En Sebastopol, la ciudad más poblada de la península de Crimea, vuelve a reinar en estos días el estado de emergencia. Escenario de asedios a lo largo de su historia y golpeada durante los últimos cuatro años de guerra de Rusia contra Ucrania, sufre por primera vez un cerco a distancia, desde el aire. La gran base rusa del mar Negro ha tenido que racionar el combustible. Ningún enemigo asoma a la entrada de su imponente bahía, pero las explosiones rasgan el cielo en intervalos de horas. Es la nueva cara de la guerra: la de los misiles de precisión y las oleadas de drones de bajo coste. El ejército ucranio se ha embarcado en una ofensiva contra infraestructuras —puentes, carreteras, vías férreas— que busca estrangular la logística del enemigo en la península de Crimea, territorio de Ucrania ocupado por Moscú desde 2014. La pasada semana logró dejar sin suministro eléctrico la ciudad de Sebastopol, de unos 350.000 habitantes. Después de un apagón de tres días, las autoridades habían logrado restaurar la luz y muchos cafés habían reabierto, pese a que los turistas han desaparecido.La vuelta de la luz fue sin embargo un espejismo de un par de días. El gobernador de Sebastopol, Mijaíl Razvozhayev, anunció este martes que volvían las restricciones de electricidad a la ciudad. “Esta medida es obligatoria y es necesaria para solucionar la inestabilidad de las redes eléctricas fuera de nuestra zona. Si es posible, no usen ascensores, y si tienen electricidad, carguen sus teléfonos y cargadores”, dijo entre otras recomendaciones.Antes de los nuevos cortes, en un restaurante, una orquesta cantaba Felicità, aparentemente ajena a la contienda. “La vida sigue, hay que continuar, aunque creo que todo será todavía peor”, se resigna Tatiana, madre de una niña de unos diez años, mientras observa cómo su hija juega con una amiga en el malecón.Los habitantes de Sebastopol pasean y tratan de hacer vida normal a pesar de todo. Al paisaje de la ciudad, como es habitual en las urbes rusas, ya se le han fusionado las enormes moles de hormigón que sirven de refugio rápido, el ukrytiye, pero sus autobuses y trolebuses ya no son desalojados como antes cuando suenan las alarmas. El transporte público funciona con normalidad después de los sobresaltos de estas últimas semanas.El gobernador Razvozhayev anunció el lunes que los ciudadanos solo podrán adquirir un máximo de 20 litros de combustible por vehículo usando un código QR que las autoridades concederán caso a caso. Esto, y la popularización de los vehículos híbridos y eléctricos, mantiene a duras penas la logística en la ciudad del mar Negro.“Hemos estado tres días sin luz ni agua”, prosigue Tatiana. “Se estropeó la comida de la nevera y tuvimos que comprar todo, hasta agua, en las tiendas. Es terrible, [las fuerzas ucranias] atacan constantemente las instalaciones militares, los barcos y las infraestructuras energéticas”, añade, con el único consuelo de que su hija y la amiga de esta, llegada hace un mes, “no entienden lo que está sucediendo”.La puesta de sol cubre la entrada de la bahía de Sebastopol. Una novia se hace fotos de boda con sus amigos. A lo lejos se escuchan algunos disparos de baterías antiaéreas, aunque nadie hace caso. Cae la noche. A lo lejos se ven algunas trazadoras desapareciendo en un fogonazo. Pasadas las once, truenan de pronto las alarmas antiaéreas por toda la ciudad. Minutos después de apagarse, dos potentes explosiones hacen temblar la habitación del hotel. Vuelve la calma, pero a las seis de la mañana suena el despertador de los bombardeos. Primero las sirenas, luego las explosiones.“Las defensas antiaéreas han rechazado dos ataques ucranios. Han sido derribados 29 drones”, informa en Telegram el gobernador de Sebastopol. Sonaron seis explosiones esta vez, aunque más lejanas. La ciudad regresa a su rutina. Pasado el mediodía vuelven a sonar las sirenas.En Crimea no se había escuchado un disparo desde que Rusia se la anexionó en 2014 y hasta que Moscú lanzó su ofensiva total sobre Ucrania en febrero de 2022. Y tampoco nunca había estado tan desabastecida. La campaña de bombardeos que Ucrania ha emprendido este año contra las refinerías de Rusia ha provocado escasez de combustible en medio país, y a la península del mar Negro se le une el bloqueo que intenta lograr Kiev con sus drones en sus dos accesos: el puente de Kerch y la carretera R-280 desde Donbás.A diferencia del conjunto de Crimea, Sebastopol siguió siendo una base naval rusa tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 (el resto de la península se lo quedó Ucrania). Kiev y Moscú pactaron inicialmente que ese estatus se mantendría hasta 2017, aunque en 2010 fue prorrogado hasta 2042. Fue desde este exclave desde el que las tropas rusas tomaron el Parlamento de Crimea en 2014, cuando Ucrania estaba paralizada con un gobierno provisional tras las protestas de Maidán de ese año.Un mural a la entrada de Sebastopol recuerda la cita final del discurso que pronunció Vladímir Putin ante su Asamblea Federal en diciembre de 2014. “Estamos preparados para afrontar cualquier desafío y salir victoriosos”, dijo el líder ruso a sus parlamentarios al concluir el año en el que el Kremlin se anexionó Crimea violando todas las leyes internacionales y desató la guerra en el este de Ucrania pero sin admitirlo, asegurando que sus soldados habían ido allí voluntariamente, “de vacaciones”.Doce años después, con la ofensiva rusa extendida a todo el territorio de Ucrania, Crimea sufre intensos bombardeos y Putin ni siquiera controla Sloviansk, la ciudad de la región de Donetsk donde germinó la guerra en curso, el mayor conflicto bélico que ha sufrido Europa en 80 años.En Sebastopol solo hay espacio para los grafitis nacionalistas prorrusos. “Donde están los rusos está la victoria”, dice un mural pintado sobre la bandera imperial zarista en uno de los desfiladeros de la bahía. “Un equipo unido, un país fuerte. Juntos somos Rusia”, rezan los carteles con los que está empapelada la ciudad en homenaje a la anexión de Crimea.En Rusia están prohibidas las manifestaciones espontáneas incluso de una sola persona, pero las autoridades toleran —o han promovido— que tres hombres recojan firmas para pedir la declaración del estado de excepción y hacer escalar el conflicto contra Ucrania. “Se lleva a cabo una guerra contra nuestro país”, claman junto a una bandera con el rostro de un Putin firme y un coche sobre el que han fijado la maqueta de un misil nuclear con la frase “A Washington”.Pero no todo el mundo comparte esta fe ciega. Incluso algún veterano reconoce cierta decepción al ver que los bombardeos ucranios son cada vez más frecuentes.Un abuelo columpia a su nieto en el parque Komsomol, el nombre de las juventudes leninistas en las que el Kremlin se inspiró al inicio del conflicto para ordenar la creación de su propio movimiento infantil. “De la forma en la que Putin está llevando la guerra, esta será interminable”, dice Vladímir Ivanov, pensionista, antiguo jefe de un pelotón de reconocimiento de la infantería de marina y miembro de una larga dinastía de militares, mientras juega con el niño. “Bueno, y qué, cosmonauta”, le dice con cariño al hacer una pausa. “Toca entretenerle porque su papá está en el frente”, apunta.“Soy fatalista. Como dicen algunos, quien está destinado a ser ahorcado no se ahogará. Todo esto es triste. Tenemos muchos problemas aquí, y además tenemos que tolerar a los fascistas”, afirma, culpando por el conflicto actual a Ucrania —cuyo Gobierno es tachado de fascista por la propaganda rusa— y a las autoridades soviéticas “que dejaron que los Banderovtsi [los ultranacionalistas ucranios seguidores de Stepan Bandera] mantuvieran una posición fuerte en el oeste del país”.Ivanov menciona que el nombre de su tatarabuelo figuraba en el museo sobre la defensa de Sebastopol en la guerra de Crimea (1854—1855). El pasado 10 de junio un ataque ucranio dañó el edificio y su enorme mural de Franz Roubaud, y ahora el recinto permanece cerrado hasta su reapertura el próximo año.“Escuchamos ataques en todas partes estas últimas dos semanas, era esperable que la situación empeorase”, afirma Liubov, vecina del museo, que juega con su perro Tioma. Ella muestra su resignación ante lo que tenga que pasar. ”Esperamos y esperamos. Uno nunca sabe qué pasará, no depende de ti”, dice. “La situación con el combustible está mal. Sin duda habrá restricciones, es inevitable en un escenario bélico”, opina esta jubilada, que se mudó a Sebastopol hace 30 años con su primer marido.Muchas de las mujeres que viven en la ciudad, como ella, son o han sido pareja de miembros de las fuerzas armadas rusas. “Esta es una ciudad militar”, enfatiza Liubov, matizando que la de Ucrania es una “operación militar especial” y riendo al recordar que las autoridades rusas “nunca han declarado que esto sea una guerra”. El apoyo mayoritario de los rusos a la guerra contra Ucrania que muestran las encuestas se exacerba en una base militar como Sebastopol, donde es difícil encontrar a alguien que cuestione la opción bélica. “Con este conflicto pasará como con la guerra de Chechenia. Se firmará una tregua y los combates se reanudarán en un par de años, aunque quizás sean menos intensos”, augura Alexéi, militar en activo, mientras pasea junto a la bahía de Pivdenna. Un cartel colgado en un mirador advierte de que está terminantemente prohibido fotografiar los muelles y navíos de la flota del mar Negro rusa que allí permanecen resguardados. “Hay que tener cuidado para no dar pistas al enemigo. Los cretinos de los ucranios atacan constantemente, pero las defensas antiaéreas funcionan”, asevera Alexéi.La amenaza de las armas de largo alcance ucranias ha anulado la participación de la armada rusa en el frente y ha obligado a Moscú a alejar algunos navíos al puerto de Novorosíisk, cuyas infraestructuras palidecen todavía frente al estratégico enclave de Crimea como puerto de aguas calientes.El peligro que representan los nuevos misiles y drones para las flotas más poderosas es hoy evidente por los combates en el mar Negro y en el estrecho de Ormuz, pero ya quedó de manifiesto cuando dos proyectiles ucranios hundieron en abril del 2022 el buque insignia de la flota del Mar Negro, el crucero ruso Moskvá. De aquel navío lanzamisiles queda hoy el recuerdo en unos imanes que venden las tiendas de souvenirs de Sebastopol.“La situación va a ir a peor”, dice la vendedora de uno de estos puestos en el malecón, con las alarmas antiaéreas de fondo. “Nuestras fuerzas están a punto de liberar Donbás, la operación especial militar va a concluir y ellos [Ucrania] intentan [con estos bombardeos] desviar las fuerzas rusas del frente”, opina.Curiosamente, los omnipresentes souvenirs con el rostro de Putin que había siempre en este tipo de tiendas han desaparecido de los mostradores. Hoy, en Sebastopol, solo hay tres tipos de recuerdos a la venta: de monumentos de la ciudad, de la flota del mar Negro y de una única figura histórica rusa. El dictador, cada vez mejor visto en Rusia, Iósif Stalin.