¿Existía, acaso, una forma más caboverdiana de despedirse de la Copa del Mundo 2026? Los tiburones azules fueron finalmente vencidos por primera vez en el torneo por el conjunto albiceleste, que con una agónica victoria en tiempo complementario avanzaron a los octavos de final del Mundial. Pero no seamos ingenuos. No es necesario serlo aquí. Este juego siempre tuvo algo —o mucho— de presagio fúnebre para los debutantes africanos, porque la realidad dicta, con suma crueldad, que los titanes acostumbran devorar a los soñadores. Y aunque el futbol obsequia, de vez en cuando, resquicios donde lo imposible coquetea con la materia, la realidad termina por imponerse. Por un lapso que pareció eterno, el planeta entero contuvo el aliento ante la posibilidad de ver a un Lionel Messi —artífice de 18 dianas en seis justas mundialistas— postrado ante una nación de poco más de un millón de habitantes. Y sí, los Tiburones Azules cayeron, es cierto, sucumbieron ante la jerarquía del monarca vigente con un 3-2 definitivo. Pero, una vez más, ¿podemos hablar de los perdedoras?¿Podemos hablar de Josimar José Évora Dias? Bautizado así por su padre, un militar ausente, en honor a Josimar Higino Pereira aquel potente lateral derecho brasileño que por esos mismos días deslumbraba al mundo con la selección canarinha en el Mundial de México. Tal vez usted lo conozca como Vozinha, porque debido a las obligaciones laborales y militares de sus padres, el pequeño Josimar fue criado por sus abuelos en las calles empedradas de Mindelo, en la isla volcánica de São Vicente.Allí, jugaba al futbol descalzo contra niños mucho mayores y más fuertes. Cada vez que recibía un golpe duro o una entrada desmedida en el asfalto, corría desconsolado a esconderse en los brazos de su abuela. Los chicos del barrio, en tono de burla cariñosa, comenzaron a llamarlo Vozinha, que en el criollo local significa, literalmente, abuelita. Vozinha fue el pilar de un equipo que resistió con una estoicidad homérica hasta que la fatiga quebró sus murallas, pero este juego en Miami ya reclama un escaño entre los capítulos más inverosímiles y excelsos del torneo.Muchos puristas denostaron la expansión del certamen a 48 escuadras. Argumentaron, con cierto desdén elitista, que la irrupción de países periféricos diluiría el prestigio de la Copa. Hoy, esos críticos deberían —y ojalá así sea— de guardar silencio absoluto. El deporte rey vive de estas anomalías hermosas. Sin la apertura de fronteras, el mundo jamás habría presenciado la bravura caboverdiana. El transcurso inicial exhibió un monólogo territorial sudamericano. La tropa de Scaloni monopolizó el balón con el firme propósito de anestesiar a su rival. A los 29 minutos, un trazo de Lisandro Martínez encontró la genialidad de Messi. El astro rosarino desarticuló la férrea marca de Diney Borges con un toque y fusiló la red. Parecía la antesala de una goleada de trámite.Pero emergió Vozinha. El veterano cancerbero de 40 primaveras se erigió como un titán inexpugnable bajo los tres palos. Desafió las leyes de la biología para frustrar embates a quemarropa. Su elasticidad prodigiosa ahogó los gritos de gol de Gonzalo Montiel y neutralizó cobros letales del capitán argentino. La desidia argentina encontró su penitencia al minuto 59. Ryan Mendes trazó un surco por la pradera diestra y entregó el balón a Deroy Duarte, quien perforó la meta de Emiliano Martínez con un zapatazo implacable. El empate forzó el tiempo extra y expuso la fragilidad de la Albiceleste. Argentina lucía exangüe, dependiente de las últimas reservas de energía de su capitán.El alargue se transformó en un molcajete de emociones desbocadas. Lisandro Martínez devolvió la ventaja a los sudamericanos, pero la resiliencia africana contestó con fiereza indomable. Sidny Lopes Cabral despachó un obús teledirigido a la escuadra para sellar un nuevo empate. La quimera palpitaba con fuerza inaudita.La fatalidad, sin embargo, aguardaba. Al minuto 111, un tiro de esquina cobrado por Messi conectó con la testa de Cristian Romero. En un intento desesperado por alejar la desgracia, Diney Borges introdujo la esférica en su propia portería. Un infortunio desgarrador. Un autogol que aniquiló el sueño insular, pero que simultáneamente esculpió la leyenda de unos valientes que miraron a los ojos al coloso para exigirle hasta la última gota de sudor.
Argentina sufre ante un enorme Cabo Verde, pero el campeón del Mundo está en octavos de final
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