Por Edgar Allan Lara ParedesEl llamado Coloso de Santa Úrsula será nuevamente sede mundialista y, con ello, se convertirá en el primer estadio en recibir tres Copas del Mundo. En 1970 vio coronarse a Rey Pelé; en 1986 fue escenario del genio de Maradona y en 2026, probablemente verá pisar su césped a Messi y al bicho, Cristiano Ronaldo. De esta manera los cuatro más grandes jugadores de la historia jugarán en México.La Ciudad de México puede prepararse para recibir al mundo para ver fútbol, pero sigue sin resolver una pregunta elemental para quienes la habitan todos los días: ¿cómo puede inundarse una ciudad que también tiene sed?En 1970, cuando Pelé levantó la Copa del Mundo, la Ciudad de México ya avanzaba sobre sus antiguos paisajes lacustres. El sur de la capital conservaba huellas rurales, pueblos, canales, chinampas y zonas de cultivo, pero también comenzaba a sentir con fuerza la expansión urbana, la construcción de nuevas vialidades y la presión sobre el agua. Un par de años atrás, el lago de Xochimilco había quedado desecado completamente.Cuando Maradona metió el gol más hermoso de los mundiales en 1986, la capital ya era una metrópoli urbanizada. La vieja cuenca de lagos había sido convertida en avenidas, colonias, drenajes, tuberías y unidades habitacionales, sin embargo, la contradicción de inundaciones y falta de agua seguía viva.Cuarenta años después, el problema no sólo persiste: se ha vuelto más grave. La ciudad necesita más agua potable que en 1986, porque ha crecido, se ha densificado y ha extendido sus demandas sobre territorios cada vez más frágiles. Al mismo tiempo, cada temporada de lluvias recuerda que el agua no desaparece por decreto urbano, sino que regresa por barrancas, drenajes saturados, calles y colonias que alguna vez fueron laguna.Por eso, el Mundial no debe leerse sólo como fiesta deportiva, también puede leerse como una radiografía urbana. Mientras el estadio se prepara para recibir cámaras, turistas y selecciones, los pueblos y barrios que lo rodean cargan con problemas más antiguos que cualquier remodelación: acceso desigual al agua, presión inmobiliaria, deterioro ambiental y pérdida de memoria territorial.Este año, la jefa de gobierno “ajolotizó” la ciudad, rumbo al Mundial: murales, color morado, transporte intervenido y una mascota capitalina con forma de ajolote buscan presentar una imagen amable, ecológica y orgullosamente local. Pero el símbolo corre más rápido que la realidad. Mientras el ajolote se convierte en postal urbana, su hábitat sigue recibiendo aguas residuales, basura y descargas domésticas. Vecinos han denunciado miles de drenajes conectados a los canales del Lago de Xochimilco y especialistas advierten que la mala calidad del agua amenaza al anfibio y deteriora humedales y chinampas.El estadio se prepara para mostrarse al mundo como este templo del fútbol, pero los pueblos y barrios que lo rodean viven otra escena: obras, polvo, ruido, cierres de negocios, presión inmobiliaria y reclamos para que el Mundial no los excluya de sus beneficios. En varias partes de la Ciudad se pinta al ajolote mientras se contamina el agua que lo sostiene, en Santa Úrsula se embellece el entorno del estadio mientras sus habitantes preguntan por algo más básico: agua, consulta y respeto a la vida barrial.Por eso, el Mundial no sólo debe leerse como fiesta deportiva. También revela una contradicción hidráulica y urbana: la ciudad presume al ajolote, pero no sanea del todo sus canales; presume estadios, pero no escucha siempre a sus barrios; presume modernidad, pero sigue arrastrando una relación rota con el agua. Entre Xochimilco y Santa Úrsula está la misma pregunta: ¿cómo puede una ciudad celebrar al mundo si no garantiza el territorio que la hace posible?Por eso, el Mundial no sólo debe leerse como fiesta deportiva. En Santa Úrsula Coapa se revela una contradicción hidráulica y urbana más profunda: la ciudad presume modernidad, estadios renovados y capacidad para recibir al mundo, pero no siempre escucha a los barrios que sostienen esa imagen. Vecinas y vecinos de Tlalpan y Coyoacán han denunciado falta de agua, gentrificación, obras mal hechas, cierres de calles, banquetas levantadas y problemas de movilidad alrededor del estadio. También han cuestionado que los beneficios del evento favorezcan más a la FIFA y a Televisa que a las comunidades cercanas. Santa Úrsula no es escenografía del estadio: es un pueblo con historia, memoria y necesidades concretas. Por eso, la pregunta no es si la ciudad puede organizar un Mundial, sino si puede hacerlo sin profundizar las desigualdades que ya existen alrededor del coloso. ¿Cómo celebrar al mundo si quienes viven junto al estadio siguen exigiendo agua, consulta y respeto a su territorio?Edgar Allan Lara Paredes es licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), maestro en Estudios Regionales por el Instituto Mora y candidato a doctor en Historia por el CIDE. Se especializa en historia urbana, socioambiental y del sur de la Ciudad de México.Únete a nuestro canal
El Mundial, una radiografía urbana, escribe Edgar Allan Lara Paredes
Por Edgar Allan Lara ParedesEl llamado Coloso de Santa Úrsula será nuevamente sede mundialista y, con ello, se convertirá en el primer estadio en recibir tres Copas del Mundo. En 1970 vio coronarse a Rey Pelé; en 1986 fue escenario del genio de Maradona y en 2026, probablemente verá pisar su césped a Messi y al bicho, Cristiano Ronaldo. De esta manera los cuatro más grandes jugadores de la historia jugarán en México.La Ciudad de México puede prepararse para recibir al mundo para ver fútbol, pero sigue sin resolver una pregunta elemental para quienes la habitan todos los días: ¿cómo puede inundarse una ciudad que también tiene sed?En 1970, cuando Pelé levantó la Copa del Mundo, la Ciudad de México ya avanzaba sobre sus antiguos paisajes lacustres. El sur de la capital conservaba huellas rurales, pueblos, canales, chinampas y zonas de cultivo, pero también comenzaba a sentir con fuerza la expansión urbana, la construcción de nuevas vialidades y la presión sobre el agua. Un par de años atrás, el lago de Xochimilco había quedado desecado completamente.Cuando Maradona metió el gol más hermoso de los mundiales en 1986, la capital ya era una metrópoli urbanizada. La vieja cuenca de lagos había sido convertida en avenidas, colonias, drenajes, tuberías y unidades habitacionales, sin embargo, la contradicción de inundaciones y falta de agua seguía viva.Cuarenta años después, el problema no sólo persiste: se ha vuelto más grave. La ciudad necesita más agua potable que en 1986, porque ha crecido, se ha densificado y ha extendido sus demandas sobre territorios cada vez más frágiles. Al mismo tiempo, cada temporada de lluvias recuerda que el agua no desaparece por decreto urbano, sino que regresa por barrancas, drenajes saturados, calles y colonias que alguna vez fueron laguna.Por eso, el Mundial no debe leerse sólo como fiesta deportiva, también puede leerse como una radiografía urbana. Mientras el estadio se prepara para recibir cámaras, turistas y selecciones, los pueblos y barrios que lo rodean cargan con problemas más antiguos que cualquier remodelación: acceso desigual al agua, presión inmobiliaria, deterioro ambiental y pérdida de memoria territorial.Este año, la jefa de gobierno “ajolotizó” la ciudad, rumbo al Mundial: murales, color morado, transporte intervenido y una mascota capitalina con forma de ajolote buscan presentar una imagen amable, ecológica y orgullosamente local. Pero el símbolo corre más rápido que la realidad. Mientras el ajolote se convierte en postal urbana, su hábitat sigue recibiendo aguas residuales, basura y descargas domésticas. Vecinos han denunciado miles de drenajes conectados a los canales del Lago de Xochimilco y especialistas advierten que la mala calidad del agua amenaza al anfibio y deteriora humedales y chinampas.El estadio se prepara para mostrarse al mundo como este templo del fútbol, pero los pueblos y barrios que lo rodean viven otra escena: obras, polvo, ruido, cierres de negocios, presión inmobiliaria y reclamos para que el Mundial no los excluya de sus beneficios. En varias partes de la Ciudad se pinta al ajolote mientras se contamina el agua que lo sostiene, en Santa Úrsula se embellece el entorno del estadio mientras sus habitantes preguntan por algo más básico: agua, consulta y respeto a la vida barrial.Por eso, el Mundial no sólo debe leerse como fiesta deportiva. También revela una contradicción hidráulica y urbana: la ciudad presume al ajolote, pero no sanea del todo sus canales; presume estadios, pero no escucha siempre a sus barrios; presume modernidad, pero sigue arrastrando una relación rota con el agua. Entre Xochimilco y Santa Úrsula está la misma pregunta: ¿cómo puede una ciudad celebrar al mundo si no garantiza el territorio que la hace posible?Por eso, el Mundial no sólo debe leerse como fiesta deportiva. En Santa Úrsula Coapa se revela una contradicción hidráulica y urbana más profunda: la ciudad presume modernidad, estadios renovados y capacidad para recibir al mundo, pero no siempre escucha a los barrios que sostienen esa imagen. Vecinas y vecinos de Tlalpan y Coyoacán han denunciado falta de agua, gentrificación, obras mal hechas, cierres de calles, banquetas levantadas y problemas de movilidad alrededor del estadio. También han cuestionado que los beneficios del evento favorezcan más a la FIFA y a Televisa que a las comunidades cercanas. Santa Úrsula no es escenografía del estadio: es un pueblo con historia, memoria y necesidades concretas. Por eso, la pregunta no es si la ciudad puede organizar un Mundial, sino si puede hacerlo sin profundizar las desigualdades que ya existen alrededor del coloso. ¿Cómo celebrar al mundo si quienes viven junto al estadio siguen exigiendo agua, consulta y respeto a su territorio?Edgar Allan Lara Paredes es licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), maestro en Estudios Regionales por el Instituto Mora y candidato a doctor en Historia por el CIDE. Se especializa en historia urbana, socioambiental y del sur de la Ciudad de México.Únete a nuestro canal






