Estoy atónito. Alemania ha caído a las primeras de cambio en un Mundial por tercera vez consecutiva. Necesito tiempo para asimilarlo. La palabra clave que debe analizarse es continuidad: algo de lo que la Selección carece desde hace una década. El fútbol alemán no ha decidido a qué quiere jugar. Surgen constantemente nuevas ideas y, una y otra vez, nuevos jugadores en nuevas posiciones. Julian Nagelsmann ha experimentado en exceso, y no solo durante este torneo. Pero construir un equipo lleva años.Alemania siempre ha tenido éxito cuando los roles de los jugadores estaban claramente definidos, la jerarquía establecida y el equipo contaba con un concepto nítido de cómo atacar y defender. Esa convicción ha faltado por completo. En este Mundial, el equipo no ha dado la impresión de haber recorrido el proceso que toda selección necesita atravesar.Se ha visto en el campo en cada partido. Ha faltado control del juego: la capacidad de sacar el balón con seguridad desde atrás, conectar con el centro del campo y llegar al ataque, y después mantener la posesión en campo rival. O, cuando el rival tiene el balón, alejarlo de nuestra portería. Lo veo en otras selecciones, pero no en la nuestra.Antes éramos conocidos como una Turniermannschaft (“equipo de torneos”), capaz de encontrar su ritmo a medida que avanzaba la competición. Esos días han quedado atrás. Esta vez, el equipo fue a peor con el paso de los partidos. Ocurrió porque se abandonaron planteamientos prometedores incluso cuando estaban funcionando. La idea de utilizar a Deniz Undav como revulsivo dio buen resultado, y sin embargo Nagelsmann descartó esa estrategia ante Paraguay.Permítanme dos ejemplos de lo que yo habría hecho de otra manera. Primero, Joshua Kimmich juega en el centro del campo en el Bayern, así que debería haber jugado ahí también en la selección. Segundo, Florian Wirtz y Kai Havertz son dos de nuestros mejores jugadores —como demostró el gol ante Paraguay—. Me habría gustado ver a Wirtz por dentro, como mediapunta, detrás de Havertz, donde es más fuerte. Y habría apostado por ello de forma consistente: partido tras partido y día tras día en los entrenamientos.A Nagelsmann le gusta cambiar sistemas y esquemas. Dice que ese es su estilo. Pero las grandes selecciones, como España o Francia, juegan siempre en base a un mismo patrón. Las reconozco de inmediato cuando las veo. Simplemente lo ejecutan tan bien que los demás no pueden frenarlas. En fútbol no conviene complicar las cosas más de lo necesario.Por supuesto, un entrenador puede introducir variaciones, pero solo en los detalles y únicamente cuando el equipo ya tiene orden. Ese es un problema general del fútbol alemán, también en la Bundesliga. A la mayoría de los equipos les falta esa claridad.También hay que hablar de los cambios de Nagelsmann. Ante Ecuador —en el último partido de la fase de grupos, ya intrascendente— alineó un once completamente distinto al que había presentado contra Paraguay en octavos. Como tantas otras decisiones, no lo entendí. Cada sustitución envía un mensaje al equipo, y ese mensaje debe ser comprensible. Cualquier rotación debería responder a un propósito evidente. No fue el caso.Sin embargo, hubo algo en este Mundial que me da esperanza. Ante el fracaso, los jugadores no se han señalado entre ellos; el equipo se protege a sí mismo. Antonio Rüdiger elogió a sus compañeros Jonathan Tah y Nico Schlotterbeck; Kai Havertz habló maravillas de Deniz Undav; y Joshua Kimmich respaldó tanto a Leroy Sané como a Nagelsmann. Eso me gustó. Es una base sobre la que construir.Sí defiendo a los jugadores frente a las acusaciones de falta de actitud. Eso sí ocurrió en Rusia 2018, cuando la generación campeona del mundo firmó una actuación desastrosa. Pero no acepto esa crítica para 2022 ni para 2026. No es una cuestión de carácter. Veo a un equipo que lo da todo. Las derrotas les golpean. Tras la eliminación en Qatar 2022, Kimmich habló de su miedo a caer en un pozo profundo. Esta vez también estaba devastado.La generación actual está formada por “jugadores de sistema”, formados en academias. Desde los 12 o 13 años conciben el fútbol como una profesión en la que todo ha crecido de forma vertiginosa durante quince años: salarios, exposición digital y los excesos de la individualización. Es difícil seguir ese ritmo. Ahí es donde hace falta liderazgo.Y la generación posterior a la mía necesita una oportunidad justa. Sin embargo, una y otra vez los entrenadores recurren a los campeones del mundo de 2014. Ese tipo de decisiones puede aportar estabilidad a corto plazo, pero transmite falta de confianza: la insinuación de que el equipo no puede valerse por sí mismo.Argentina y Francia —con Lionel Messi y Kylian Mbappé— demuestran que es posible construir equipos a partir de los jugadores actuales. Operan en las mismas condiciones que Alemania. Didier Deschamps y Lionel Scaloni lideran sus selecciones; allí hay orden y seguridad.Alemania ha visto destituir a tres seleccionadores consecutivos. Aun así, no creo que el problema esté en los jugadores. Tenemos futbolistas en los grandes clubes europeos. Antonio Rüdiger lleva años en el Real Madrid. Florian Wirtz condujo al Leverkusen a su primera Bundesliga antes de que el Liverpool pagara una suma enorme de dinero para ficharlo. Kai Havertz ganó la Champions con el Chelsea y la Premier con el Arsenal. Jamal Musiala es considerado un jugador de potencial de talla mundial. Joshua Kimmich lleva años asumiendo responsabilidades en el Bayern. Solo Francia dispone de más talento que Alemania.El Mundial es el mayor acontecimiento deportivo del mundo. Una selección debe representar a su país. En Bosnia y Herzegovina, la gente celebra a su equipo porque se ve reflejada en él. Pero si interrumpes constantemente el desarrollo del grupo, nadie puede identificarse con el proyecto. Por eso nuestros aficionados están tan decepcionados. Y eso no es bueno.En nuestra época —como en cualquier equipo— no todos nos llevábamos perfectamente. Pero cuando me reúno con antiguos compañeros de la etapa 2006-2014, compartimos recuerdos imborrables. Ese éxito común nos dio algo que dura toda la vida. Es una experiencia que mis sucesores probablemente no tendrán. Y es una gran pena para ellos.Ahora se habla de Nagelsmann y de posibles sustitutos. Pero antes de discutir nombres, debemos aclarar cuestiones fundamentales. El fútbol alemán tiene que decidir a qué quiere jugar. ¿Somos España? ¿Somos Argentina? ¿Somos Francia? No, somos Alemania. Tenemos una cultura propia, una identidad futbolística propia. Debemos reconectar con ella. Y hacerlo con convicción.Philipp Lahm es exfutbolista y fue campeón del mundo con Alemania
No entiendo a Nagelsmann, no reconozco a Alemania
El seleccionador ha experimentado en exceso y si interrumpes constantemente el desarrollo del grupo, nadie puede identificarse con el proyecto














