. Y está mucho más allá de estar al borde de sufrir el golpe más impactante de su camino en la Selección Argentina. Su gol -el primero- y los centros perfectos (calcados) para la definición de Lisandro Martínez y el cabezazo de Cuti Romero es apenas el marco. La pintura es el momento en que se lleva las dos manos a la cara en señal clara del nerviosismo que había al momento del 3-2 contra Cabo Verde, es el puño cerrado de la mano derecha agitado mientras se va por el túnel. Miami, al final, es su segunda casa y al mejor jugador del mundo no se lo puede echar de su casa.Es el lugar donde su apellido está en cada camiseta. Afuera y adentro del estadio Hard Rock que tiene una proporción exactamente igual de adrenalina que de alivio cuando el canadiense Drew Fischer señala la mitad de la cancha y decreta el final del partido. Se ríe Messi, se abraza con sus compañeros y le juega alguna broma a Vozinha, el arquero caboverdiano que se convirtió en su pesadilla.Arrancó muy enchufado Messi. Esa dependencia que, a sus 39 años, le entrega a este equipo está justificada. Es un imán de pelotas y, pese al calor agobiante que acompañó este duelo de 16avos de final del Mundial 2026, su sexto, tiene quizás el mejor de los rendimientos que se le vieron hasta ahora en tierras norteamericanas.Porque juega y hace jugar. Porque pide la pelota en el momento que más quema, para seguir gambeteando como hace 21 años en el profesionalismo, pero con el mismo potrero que aprendió con la camiseta de Abanderado Grandoli, en Rosario. Es el reflejo perfecto de la idiosincrasia de un país que nace con una pelota en los pies y que gambetea por naturaleza.— SportsCenter (@SC_ESPN) July 3, 2026