En resumidas cuentasEl presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, durante una rueda de prensa.APFrancisco Rodr�guezActualizado Jueves,

julio

00:14Audio generado con IACada verano, en las sierras de Sintra, entre eucaliptos y la bruma que sube del Atl�ntico, se re�nen las personas que deciden cu�nto vale el dinero. Lo hacen casi en secreto, en un palacio rodeado de jardines, mientras el resto del mundo paga su hipoteca, llena el dep�sito o mira con inquietud el extracto del banco sin saber que su suerte se est� discutiendo all�, en susurros, entre tazas de caf�. El foro del Banco Central Europeo es eso, el lugar donde unos pocos hablan en voz baja de algo que nos afecta a todos.Este a�o hay un invitado nuevo, y nadie termina de entenderlo. Como en aquella pel�cula —y antes la novela de Lionel Shriver—, Tenemos que hablar de Kevin, donde una madre intenta descifrar a un hijo que se le ha vuelto ininteligible, los economistas observamos a Kevin Warsh, flamante presidente de la Reserva Federal, buscando pistas sobre qui�n es de verdad. Lleg� al cargo prometiendo bajar tipos, convencido de que la inteligencia artificial abaratar�a el mundo y har�a desaparecer la inflaci�n. La realidad le ha recibido con los precios al 4,2%, encendidos por la energ�a y la guerra de Ir�n. El profeta de la rebaja preside hoy una Fed que coquetea con lo contrario.Su primer gesto fue retirar las promesas sobre el rumbo futuro de los tipos. Warsh prefiere la penumbra, cree que un banco central que se compromete por adelantado pierde su �nica arma verdadera, la incertidumbre. Y quiz� tenga raz�n. Pero conviene salir del personaje y mirar la idea, porque el debate se ha empobrecido. Solo se discute si los tipos sirven para frenar la inflaci�n. Y es cierto que contra una inflaci�n de oferta —la del petr�leo, la de la guerra— el tipo de inter�s es un instrumento romo. As�, por ejemplo, encarecer el cr�dito no devuelve el gas a su precio. Quien defienda subidas apoy�ndose solo en eso, pierde. Peor es defender bajadas o calificar las subidas de error hist�rico.Hay, sin embargo, otra funci�n de la que casi nadie habla, y es, probablemente, la que de verdad importa. Llam�mosla disciplina. Cuando el dinero es gratis durante demasiado tiempo, ocurren dos cosas silenciosas, casi imperceptibles, como la humedad que pudre una viga sin que nadie la vea. La primera, la deuda deja de doler. Un Estado que se financia a coste cero tiene menos motivos para mirarse las cuentas, y el ajuste se aplaza hasta que lo impone el mercado, que siempre cobra m�s caro que la prudencia voluntaria. La segunda es m�s �ntima y nos toca a todos: el dinero barato empuja al ahorrador hacia el riesgo. Quien no encuentra rentabilidad en lo seguro la busca donde no debe, y as� se inflan las burbujas que despu�s lloramos. Lo vimos en 2008. Lo volveremos a ver si lo olvidamos.Por eso defiendo la �ltima subida en la Eurozona, o al menos no deshacerla. No porque vaya a doblegar el precio de la luz —no lo har�—, sino porque un sistema que ha olvidado lo que cuesta el dinero necesita que se lo recuerden. El tipo de inter�s es el suelo que mantiene honesta a una econom�a con tendencia a la euforia. La disciplina no es un castigo, es la forma adulta de la libertad.Warsh, parad�jicamente, podr�a entenderlo mejor que nadie. Su empe�o en adelgazar el balance de la Fed nace de la intuici�n sana de que el dinero f�cil corrompe despacio a las instituciones que lo administran. Su drama es que la criatura que iba a salvarle —esa IA que promet�a precios bajos para siempre— se le ha vuelto, como el Kevin de la ficci�n, indescifrable.Quiz� de eso trate Sintra este a�o. No de adivinar el pr�ximo cuarto de punto. M�s bien de recordar que los tipos no son solo una palanca contra la inflaci�n. Son el idioma con el que una econom�a se dice a s� misma la verdad. Y llevamos demasiado tiempo, a ambos lados del Atl�ntico, minti�ndonos en voz baja.Francisco Rodr�guez Fern�ndez es Catedr�tico de Econom�a de la UGR y director del �rea Financiera y Digitalizaci�n de Funcas