En España, hacer carrera en la moda siempre ha tenido un poco de apostolado laico y un mucho de equilibrismo (operativo, financiero, cultural, mediático; malabarismo de riesgo, vamos). Este martes noche, el Gran Teatro Príncipe Pío de Madrid ha escenificado tamaña realidad ante un sector que, al menos una vez al año, se obliga a convencerse –y al ministro y autoridades municipales-autonómicas de turno– de que esta industria, y antiguo oficio, es también cuestión de Estado. Huérfana ya de la inocencia del debut, la III edición de los Premios de la Academia de la Moda Española daba cuenta así de lo que podríamos considerar su mayoría de edad. De nuevo, un despliegue televisivo emitido con profesionalidad por La 2, una alfombra roja que desafiaba el colapso térmico del verano capitalino y una liturgia conducida por un solvente y resolutivo Jesús Vázquez (nuevo comodín del ente público para la gala ) con el empeño de sacudirse el sambenito de la endogamia. Pero detrás de la costura más o menos fina, los focos y los discursos de agradecimiento hilvanados a contrarreloj, volvía a subyacer el eterno trauma de un negocio atrapado entre el romanticismo del taller y las feroces lógicas del mercado global.Mientras los creadores desfilan con sus mejores galas ante los flashes, las liquidaciones trimestrales del IVA o el precio desbocado de las materias primas permean el ambiente. La moda española representa el 2,9% del Producto Interior Bruto, una cifra-talismán que empresarios y políticos citan con entusiasmo chovinista a la mínima ocasión (y que ha invocado el propio Vázquez en su speech inicial), pero que suele olvidarse cuando llega el momento de redactar las partidas presupuestarias o articular ayudas estructurales que vayan más allá de la palmadita en la espalda. “Hacer moda en España no es fácil, pero creo que tenemos un sector no solo creativo, sino también de artesanos que debemos cuidar”, concedía Modesto Lomba poco antes de dejar la presidencia de la Asociación de Creadores de Moda de España (23 años liderando ACME) y la propia FAME (que ayudó a orquestar), a finales del pasado noviembre. Unas palabras que suenan casi a manifiesto de supervivencia en un ecosistema en el que las marcas de autor actúan, a menudo, como ONGs culturales, que hablamos de un tejido de pequeñas estructuras creativas que busca desesperadamente financiación, mientras contempla cómo el titán del gran consumo con sello gallego coloniza medio planeta (y ni está ni se le espera en este fregado mediático). El mecenazgo en nuestro país no es una estrategia fiscal, va a ser un encaje de bolillos psicológico.Que el primer galardón haya sido para la categoría de Mejor Proyecto Empresarial se lee como genuina declaración de intenciones de la Academia: en este negocio, el dinero siempre va por delante. El premio ha recaídoen Lola Casademunt. La firma catalana, que celebra sus 45 años de historia, ha visto validada su apuesta comercial de alcance internacional, que hay que reconocer la solidez del balance, no solo el riesgo conceptual. Acto seguido, el premio al Talento Joven ha ido a parar al tándem de Habey Club. El gran vuelco de la noche se vivió, de repente, en el negociado de la Sostenibilidad e Innovación. En una terna en la que firmas de tirón comercial como Silbon buscaban su particular pátina verde, la estatuilla se la ha llevado una empresa de ingeniería textil: Pyratex. La compañía de I+D madrileña ha roto los esquemas al demostrar que la verdadera revolución de la moda española se siembra en el campo. Su propuesta de cadena de suministro kilómetro cero, sustentada en el algodón que cultiva en Andalucía e hila en Portugal, dota de contenido real un binomio que el mercado suele manosear hasta el desgaste. Su directora ejecutiva, Regina Polanco, ha dejado en el estrado una declaración lúcida al afirmar que “la innovación también es reconectar con la tradición”, compartiendo el trofeo tanto con los agricultores como con sus socios industriales de la hilatura. Un bofetón de crudeza agraria para un auditorio que a menudo confunde la ecología con el greenwashing de catálogo.La ceremonia televisiva, mientras tanto, avanzaba bajo la dirección de unos copresentadores empeñados en salpicar las introducciones con un encomiable baño de realidad gremial, invocando los oficios invisibles que sostienen la tramoya: del desarrollador de producto al sufrido tintorero, pasando por artesanos cesteros, fotógrafos o sastres. Un guiño necesario para humanizar una industria que, inmediatamente después, ha vuelto a refugiarse en sus propios templos institucionales. La categoría de Impulso y Difusión de la Moda Española ha ido a parar, por fin, a la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid (MBFWM). Al gigante de IFEMA se le había resistido la estatuilla en las dos primeras ediciones. Y por si la cuota de oficialidad no fuera suficiente, el galardón de Embajador de la moda española ha tomado rumbo similar al recaer en la Fundación Museo Cristóbal Balenciaga. El aplauso, sin embargo, no ha resonado tanto en los despachos de Guetaria como en la memoria histórica de aquellas costureras anónimas que, como bien se encargó de recordar el discurso de aceptación, “hicieron el suelo de la moda española”.En el apartado Altas Artesanías Aplicadas a la Moda tocó cierto desconcierto. El fetiche de cerámica ha ido a parar al Atelier Mariana Barturen y su indiscutible oficio como sombrerera, en el que mantiene a esas oficiales floristas en peligro de extinción. Pero teniendo enfrente como nominadas a la primera escuela profesional de bordados de alta costura en España (Corina Haute Couture Embroidery School, fundada por la maestra artesana Corina Roselló) o la resistencia centenaria de Las Hilanderas de la seda de El Paso en La Palma, resulta cuanto menos chocante que el gremio se haya decantado por el accesorio de adorno. Una decisión complaciente que premia el tocado de invitada de postín antes que el patrimonio textil.Y entonces va y entra en escena Mahmood, primer interludio musical de la gala. Sí, el mismo Mahmmod de San Remo y Eurovisión, que siempre ha ejercido de orgulloso embajador del made in Italy hasta que, a finales del año pasado, se pasó a las filas de Willy Chavarria para sus cosas del vestir. Para pisar las tablas del Príncipe Pío, el italiano (que ha estado viviendo en Madrid justo hasta ayer) se sometía al dictado patrio con una camisa negra fluida con fular rematado en borlas y un pantalón amarillo de proporciones mastodónticas con la firma de Palomo Spain. La paradoja resulta deliciosa: se recurre a una estrella internacional para que defienda en prime time el trabajo del que pasa por ser el magno renovador de la creación indumentaria española, ese mismo talento disruptivo que lleva las tres ediciones de estos premios sin siquiera figurar como nominado (el síndrome Almodóvar versión moda). Precioso.Al alcanzar la categoría de Mejor Colección de Marroquinería y Calzado, Sánchez Silva en el papel de copresentadora invitada se marcaba una defensa nostálgica del antiguo oficio de los alpargateros. Menuda oportunidad perdida para reivindicar la figura real y precarizada de las aparadoras: esas mujeres que, aguja en mano en los talleres de Alicante y Murcia, cosen las alpargatas y que el pasado junio alcanzaron un acuerdo histórico que al fin regula y mejora sus condiciones de trabajo (no pocas veces sumergido). Por cierto, ahí estaba en liza Castañer, aunque el galardón fue a parar a la firma zapatera Pedro García, que celebra un siglo dedicado a la artesanía local. Limitando en nicho de mercado, la Mejor Colección de Joyería y Accesorios se la llevó de calle Helena Rohner: la creadora del trofeo oficial de la Academia, esa especie de fantasma cerámico que evoca el célebre tocado nupcial de Cristóbal Balenciaga (inspirado a su vez en el gorro de aguas de los pescadores vascos) subía al escenario a recoger la escultura diseñada por ella misma. La veterana creadora canaria salió airosa del autohomenaje al recordar que “las joyas son parte importante en cómo uno se expresa y construye su identidad”. Otro canario ilustre, pero emigrado, se coronaba con el Premio Internacional, sin rivales: el legendario Manolo Blahnik, que comparecía emocionado en un vídeo grabado mientras su sobrina recogía el fetiche de Rohner en el escenario madrileño. El pasaporte es español, pero el aura es de la Commonwealth, claro. Mayo se plantaba frente al piano para perpetrar una versión de La quiero a morir, jitazo setentero del francés Francis Cabrel antes de que Manzanita lo convirtiera en patrimonio nacional de gasolinera. Una banda sonora idónea para un auditorio que empezaba a asumir que la vanguardia consiste, esencialmente, en mirar el retrovisor. A partir de ahí, la gala fue en busca de su conclusión. En la categoría de Mejor Presentación: Nuevos Formatos, introducida por una Marina Pérez luciendo pelazo y cara lavada (o estudiado maquillaje invisible, a saber), triunfó la entente formada por Ernesto Naranjo y Miguel Becer, o sea, Naranjo y ManéMané, que además resulta que comparten ubicación de talleres en Madrid. Becer dejó para el caso uno de los recados más honestos de la noche al dedicar el galardón a todos los creadores no nominados, que, recordó, son muchos. A continuación, Mónica Cruz y un redivivo Francis Montesinos hicieron los honores a la Mejor Presentación: Desfile, a mayor gloria de un descreído Juan Vidal.En su primer baño de masas público como nuevo presidente de ACME y FAME, el diseñador Juan Duyos celebró en su discurso que la moda haya entrado en el Congreso para ser objeto de debate parlamentario, deshaciéndose en agradecimientos hacia el ministro de Cultura por lo que considera un hito histórico. Un momento de pleitesía política antes de presentar el Premio de Honor, otorgado a dedo por el Patronato de la Fundación (no por los académicos). El distinguido: Adolfo Domínguez, con el que la institución vuelve a confirmar que el corazón de la industria sigue siendo gallego. El artífice de la arruga es bella se puso lírico para hablar de la indumentaria como una herramienta mística, aduciendo que “vestirse es un quehacer poético” y que el oficio de la costura consiste en embellecer a los otros. Pero fue al bajar el tono lírico para clavar el dardo de la realidad material cuando el teatro se vino abajo: “Sin empresa, no hay poesía ni verso que valgan”. Si lo sabrá Isabel Sanchís, última laureada de la velada a la Mejor Colección. Con este veredicto, y la actuación de la cantautora puertorriqueña Kany García, la gala echó el cierre recordando que los premios ordenan el estatus, justifican el apoyo ministerial y alimentan el relato televisivo. Y mañana, con la cruda luz del día, ya se verá.
Premios de la Academia de la Moda Española 2026: el triunfo de la empresa
Con su tercera edición, los galardones de la Fundación Academia de la Moda Española alcanzan una rápida mayoría de edad.









