Antes de que el bienestar se convirtiera en un negocio multimillonario, antes de que las modelos hablaran de salud mental, fertilidad, mercurio retrógrado o autocuidado, la moda convirtió la demacración en aspiración. La belleza de principios de los noventa tenía ojos hundidos y ojerosos, huesos marcados, actitud lánguida, pelo desaliñado, mirada ausente y un cierto estupor generalizado. Entre todas las jóvenes que acabaron personificando aquella estética, pocas la pagaron tan cara como Jaime King. Durante años fue uno de los rostros del llamado heroin chic, la tendencia que convirtió la fragilidad en una forma de glamour. Décadas después, su mayor triunfo no es haberse convertido en una de las modelos más populares de toda una década, sino haber sobrevivido al personaje –y a las secuelas– que la moda le dio.King nació hace 47 años en una familia de clase media en Omaha, Nebraska. Era la mediana de tres hermanos y sus padres la llamaron Jaime en honor a la protagonista de la serie de televisión setentera La mujer biónica. Desde pequeña sintió pasión por la moda y se pasaba las mañanas haciendo collages con recortes de revistas. Conocía cada modelo, cada diseñador y cada fotógrafo. Lejos de encajar en el molde de chica popular, la modelo ha contado en varias ocasiones haber sufrido bullying en el instituto, una experiencia que la acompañó incluso en su etapa como estrella de las pasarelas: “Pensé que, si me dedicaba al modelaje, escaparía de esa interminable sensación de no pertenecer a ningún lugar. Pero me di cuenta de que no me sentía diferente. Daba igual el éxito que tuviera, seguía sintiendo que no encajaba”.Su vida cambió para siempre cuando Michael Flutie, dueño de una agencia, descubrió su talento para desfilar en una escuela de aspirantes a modelos de su ciudad. Llegó a Nueva York con 13 años, acompañada por su madre. Esta regresó pronto al hogar familiar y Jaime –que como modelo adoptó el nombre de James– fue moviéndose entre casas de desconocidos, de sofá en sofá, mientras su agente le encontraba acomodo temporal. “Una niña de esa edad no debería estar en la industria de la moda”, sostiene hoy la propia protagonista. Dejó los estudios y se dedicó por completo a su carrera como modelo, logrando que firmas como Alexander McQueen (para la que protagonizó el icónico desfile primavera-verano 1998 en el que acababa empapada por un chorro de agua), Chanel o Christian Dior, así como las principales cabeceras internacionales, quedaran atrapadas por su rostro melancólico, casi espectral.De manera paralela a su creciente éxito, King se sumía –o la sumían, mejor dicho– en una espiral autodestructiva de la que jamás ha logrado recuperarse del todo. Con 14 años, según desveló en The Cut, un asistente de fotografía le ofreció su primera raya de cocaína. Las copas de champán eran la bebida habitual en los camerinos cuando, con apenas 13 años, ya protagonizaba sesiones de fotos completamente desnuda. También declaró años después que sufrió abusos sexuales. “Trabajaba mucho, viajaba mucho y le hacía ganar mucho dinero a mucha gente, pero ni siquiera me permitían abrir una cuenta bancaria. Tenía cero autonomía”. A los 16 años ya era una estrella internacional y su relación sentimental con Davide Sorrenti, fotógrafo de moda y uno de los autores intelectuales del heroin chic, convirtió a ambos en el epítome de lo cool en el Nueva York más grunge y bohemio de los noventa.El punto de inflexión llegó el 4 de mayo de 1997. Aunque su fallecimiento se debió a complicaciones derivadas de una enfermedad hereditaria de la sangre que padecía, la muerte de Davide Sorrenti a los 20 años tuvo un impacto tremendo en la opinión pública, que atribuyó al consumo indiscriminado de drogas su trágico final. La naturaleza de su romance con Jaime pasó a ser carne de titulares e incluso llegó a los pasillos de Washington. Apenas quince días después, el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, dedicó una rueda de prensa a denunciar el auge del heroin chic entre los jóvenes. “En los últimos días, hemos visto en la prensa artículos que confirman que muchos de nuestros líderes de la moda están admitiendo, y los felicito por ello, que las imágenes proyectadas en las fotografías en los últimos años han hecho que la adicción a la heroína parezca glamurosa, sexy y guay”, declaró Clinton. Su discurso se centró en defender que no todo vale para vender ropa y denunció que aquellas imágenes no eran creativas sino destructivas; no eran hermosas sino feas y tenían más que ver con la muerte que con el arte. “Y glorificar la muerte no es bueno para ninguna sociedad”.King jamás perdonó a Clinton por mancillar la memoria del fotógrafo. “Cuando Davide murió sufrí mis primeros ataques de pánico, sentía que me iba a morir en cualquier momento. Lo más cruel fue que el presidente de los jodidos Estados Unidos hablara de ti y del amor de tu vida, reduciéndonos a la etiqueta del heroin chic y distorsionando nuestras imágenes. Decía que glorificábamos la muerte, pero no era así; era nuestra forma de decir algo sobre los jóvenes que morían demasiado pronto. Y como hacen los políticos estúpidos –especialmente aquellos que abusan sexualmente de las mujeres, como el presidente Clinton–, intentaron darnos lecciones de moral”, manifestó en The Cut.Sola, deprimida y en el ojo del huracán, King decidió retirarse del modelaje en la cima de su carrera. Intentaron por todos los medios que aquella máquina de hacer dinero, de apenas 18 años, cambiara de opinión, pero ella apostó por rehabilitarse de sus adicciones y emprender una carrera en el cine, su verdadera pasión. Lo consiguió a medias. Debutó con pequeños papeles en películas como Blow o Pearl Harbor y su mayor oportunidad hasta la fecha llegó interpretando a dos gemelas en Sin City, de Robert Rodríguez. Su trayectoria ha oscilado entre las series de televisión, como Doctora en Alabama, y los thrillers de bajo presupuesto con vocación de entretenimiento de sobremesa. Su mayor auge de popularidad entre una nueva generación de espectadores llegó con su amistad con Taylor Swift, a quien designó como madrina de su segundo hijo.También su estilo ha evolucionado con los años. Mantiene guiños al rock y al grunge, pero incorpora registros mucho más románticos o sensuales según la ocasión. En la alfombra roja alterna grandes firmas como Dior, Schiaparelli u Oscar de la Renta con diseñadores independientes a los que presta apoyo y visibilidad, como su amigo Jason Wu. Como buena modelo, conserva esa capacidad camaleónica para enfundarse en un vestido que remite al Hollywood clásico –como hizo recientemente en el Festival de Cannes– y, al día siguiente, apostar por un chaleco convertido en minivestido al más puro estilo Kate Moss, un diseño lencero con botas o un vestido ultraminimalista palabra de honor. Su icónico cabello rubio platino y su reconocible personalidad funcionan como el hilo conductor que da coherencia estética a todo lo que viste.Los intentos de recomponerse en el plano sentimental tampoco han sido fáciles. Madre de dos hijos, James (12 años) y Leo (10), lleva desde 2020 inmersa en una batalla legal contra quien fue su marido durante trece años, el cineasta Kyle Newman. Tras solicitar ella el divorcio por “abuso verbal, físico y emocional”, en 2025 un juez otorgó la custodia exclusiva de los niños a Newman y obligó a King a ingresar en un programa de rehabilitación durante seis meses por consumo de alcohol y drogas. Un año después, la actriz comparte feliz imágenes cotidianas junto a sus hijos en Instagram. Además de continuar en la interpretación, dirige su propia productora y una agencia de representación.
“Clinton dijo que glorificábamos la muerte”: Jaime King o la larga recuperación de la musa del ‘heroin chic’ que fue adicta real
La modelo y actriz estadounidense fue uno de los rostros más reconocibles de la estética que marcó los noventa. Décadas después, su trayectoria permite revisar el coste personal de aquella época y el largo intento de construir una vida más allá de aquella imagen.








