Doce años en antena, nueve temporadas con algunos parones entre ellas, y no decae. Las aventuras desquiciadas de un científico alcohólico y su nieto adolescente (premisa inspirada en la pareja de Regreso al futuro) siguen siendo la comedia más bestia, divertida, escandalosa, desquiciante, acelerada y brillantemente escrita de la televisión. Cada episodio de Rick y Morty es una pequeña obra maestra del arte de narrar historias. HBO está poniendo ahora la novena temporada (un capítulo cada lunes en España, cada domingo en Estados Unidos), que no pierde su salvajismo ni su capacidad de sorprender. La serie sigue molando mucho, como prueba la lista de espera de estrellas del cine que aguardan turno para prestar su voz a cualquier personaje episódico y fugaz. En el penúltimo fue Owen Wilson, pero ya han desfilado por allí desde Christina Hendricks de Mad Men hasta Susan Sarandon, pasando por el mismísimo Werner Herzog o Danny Trejo, Machete. Todos quieren colarse en la nave espacial de Rick.Sorprende el éxito sideral de una serie que atenta contra todos los supuestos narrativos de la era Netflix: sus guiones tienen más palabras que los de Aaron Sorkin, pero no consienten la menor explicación. Al contrario, los diálogos están escritos como screwball, pero al triple de la velocidad de Lubitsch. No hemos terminado de reír una réplica cuando ya han sucedido otras cuatro, ensordecidas por el ruido de nuestras carcajadas. No se ofrece contexto ni se tiene la menor conmiseración con el espectador distraído o más corto de entendederas. Si te pierdes, te perdiste, y cuesta seguir una trama que no se desarrolla en hilos, sino en tornados de párrafos. El respeto a la inteligencia del espectador es directamente proporcional a la explotación del mal gusto y a la capacidad de ofender incluso a los que presumen de no tener remilgos. Pocas veces hemos visto la burricie más bestia presentada con una sofisticación narrativa tan fina. Hay algo perversa y gratamente pasoliniano en todo esto.Quizá su éxito no sea paradójico, sino la consecuencia natural de un mundo tan adicto a la obviedad y a lo previsible. Por algún sitio tenía que escaparse la humanísima necesidad del exceso. Exceso de cacas, pedos, culos y pises, pero también de crueldades sin censura ni perdón, de violencia gratuita y de chistes sobre Hitler, que dejan pequeña la obsesión de Mel Brooks sobre los nazis. Son veinte minutos semanales, apenas un respiro, una bocanada fétida de libertad y risas. Aprovechémosla.
‘Rick y Morty’: el éxito de la inteligencia en tiempos idiotas
Las aventuras desquiciadas de un científico alcohólico y su nieto adolescente llevan 12 años en antena, nueve temporadas con algunos parones entre ellas, y no decaen








