El reloj es el principal enemigo de los rescatadores que intentan salvar a los supervivientes de los dos terremotos que asolaron Venezuela el pasado miércoles, con un balance provisional de 1.450 muertos y 3.238 heridos (entre ellos, 17 españoles fallecidos y 150 desaparecidos). Cada hora que pasa disminuyen las posibilidades de sacar a personas con vida de debajo de los escombros. Por eso, la jornada de trabajo de los 57 miembros del equipo USAR (Búsqueda y Rescate Urbano) de la Unidad Militar de Emergencias no se detiene nunca. Cuando un grupo acaba su turno de 12 horas, lo releva el otro y así sucesivamente. Día y noche. El cabo primero Antonio Diosdado, portavoz de la UME, se resiste a fijar un ‘dead line’, una fecha límite a partir de la cual darse por vencido ante la muerte inexorable. “La esperanza es lo último que vamos a perder”, sostiene. En el terremoto de Turquía de febrero de 2023, la UME rescató a una madre y dos hijos cinco días después del seísmo. Durante ese tiempo, la mujer amamantó bajo tierra a los dos niños, de uno y medio y cinco años, lo que les permitió sobrevivir. Diosdado reconoce que aquella situación es difícilmente repetible, pero subraya que los rescatadores no bajan nunca los brazos, confiando en que se produzca finalmente el milagro que compense tanto esfuerzo.Sucedió el pasado sábado, por partida doble. Con pocas horas de diferencia, los militares españoles sacaron a dos personas de debajo de las ruinas de dos edificios derrumbados en el residencial Vistamar: Adelaida, de 60 años, y Antonio, de 35. Cuando consiguieron extraerlos a la superficie, se desató una explosión de júbilo entre los rescatadores y los curiosos. Los expertos de la UME disponen de geófonos, que les permiten escuchar ruidos o movimientos a 6 o 7 metros de profundidad; y también de cámaras alámbricas de visión nocturna que introducen por los huecos que consiguen abrir entre los cascotes. Pero en estas ocasiones no hicieron falta. Fueron los propios vecinos quienes le avisaron de que habían escuchado los golpes que daban los supervivientes atrapados bajo toneladas de tierra. El cuartel operativo de la UME está en un estadio de béisbol que comparten con equipos de rescate de Suiza, Chile, Italia o Países Bajos. El cabo primero es el enlace del contingente militar español en la célula de coordinación que se encarga de distribuir las áreas de reconocimiento y rescate. Los militares españoles operan en el Estado de La Guaira, el más castigado por los terremotos. Hasta ahora, explica Diosdado, no se les ha asignado el rescate de ninguno de los 12 españoles que están localizados bajo las ruinas, pero acudirán presurosos si alguno se encuentra en su zona.El mayor riesgo al que se enfrentan los rescatadores y la propia población es la inestabilidad de los miles edificios que han resultado dañados pero aún se mantienen en pie. Buena parte de la gente sigue en la calle ante la imposibilidad de regresar a su hogar. “Cuando llegamos, vimos a gente que escapaba a toda prisa de un edificio inclinado al que habían vuelto para recoger sus pertenencias y que empezó a crujir”, explica. El trabajo de rescate es una cirugía de precisión: hay que abrir una vía para sacar a los atrapados por las ruinas sin provocar un movimiento de tierras que les acabe sepultando por completo. El uso de maquinaria pesada está excluido. La zona afectada es menos extensa que en el terremoto Turquía, reconoce Diosdado, pero eso no significa que el desastre sea menor: los edificios en Venezuela eran más altos y muchos se han desplomado con todas las personas que había en su interior. Las altas temperaturas y la humedad complican aún más el salvamento.Para no resultar una carga, el equipo de UME, que llegó el pasado viernes, es autosuficiente, y dispone de todo lo necesario para mantenerse sobre el terreno durante siete días. Pero es no significa que vuelva a casa cuando concluya ese plazo, ya que puede abastecerse de suministros locales. “Estaremos todo el tiempo que sea necesario”, sostiene Diosdado.