Hay días que pudieron cambiar la historia de un país, pero no lo hicieron. En México, uno de esos días fue el 24 de julio de 2006, cuando los dos protagonistas de las elecciones presidenciales intercambiaron cartas que los distanciaron para siempre, marcando una profunda herida política que, 20 años después, sigue sin cerrarse. A las 4:30 de la tarde, el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, envió a César Yáñez, uno de sus colaboradores más cercanos, a la oficina de Felipe Calderón Hinojosa, el candidato conservador que acababa de ganar las elecciones. El emisario llevaba una carta con una propuesta: aceptar el recuento de todos los votos emitidos en la jornada del 2 de julio y firmar el compromiso de aceptar el resultado, ganara quien ganara. A cambio, el tabasqueño ofrecía reconocerlo como presidente electo y frenar las movilizaciones contra el fraude electoral. “En caso de que usted no acepte esta propuesta, asumirá su responsabilidad de cara a los mexicanos. Si el Tribunal no cuenta los sufragios, y avala su ‘triunfo’, quedará para siempre la sospecha o la certidumbre de que usted no ganó en las urnas y de que hubo fraude en la elección. De ser así, para millones de mexicanos usted será un presidente espurio”, advertía Andrés Manuel, en los albores de un conflicto político y social que escalaba a pasos acelerados. Felipe Calderón envió su respuesta a las 7 de la noche de ese mismo día con un mensajero, y en ella reiteraba su negativa al recuento, bajo el argumento de que los votos ya habían sido contados por la ciudadanía la noche de los comicios, y por el Instituto Nacional Electoral en los cómputos distritales. “Los mexicanos ya votamos. La verdadera defensa de la democracia consiste en el respeto a la voluntad popular expresada en las urnas y a las instituciones responsables de organizar y calificar el proceso electoral. Respetar el voto es respetar a México”, reviró el panista. Cinco días después, López Obrador instaló un plantón en Paseo de la Reforma, y dio inicio a una larga resistencia civil que se prolongó durante todo el sexenio de Calderón, a quien siempre se refirió como “presidente espurio”. Esas cartas fueron el último contacto entre dos políticos que habían peleado voto a voto la Presidencia en una ruda campaña que concluyó -en la jornada del 2 de julio de 2006- con el resultado más cerrado en la historia de las elecciones mexicanas: 15.084.000 votos del candidato del PAN, equivalentes al 35,89%, frente a 14.756.350 del abanderado de la coalición PRD-PT-Convergencia, que representaban el 35,31 por ciento. Semanas después, cuando el Tribunal Electoral hizo un recuento parcial de votos en 11.724 de las 130.477 casillas instaladas, se anularon más de 234.000 papeletas y se ajustaron las cifras. En la sentencia en la que se escribió la verdad jurídica de la elección, Calderón ganó por una diferencia de 0,56%, una ventaja de 233.000 votos que el propio Calderón comparaba con dos estadios Azteca llenos, suficientes para convertirlo en presidente, pero no para legitimar su triunfo y menos para augurarle un sexenio tranquilo. La noche del 2 de julio No siempre fueron enemigos. En otra época, López Obrador y Felipe Calderón confluyeron en la lucha democrática en contra del régimen priista. Ambos fueron dirigentes de los dos principales partidos de la oposición (PRD y PAN), e impulsaron juntos la reforma política de 1996, considerada como la pieza crucial de la transición mexicana. Pero, en 2006, estaban en las antípodas. López Obrador había iniciado la campaña con una ventaja de 20 puntos en las encuestas, catapultado por la exposición que le había dado la Jefatura de Gobierno de Ciudad de México, su confrontación permanente con el presidente Fox y el desafuero promovido en su contra en 2005, que le permitió construir la imagen de un mártir político, víctima de un complot antidemocrático que, bien narrado por él y sus voceros, movilizó a millones de ciudadanos en el año previo a las presidenciales. Para tratar de alcanzar al puntero, Calderón impulsó una campaña basada en la frase “López Obrador, un peligro para México”. El panista se echó en brazos de cúpulas empresariales, concesionarios de televisión y radio, líderes religiosos, dirigentes sindicales y gobernadores que querían impedir, a toda costa, que el líder de la izquierda llegara a la silla presidencial. Y su equipo lanzó agresivos spots que se repetían millones de veces en radio y televisión para descalificar a López Obrador, comparándolo con el venezolano Hugo Chávez.La campaña polarizó al electorado, que prácticamente ignoró al candidato del PRI, Roberto Madrazo, mandándolo a un lejano tercer lugar. Madrazo fue abandonado incluso por los gobernadores priistas que, convencidos por la poderosa lideresa del sindicato de maestros, Elba Esther Gordillo, movilizaron sus estructuras en favor de Calderón. El panista aprovechó todos los errores del tabasqueño (como no ir al primero de los tres debates televisados, o hacer declaraciones polémicas en contra del sector privado), y usó todas las palancas del régimen que Fox puso a su disposición para colocarse en la opinión pública como la única alternativa a AMLO. En junio de 2006, a dos semanas de las elecciones, Calderón logró aparecer en empate técnico en encuestas como la del periódico Reforma, ARCOP y GEA-ISA. La jornada del 2 de julio de 2006 fue histórica en más de un sentido. Mientras América Latina viraba a la izquierda, en México la derecha se aferraba al poder. Ese día, más de 41,5 millones de mexicanos fueron a las urnas, y casi 30 millones votó por una de las dos opciones dominantes. El país se partió, literalmente, en dos: el sur optó mayoritariamente por López Obrador y el norte por Calderón. Y, en la noche de ese domingo, incubó el virus del conflicto postelectoral.Las casillas cerraron a las 6 de la tarde, hora del centro, pero por la diferencia horaria en el Pacífico, las encuestas de salida no podían darse a conocer, sino hasta las 8 de la noche. Ninguna de las encuestadoras que hicieron este ejercicio para la telvisión dio a conocer los resultados, pues la diferencia entre los dos candidatos caía dentro del margen de error estadístico. Pero, cerca de las 20:30, las encuestadoras de los dos equipos de campaña sí dieron a conocer sus ejercicios. Covarrubias anunció que López Obrador iba 2,4% arriba; GEA-ISA afirmó que Calderón aventajaba con 3,6% en su ejercicio. La guerra de cifras fue la antesala de una tormenta perfecta. A las 11 de la noche, Luis Carlos Ugalde, consejero presidente del Instituto Federal Electoral, apareció en cadena nacional para dar a conocer el resultado del Conteo Rápido, un ejercicio estadístico realizado por cinco científicos mexicanos, que debía arrojar tendencias de la votación calculando porcentajes máximos y mínimos por candidatura. El funcionario, sin embargo, decidió guardarse los datos, argumentando que la diferencia entre el primero y segundo lugar era tan estrecha, que no permitía prever con certeza quién sería el próximo presidente. “No es posible anunciar en este momento a un candidato ganador”, dijo Ugalde, quien anunció que el miércoles siguiente comenzarían los cómputos distritales y pidió a los actores políticos esperar con prudencia hasta que concluyera ese proceso para declarar a un triunfador. “Cualquier manifestación de victoria deberá esperar los plazos que marca la ley”, dijo Ugalde, pero fue ignorado. De inmediato, Calderón y López Obrador se declararon ganadores, y sus simpatizantes salieron a la calle a celebrar. Al teléfono del consejero presidente llegaron decenas de llamadas para reclamarle por no haber dado las cifras del Conteo Rápido. Juan Molinar, uno de los miembros del cuarto de guerra del PAN, le mentó la madre. Elba Esther Gordillo, lideresa magisterial, le mandó decir, a través de su secretario particular, que estaba poniendo al país en una situación muy grave, y que se arrepentía de haber promovido su designación como presidente del IFE en 2003. La maestra insultó al secretario particular y advirtió que habría consecuencias. El presidente, Vicente Fox, le dijo que era una lástima que el IFE no hubiera dado un ganador y le reclamó por la ingobernabilidad que podría generarse. Al mismo tiempo, los obradoristas comenzaron a hablar de fraude y a señalar al presidente del IFE como uno de sus artífices. El funcionario fue defenestrado por unos y otros y, un año después, fue obligado a renunciar mediante una reforma política aprobada por todos los partidos. “La figura icónica, sin duda, fue el silencio del IFE. El Conteo Rápidos daba ganador a Calderón, pero, entre un acuerdo previo del Consejo General promovido por el marrullero PRI, y una necedad a ver la realidad de conflicto que se avecinaba ante la histórica falta de resultados, prevaleció la terrible espera, toda una noche antidemocrática, propicia para que los mapaches salieran a comer huevos y gallinas. El mutismo ayudó a la incertidumbre, alentó la sospecha de fraude, dio gasolina a la protesta electoral, revivió a López Obrador y prendió la pradera del reclamo del voto por voto”, rememora el entonces representante del PAN ante el IFE, Germán Martínez, 20 años después. En entrevista con EL PAÍS, Luis Carlos Ugalde acepta que al IFE le faltó pedagogía pública; explicar antes de la elección las diferencias entre el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), Conteos Rápidos, Cómputos Distritales y calificación del proceso en el Tribunal Electoral; una serie de pasos técnicos que se desarrollan a lo largo de todo el proceso electoral con los que la ciudadanía, los periodistas y los analistas no estaban familiarizados. “Debimos anticipar mejor que una elección tan cerrada requería una pedagogía pública mucho más intensa”, señala Ugalde, quien años después publicó el libro Así lo viví, en el que narra detalles de aquella noche.El veterano legislador Ricardo Monreal era entonces candidato al Senado y uno de los coordinadores territoriales de la campaña de la Coalición por el Ben de Todos. A dos décadas de distancia, sigue sin tener dudas de que en esos comicios se cometió un fraude que cambió -para mal- la historia de México. “La sociedad ya estaba polarizada antes de la elección, pero la diferencia tan estrecha con la que el candidato del PAN fue declarado ganador terminó por profundizar la división”, apunta. El no al recuento y la ‘guerra contra el narco’ El miércoles 5 de julio comenzaron los cómputos distritales, que durante largas horas mantuvieron arriba a López Obrador. Pero, en la noche del jueves, ya con la mayoría de las casillas contabilizadas, Calderón fue cerrando esa ventaja y, en la madrugada del viernes 7 de julio, los cómputos cerraron con la mínima diferencia de 0,5% en favor del panista. Hasta ese momento, el IFE declaró ganador a Felipe Calderón, y López Obrador anunció formalmente que impugnaría el proceso. La confusión arrastró a la prensa mexicana, que en sus portadas del jueves 6 de julio hablaba de “un final cardiaco” (incluso el diario La Jornada consignó una ligera ventaja de López Obrador) y, el viernes 7 de julio, al cierre de los cómputos, confirmaba la victoria del panista con una diferencia mínima. En las siguientes semanas la tensión se siguió acumulando. López Obrador encabezó varias concentraciones en el Zócalo, habló de fraude y exigió el recuento bajo la consigna de “voto por voto, casilla por casilla”. Su equipo jurídico presentó un abultado expediente ante el Tribunal Electoral, pidiendo, primero, el recuento total de los votos y, después, la anulación del proceso por una serie de irregularidades, entre las que destacaba la intervención indebida del presidente Vicente Fox, gobernadores del PAN y del PRI, el poderoso sindicato de maestros comandado por Elba Esther Gordillo, televisoras, grupos empresariales y actores políticos extranjeros, como el expresidente español, José María Aznar.En ese contexto, el equipo de Felipe Calderón tuvo semanas largas para discutir y valorar una decisión que cambiaría para siempre la historia política de México: aceptar o no el recuento total de los 41 millones de votos emitidos la noche del 2 de julio. En un principio hubo dudas: algunos de sus operadores consideraban imposible acceder al recuento voto por voto, casilla por casilla, pero otros, empezando por el candidato, dijeron que era factible aceptarlo, pues los votos habían llegado a las urnas y se podía probar la legalidad de cada uno de ellos. “El recuento va a ampliar nuestra ventaja”, argumentaban. Pero, en esos días, comenzaron a circular evidencias de irregularidades, como actas mal llenadas o tachoneadas, casillas con más votos que ciudadanos registrados en el padrón y resultados atípicos en favor del panista. Por ejemplo, en Los Altos de Jalisco había casillas con todos los votos en favor de Calderón y ni favorable al candidato del PRD. Un dudoso Calderón llegó a declarar a la prensa internacional que estaba dispuesto a la apertura total de los paquetes, pero a mediados de julio, Juan Camilo Mouriño y Germán Martínez, sus dos principales colaboradores y estrategas, terminaron convenciéndolo de no ir al recuento. “Calderón sí quería la apertura total de paquetes, pero dos motivos fueron determinantes para que el equipo dijera no: primero la ley, existían causales precisas para abrir los paquetes, no por la petición u ocurrencia de un contendiente; y segundo, la desconfianza en que las huestes perredistas tomaran los comités distritales e hicieran una alteración. Además, hubo un argumento estrictamente panista: las mesas de casilla eran ciudadanas y el PAN siempre reclamó que los votos los recibieran y contaran los ciudadanos. Un voto por voto generalizado era devolverle al Estado lo que pertenecía a los ciudadanos”, recuerda Germán Martínez.Luis Carlos Ugalde coincide con Germán Martínez en esa convicción: aún con el recuento, López Obrador no iba a aceptar nada la derrota. “Si la pregunta es si algo de eso habría llevado al candidato perdedor a aceptar el resultado, con la perspectiva de 20 años mi respuesta es no. Ningún acto institucional habría cambiado una decisión política ya tomada: desconocer el resultado, salvo que le favoreciera”, apunta Ugalde.El no de Calderón, expresado en definitiva en la carta que le envió a López Obrador el 24 de julio, exacerbó los ánimos. Las huestes obradoristas instalaron el plantón en Reforma desde el 30 de julio y lo mantuvieron 45 días, hasta el 15 de septiembre. En ese lapso, el Tribunal Electoral resolvió las impugnaciones con una sentencia histórica en la que sus magistrados aceptaron múltiples irregularidades que afectaron la equidad -la más grave: la intervención de Fox-, pero no las consideraron determinantes en el resultado. El 5 de septiembre de 2006 entregaron la constancia de presidente electo a Felipe Calderón, quien vivió una transición a salto de mata, huyendo de manifestantes obradoristas que asediaban cada una de sus apariciones públicas.López Obrador se autoproclamó presidente legítimo de México en una bizarra ceremonia en el Zócalo, el 20 de noviembre, y nombró un gabinete en el que incluyó a sus más allegados, entre otros a la hoy presidenta de México, Claudia Sheinbaum. En medio de una atribulada transición, los calderonistas idearon un plan para legitimarse: hacer del combate al crimen organizado la bandera de su Administración, dando inicio a lo que, 20 años después, se sigue conociendo como “la guerra contra el narcotráfico”.“Se quiso superar esa división política con una medida que parecía popular y muy legítima, el combate a la delincuencia organizada y a los cárteles de la droga”, rememora Ricardo Monreal, “pero eso terminó sumiendo al país en una espiral de violencia y sangre de la que apenas empezamos a salir. Desde que Felipe Calderón declaró su guerra, los cárteles se multiplicaron, la violencia se disparó a niveles nunca vistos en tiempos de paz, las adicciones crecieron, las drogas se diversificaron y puso en riesgo la soberanía del país al terminar pidiendo apoyo a otros países y abriendo las puertas de manera indiscriminada a agencias extranjeras de seguridad”.El panista Germán Martínez considera en que esa elección cambió la historia política del país, pues dejó en claro que en México hay derecha e izquierda, una realidad que el PRI simuló con sus gobiernos ambidiestros. “Además, quedó demostrado que en la democracia mexicana nadie sabe perder. El presidencialismo que no desmanteló Fox, y la no existencia de una segunda vuelta, que planteó Calderón en su momento, hace de las contiendas una guerra fratricida. Matar o morir en un día. Donde uno gana todo, y el otro pierde todo”, reflexiona.Ugalde, el árbitro más detestado por la izquierda mexicana, no cree que la elección de 2006 haya dividido a México para siempre. “La polarización mexicana ha sido más intensa en la clase política, en las élites partidistas y en el discurso público, que en la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos. El 2006 reveló tensiones acumuladas, agravios sociales, exclusión política, desconfianza hacia las instituciones y una creciente incapacidad de los actores para aceptar reglas comunes cuando el resultado no les favorece. Después, a partir de 2018, esa tensión se convirtió en una narrativa de revancha: la idea de que el adversario no es alguien con quien se compite, sino alguien a quien se debe derrotar moral y políticamente”, añade Ugalde.En el epílogo de esta historia, el sexenio de Felipe Calderón empezó y terminó mal; en 2012, el PRI regresó a la Presidencia; en 2018, López Obrador tuvo un triunfo arrollador en su tercera campaña presidencial, y en 2024 Morena se consolidó como primera fuerza política con la presidenta más votada de la historia. Hoy, los partidos y las preferencias políticas se distribuyen básicamente en obradoristas y antiobradoristas, dos bandos que no se explican sin la noche del 0,56% y la herencia de las elecciones de 2006.