El autodeclarado demócrata Iván Cepeda se deshonra a sí mismo cuando hace un llamado a la desobediencia civil sin que siquiera haya empezado el nuevo gobierno. ¿O acaso para él ya son evidentes los nefastos efectos de la elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia? ¿Ya comenzó la tan cacareada privatización de las empresas públicas? ¿Ya empezó el desmonte de los subsidios creados por el actual gobierno? ¿Ya cambió la legislación para los trabajadores y se perdieron las horas extras? ¿O qué fue lo que cambió tras la votación de hace una semana y media como para estar desde ya haciendo el llamado a darle la espalda al nuevo gobierno?No es que esté mal hablar de la desobediencia civil. Sin duda es una herramienta válida para expresar descontento ante las acciones de un gobierno cuyas acciones van en contravía del bienestar de la mayoría. Pero una cosa es hacerlo cuando ese gobierno ya está en acción y otra, completamente ilógica, es desconocer al nuevo mandatario cuando ni siquiera ha comenzado a hacer su trabajo.El llamado a la desobediencia civil por parte de Cepeda, quien antes de la segunda vuelta fue de arriba abajo repitiendo que el suyo era un espíritu demócrata defensor de la Constitución Política, termina siendo la evidencia de que en realidad tal espíritu no vive en él. Cepeda se muestra como un mal perdedor y como un personaje tóxico para su defendida democracia. ¿O acaso no es este un régimen político en el que bajo unas determinadas reglas del juego se acepta que se gana o que se pierde y se opta por el debate público para promover las ideas propias?El demócrata Cepeda hace el ridículo cuando durante cuatro años no hizo un llamado a la resistencia contra la corrupción de la Unidad de Gestión del Riesgo o contra el saqueo a la salud de los maestros. Queda como aquel personaje del Chavo del Ocho, Quico, que cuando algo no le gustaba se llevaba consigo a la pelota gigante con el único fin de demostrar que él era el dueño del juego. Ahora, desde la orilla de quienes serán oposición desde el próximo 7 de agosto, el nuevo mantra es hablar de los trece millones de votos que se consiguieron en la segunda vuelta. Repiten la cifra una y otra vez para recordar su respaldo popular. Un dato que hoy les parece muy importante, pero que durante los cuatro años anteriores les parecía irrelevante cuando se les recordaba que más de diez millones de personas votaron en contra de Gustavo Petro y que por lo tanto se debía respetar a la oposición.¿Qué llevó al autodeclarado demócrata Iván Cepeda a hacer la convocatoria de marras? ¿Algún consejero amigo le dijo que esa sería la mejor forma de mantener a sus votantes entusiasmados? ¿O es la secuela de una reflexión íntima cuando decidió reconocer el resultado de la elección? El disfraz de demócrata le desluce a aquel que es incapaz de reconocer que ha perdido y se mancha aún más cuando su estrategia para ganar futuras elecciones es hacer imposible que su contradictor gobierne. Nadie le está pidiendo a Cepeda que haga gobierno con el presidente electo De la Espriella, pero sí se le pide al excandidato un mínimo de consideración con los principios que decía defender. Demostrar su grandeza reside en permitir que Colombia evolucione, que al menos logremos salir de la bicicleta estática en la que nos tienen sumidos los gobiernos que cada cuatro años quieren inventarse un nuevo país. Él puede ser parte de ello.
¿Desobediencia civil o malos perdedores?
El excandidato Iván Cepeda llama a la veeduría ciudadana cuando el nuevo mandatario ni siquiera ha comenzado a hacer su trabajo, y se muestra como un personaje tóxico para su defendida democracia










