Las noticias que nos llegan de la ola de calor europea son desoladoras: en Francia ya han contabilizado un exceso de 1.000 muertes, las urgencias están saturadas, tanto como las morgues de París. En Gran Bretaña, hay padres que alquilan habitaciones de hotel para proteger a sus hijos pequeños: los más susceptibles de sufrir con las altas temperaturas. Se están derritiendo carreteras y raíles ferroviarios; varias centrales nucleares han tenido que cerrar debido a la imposibilidad de refrigerarlas; y las escuelas, casas y oficinas se han transformado por momentos en calderas insoportables. Las máximas registradas nos han regalado imágenes insólitas, como las de gente durmiendo en parques o ventanas cubiertas con telas o papel de aluminio. Todo ello ejemplifica una dolorosa improvisación frente a un fenómeno que lleva siendo anunciado y estudiado con profundidad desde hace más de medio siglo. Por eso, provoca una mezcla de estupefacción y desaliento escuchar las palabras del ministro de trabajo francés, Jean-Pierre Farandou, quien se dispone a realizar un viaje a nuestro país para saber más sobre la resiliencia española que aguanta los 40 grados estoicamente. La iniciativa, si bien se efectúa en el marco de un aprendizaje que incluye ambiciosas propuestas como adaptar los horarios laborales, nos habla de un Norte que se ha visto a sí mismo siendo Sur, ahogado por las brasas que nos arden cada verano. ¿Servirá de algo?PublicidadLa paradoja resulta interesante, y no sólo porque Farandou vaya a desplazarse a Madrid, una ciudad cuajada de asfalto y contaminación cuyos dirigentes parecen haberse enemistado para siempre con los árboles. La paradoja engrosa su campo semántico cuando pensamos que instalar aires acondicionados constituye ya un debate ideologizado que oscila entre el extremo de quien aboga por refrigerarlo todo a base de electricidad –lo cual agrava el cambio climático– y quien defiende un uso responsable en edificios prioritarios, como aularios y hospitales. La primera opción, de por sí complicada en mitad de una crisis energética que arrastra los cortes de suministro de gas ruso, los cierres del estrecho de Ormuz y la vulnerabilidad de los reactores nucleares, refleja una inconciencia tecno-optimista ya conocida; pero, ¡ah!, la paradoja sigue en aumento si recordamos cómo se fraguó a partir de la crisis de 2008 el acrónimo PIGS para aludir a esa Europa meridional plagada de haraganes al sol o durmiendo la siesta. Lo cierto es que se puede aprender bastante de nosotros, aunque no tanto de la España de las piscinas (privadas) que vive aislada en urbanizaciones y conduce a diario, ni de las políticas arboricidas, los materiales de construcción inflamables, o el transporte de mercancías casi exclusivo por carretera. En otras palabras, la mayor adquisición de conocimientos quizás provenga de abrazar costumbres ancestrales, pues si nuestra tierra está mejor preparada para el calor se debe, en parte, a las tradiciones mantenidas.Poner el toldo (que puede bajar entre 4 y 15 grados el termómetro en las viviendas), abrir las ventanas por la noche –asegurándote de que actúe la ventilación cruzada–, reverdecer azoteas y balcones, o concentrar la vida en las primeras horas de la mañana y las posteriores al anochecer forma parte de un antiguo modus operandi aún vigente en muchos territorios. La tan manida siesta podría ser el reducto de un sueño bifásico que caracterizó a la humanidad durante siglos (hasta la llegada del capitalismo), siguiendo patrones evolutivos: descansar, bunkerizados, a la hora en que resulta imposible realizar cualquier tipo de esfuerzo físico o mental. Algunas recordamos a nuestras abuelas sentadas “a la fresca” en la calle, al igual que las fuentes públicas que solían abundar en las ciudades, herederas del legado hídrico de Al-Ándalus. El abanico, esa herramienta ecológica antes de que se vendieran ventiladores de mano eléctricos, ha aliviado no pocos sofocos, como la sed saciaban los botijos, previos a la invención de las neveras. Habrá prácticas que no sean extrapolables a zonas septentrionales –donde volverá a arreciar el frío en unos meses–, pero nada impide recuperar lo que un día se consideró atraso y la memoria popular devuelve en forma de salvamento, desde la agricultura orgánica con asociación de cultivos hasta encalar las fachadas, pasando por vestir prendas que transpiren (algodón, lino) en lugar de ir enfundados en derivados del petróleo (poliéster, licra).El Norte ha mutado en Sur unas semanas; no podrá tomar prestada nuestra evolución genética, pero sí los permisos climáticos, la jornada laboral reducida, o el aislamiento sostenible de la arquitectura. El problema principal radica, no obstante, en que al Sur se le olvidó ser Sur durante demasiado tiempo; fue sustituyendo las casas-patio por pisos-cebra o chalets en las afueras, eliminando zonas verdes para poner aparcamientos, regando olivares de secano, asfixiando hasta los alcorques. La memoria histórica también podría consistir, ¡ay!, en rescatar los saberes de quienes antaño caminaban del corazón a sus asuntos en armonía con la naturaleza, y no luchando contra ella, aunque la hayamos enloquecido.