Nada más entrar en La Guaira se nota el olor: un hedor a descompuesto que ya impregna el calor nativo del Caribe. Es un olor que, entre historias todavía de esperanza y rescates, evidencia la tragedia. Han transcurrido seis días desde que Venezuela fue sacudida por dos sismos. Oficialmente, la cifra de muertos alcanza los 1.759, y desde hace dos días, el gobierno no da cifras de desaparecidos venezolanos. Medios y público tienen que apoyarse en estimaciones de Naciones Unidas (50.000 desaparecidos) o en páginas web ciudadanas paralelas al Estado (43.000). Pero en La Guaira, el territorio con mayor destrucción, esa mancha de la muerte parece apuntar a muchos más casos que los que recogen las cifras oficiales. En la zona de Catia la Mar hay derrumbes por doquier: locales, centros comerciales, farmacias, supermercados, entidades bancarias, edificios gubernamentales y urbanismos residenciales. La calle principal de Playa Grande, que antaño dividía a las clases sociales: de un lado, las grandes torres —con apartamentos con vista al mar— en los que gran parte de su infraestructura cedió. Por otro lado, las viviendas un poco más humildes construidas por el Estado están en ruinas. Edmundo Hernández mira cómo, a lo lejos, un grupo de rescatistas hace labores en una vivienda que se ve desde su casa. "Debe ser que están intentando recuperar un cuerpo, no creo que sea una persona con vida", lamenta. "Todo fue de repente", recuerda por su parte Delysa Vargas, de 30 años y habitante de la zona pobre de Catia la Mar. Su casa está ubicada en la planta baja de un edificio de cuatro pisos que aún sigue en pie, pero no es habitable. Denysa se desesperó. No logró abrir la reja por sí sola. Un vecino le gritó que le lanzara la llave por la ventana. Al salir, todo alrededor era polvo. Sin embargo, logró ver a sus familiares que corrieron a buscarla. "Solo logramos sacar algo de ropa y las medicinas de mi papá", dice Denysa. Desde ese día ella y su familia están resguardados dentro de una iglesia cercana. Evita salir de allí porque tiene pánico de que las torres alrededor sigan cediendo. Otra vez el olor de su alrededor indica que entre los escombros hay vidas perdidas. Ella misma tiene 23 personas cercanas que continúan sin aparecer. TE PUEDE INTERESAR En todas las crisis por desastres naturales, primero viene la capacidad de respuesta y rescate. "Pero también son importantes la capacidad de contar, y quién lo hace, y cómo se recolectan y difunden los datos", apunta una fuente de una ONG bregada en desastres internacionales, desde Haití a la propia Venezuela. Es inevitable pensar que las cifras de víctimas, en todos los grandes terremotos, tienen una progresión similar a Venezuela: primero muertos uno a uno, luego grandes saltos hasta llegar al alcance real del horror. Pero no es exactamente el caso. En terremotos recientes como el de Marruecos de septiembre de 2023 o el de Turquía de principios de ese mismo año, para el tercer día ya se había informado de varios miles de muertos (en el caso de Turquía, 33.000 de los 52.000 que serían finalmente, y en el de Marruecos, 2.800 del total de 2.946). "El problema en este caso es cómo funcionan esos sistemas de recolección en Venezuela", concluye el experto. TE PUEDE INTERESAR Opinión Angel Rangel, exdirector nacional de Defensa Civil de Venezuela, tiene la respuesta: "En un estado que ya había desmontado la planificación para la gestión de los desastres y emergencias, no hay un plan para un elemento fundamental de la gestión de crisis, como es la información; una información que el estado debería asumir, para que el país, el mundo, las instituciones y los ciudadanos sepan qué está pasando, en qué condiciones, qué se requiere". "Eso no existe. No hay ni política comunicacional, ni liderazgo comunicacional por parte del Estado", se lamenta. En esta crisis, se ha puesto al mando de la comunicación de las cifras de víctimas a Jorge Rodríguez (hermano de la presidenta encargada Delcy Rodríguez), presidente de la Asamblea Nacional: un puesto que no es oficial del Gobierno, para dar datos oficiales del Gobierno. La ausencia en los datos es solo la punta del iceberg de la ausencia de las instituciones en las calles de La Guaira. "Cuando no hay información, salen la desorganización, el caos, la angustia. Es una crisis sobre la crisis", advierte Rangel. Venezolanos reclaman los cuerpos de sus familiares fallecidos en los terremotos este lunes, en un puerto en La Guaira. (EFE/Henry Chirinos) A diferencia de Caracas, en La Guaira no hay electricidad ni agua potable en gran parte del estado. Tan solo este domingo empezó a llegar la señal al móvil del vecino Edmundo, a pesar de que Delcy Rodríguez anunció el restablecimiento del 75% del servicio eléctrico y 68% del servicio de agua. Edmundo tiene el pensamiento constante de que cuando este tipo de eventualidades ocurren en otras partes del mundo, las autoridades actuarán con mayor rapidez. "Le pido a las autoridades que se presenten", exclama. Él y sus vecinos se sientan a la entrada de sus viviendas, en una zona residencial donde las casas están poco afectadas, pero pocas calles más allá todo es diferente. Morgue en La Guaira El olor, cada vez más intenso, proviene de los cuerpos en descomposición que van sacando de las zonas de derrumbes, y es que más de 700 cadáveres estarían siendo procesados por día en La Guaira, en donde se instaló una morgue a cielo abierto en el puerto de esta ciudad debido al desborde de las morgues oficiales. Allí, los familiares no tienen otra opción que ingresar e intentar reconocer a sus familiares, aunque sea por algún rasgo distintivo. Ya en las zonas críticas, los cuerpos son cubiertos con alguna tela y van siendo dejados a un costado, a la espera de ser trasladados por funcionarios del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses de Venezuela que no se da abasto. Uno tras otro van quedando allí mientras las personas transitan por la zona. Son cadáveres que todavía no se están procesando ni contando. Rescatistas de México realizan labores de búsqueda en un edificio afectado por los terremotos. (EFE/Ronald Peña R) Y los vivos temen perder algo más que la casa. "El día del terremoto era mi cumpleaños", cuenta Javier Quintero. Cumplía 34 años. Tras perder la casa y con todavía dos familiares desaparecidos, Javier ha tenido que salir en búsqueda de la mercancía de su negocio, que teme que sea saqueada al igual que la mayoría de locales que están alrededor de un almacén de su propiedad. En la zona, incluso las infraestructuras que se desmoronaron fueron vandalizadas. También menciona a las 65 personas que trabajan para él y que ahora no tiene con qué pagarles sueldos. Esa mercancía que logró recuperar es para él su única esperanza de volver a comenzar. "Nos hemos llevado muchos golpes, no sé por qué si nosotros hemos sido un pueblo noble", añade.