Hay personas cansadas de su trabajo que no dimiten, pero que dejan de estar. Siguen cumpliendo sus tareas, van a las reuniones, responden correos, pero ya no aportan ideas ni se implican más de lo que les toca. Es lo que se conoce como renuncia silenciosa.

“A un jefe le debería preocupar más el silencio de sus empleados que las quejas. Si hay queja constructiva, hay implicación; si hay silencio, hay resignación y desconexión”, explica a La Vanguardia Ana Cortés, psicóloga especializada en recursos humanos. La especialista señala qué actitudes y frases pueden indicar que un trabajador se siente desconectado emocionalmente de su trabajo y cómo puede evitarse una situación así para que no termine afectando tanto al empleado como a la organización.

Significa que la persona ya no percibe que su participación y esfuerzo tengan impacto, reconocimiento o sentido. Está presente físicamente, hace sus funciones, pero adopta una posición más pasiva o defensiva. Incluso cuando las circunstancias cambian y podrían existir oportunidades de mejora, ya no lo hace. Ha renunciado silenciosamente.

Cualquier empleado, incluso el que parecía más implicado y motivado, puede sufrir ese desapego emocional por el trabajo porque el compromiso no es un rasgo fijo de personalidad, sino una respuesta al entorno. Las personas dejamos de invertir energía emocional allí donde sentimos que no obtenemos ningún retorno.