Enrique Arnaldo
Actualizado a las 08:49h.
En la segunda parte del España-Uruguay volaron algunas entradas a destiempo y patadas extraordinariamente feas. Aparecieron las amonestaciones y los gestos destemplados. Tras el pitido final del árbitro —agilísimo para separar, en milésimas de segundo, a rivales enfurecidos— llegó la calma y los ánimos ... se apaciguaron. Me viene a la mente el sucedido que el gran José Luis Garci cuenta que escuchó en el madrileño Campo del Gas. Al concluir cada combate, los boxeadores siempre se abrazan. El entonces jovencísimo Garci preguntó el por qué a un aficionado. Esta fue su literal respuesta: «Porque las hostias se comparten con el más alto sentido del compañerismo y la deportividad». Pues igual ocurre en el fútbol, y también el pasado domingo en el estadio de Guadalajara al finalizar el partido con los deprimidos charrúas.
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